23 de juliol de 2016

Queer pro quo

Teresa Villaverde | Pikara Magazine. La deconstrucción de las categorías ‘hombre’, ‘mujer’, ‘femenino’ y ‘masculino’ que propone la filósofa estadounidense no es sólo un juego de palabras, sino una propuesta que permite la liberación de los cuerpos del peso excesivo de una norma que, a base de repetirse, se ha dado por natural. ¿Es suficiente en la lucha por la igualdad?

¿Es suficiente con trabajar en el nivel de los conceptos y repolitizar lo que hasta ahora se había dado por natural? Es más, ¿es el objetivo del feminismo sólo exigir al poder mayor igualdad de derechos, como parece apuntar Judith Butler?


Adentrarse en la teoría queer de Judith Butler es iniciar una especie de liberación, de ir soltando lastre lingüístico, de deshacerse de ciertos conceptos y normas naturalizadas. Sin embargo, por momentos puede parecer sólo eso, un juego cultural subversivo con poca implicación real en el logro de la igualdad. En este sentido se orientan las críticas que otras corrientes feministas hacen a la teoría queer de Butler, enmarcada en la corriente postmoderna –éste artículo de Andrea D’Atri es un buen ejemplo-, así como las corrientes filosóficas marxistas que consideran el postmodernismo como un exceso de culturalismo que olvida la lucha de clases y la opresión del otro mundo que no puede dedicarse a juegos de conceptuales – Terry Eagleton expone muy bien el tema en su libro ‘La idea de cultura’-. Y pese a ello, la deconstrucción de las categorías de sexo y género que Butler propone no parece ser sólo un juego de palabras, sino una propuesta que permite la liberación de los cuerpos del peso excesivo de una norma que, a base de repetirse, se ha dado por natural cuando no lo es.

En concreto, Judith Butler habla de los cuerpos abyectos, aquellos que no se sienten cómodos en la definición binaria hombre/mujer. La audacia de Butler es defender que no sólo el género es un constructo cultural, concretamente de los años 40 al dibujarse las nociones de feminidad y masculinidad, sino que el sexo también lo es. Es decir, con independencia del aparato reproductor de una u otra persona, todo lo que, a partir de ahí, se adhiere a la lógica binaria de hombre y mujer es una construcción teórica no necesaria, entendiendo como innecesaria que podría ser de otra manera. Esta construcción emana del poder entendido como generativo, ya descrito por Foucault siguiendo el concepto de voluntad de poder de Nietzsche, y que podríamos simplificar dándole la vuelta a la típica frase de que la información es poder. Más bien, el poder crea la información, el discurso, la norma, y así regula la vida. Esta noción relaciona así el problema de la sexualidad con un problema político. Los binarismos mujer/hombre, femenino/masculino no atienden a una lógica natural, sino del poder. Es más, según Butler, el mismo concepto de lo natural debe ser revisado, puesto que se entiende lo natural como necesario cuando lo cierto es que cualquier orientación es tan natural como contingente. El discurso binario se asienta en lo que ella llama la matriz heterosexual, que organiza a los individuos para controlar sus deseos y orientarlos a fines determinados.

Dicho esto, se podría articular un resumen de la teoría de Butler en torno a las siguientes preguntas: ¿Cómo se logra naturalizar los términos masculino y femenino, hombre y mujer? ¿Qué implicaciones tiene este descubrimiento en la teoría feminista? ¿Cómo podemos resistir y revertir esta naturalización conceptual?

El lenguaje no solo describe: hace


La respuesta a la primera pregunta es la base del análisis butleriano y responde a su teoría performativa del lenguaje: el lenguaje no sólo describe, hace cosas. En concreto, a base de repetir ciertos conceptos como el de mujer u hombre, el concepto de familia heterosexual y monógama, ha terminado por hacer de estos la norma natural y universal del ser humano. En su libro ‘Lenguaje, poder e identidad’ analiza el discurso jurídico estadounidense respecto a la censura y el lenguaje de odio para demostrar cómo el Estado crea ciertos sujetos a los que luego somete. Es paradigmático su ejemplo sobre la homosexualidad en el ejército. Según explica, la ley de Estados Unidos consideró que todo acto gay en el cuerpo militar era una conducta ofensiva. Pero más allá de esto, consideró que la misma frase ‘soy gay’ suponía un acto gay en sí y declarar esta orientación sexual era, por lo tanto, un acto ofensivo sancionable. Sin extenderme en el ejemplo -el cual puede resultar muy interesante para analizar ciertos actos de censura actuales en los que el término crea al sujeto al que criminaliza-, podríamos resumir que el lenguaje no sólo habla, realiza, y es así como el poder genera la matriz heterosexual para controlar a los individuos. Frente a esta forma de utilización del lenguaje para dominar, en ‘El grito de Antígona’ Butler presenta otra forma de actuar performativamente. La protagonista de la tragedia de Sófocles realiza un acto subversivo mediante sus declaraciones, no sólo desobedeciendo los mandatos del poder, sino actuando como hombre, en lugar de sus hermanos.

Actuar en lugar de performativamente abre la posibilidad de ser otro. No sólo de actuar como si, sino de serlo de facto. Esta idea y la determinación de la existencia de la matriz heterosexual ordenadora lleva a la norteamericana a cuestionar el mismo concepto de mujer. Para Butler uno de los problemas del feminismo ha sido el de intentar someter el movimiento a un concepto de mujer definido por la misma matriz heterosexual contra la que trata de luchar. Es decir, al admitir que somos mujeres, asumimos el concepto de mujer que define la diferenciación binaria. Y no sólo eso, el mismo término abarcará sólo a un tipo de mujeres y no a otras -mujeres blancas y no negras, bolleras y no heterosexuales, burguesas y no proletarias-, distinciones que, a su vez, pueden diferenciarse entre sí -entre las burguesas, según su orientación sexual, por ejemplo- y así hasta el infinito, dinamitando la posibilidad de una lucha conjunta. La propuesta butleriana será admitir que el concepto de mujer no tiene que ser cerrado sino contingente, abierto a una permanente disputa. Esto no pasa por seguir añadiendo adjetivos a la noción de mujer -negra, trabajadora, madre, soltera- sino porque dejar el término abierto, de manera que siempre puedan incluirse nuevos cuerpos, nuevas formas de ser. El objetivo es acabar con los cuerpos abyectos, aquellos que no se comprenden porque no pertenecen a ningún discurso.

Teoría desde los cuerpos


La propuesta puede parecer vacía, en el sentido de que si no definimos qué es una mujer resulta difícil entender cómo podemos demostrar que está sometida a una desigualdad por el hecho de serlo. Pero, si considero acertada la teoría de Butler en este punto es porque no parte del lenguaje, sino de los cuerpos, y es ahí precisamente donde esta teoría puede resultar liberadora. No es un simple juego conceptual sino que libera a los cuerpos oprimidos de un lenguaje que no los describe y niega su existencia. Hay cuerpos sometidos por diversos motivos -discursos- bien sea color, tamaño o sexo. Permitir que los diversos tipos de sometimiento sean desentrañados supone analizar el lenguaje que los define, controla, discrimina o ignora, y generar un lenguaje nuevo. Hacer cosas nuevas. Esta acción, que es política, supone para Butler hablar de manera distinta, definir y defender de forma distinta a como lo hace el lenguaje del poder. Donde el lenguaje del poder dice ‘eres mujer’ y te somete en virtud de ese término, nosotras nos definiremos como queramos y en función de eso, actuaremos.

Esto no supone ignorar la discriminación que se da hacia la mujer por el hecho de serlo, sino entender que se le somete por decir que lo es. Y al mismo tiempo incluye al feminismo en una lucha más amplia, la que da luz a la teoría queer y abarca más géneros que los propuestos por la matriz heterosexual. Es decir, el feminismo de Butler no sólo entiende que su género y sexo son construidos, sino que todos los géneros y sexos lo son. La autora afirmará, con Monique Wittig, Deleuze y Guattari, la polisexualidad, la existencia de tantos sexos como individuos. Y aunque Butler se resiste a poner esta discriminación por razón de sexo al mismo nivel que otras, lo cierto es que en el prefacio de ‘El género en disputa’ considera la posibilidad de aplicar la teoría de la performatividad a cuestiones como la etnia.

Esta comprensión del lenguaje y de la naturalización de los conceptos resitúa la cuestión feminista en un marco más amplio de resistencia que el de la mera igualdad entre hombres y mujeres. Sin embargo, ahora que asistimos a la paradoja de, por un lado, vivir un repunte mediático del feminismo y las cuestiones de género de la mano de películas y series, mientras que por otro lado ciertas voces y estudios alertan de un repunte de violencia machista y homófoba, cabría preguntarse cuál es el efecto real de la teoríaqueer en el logro de la igualdad. ¿Es efectiva esa lucha para lograr la emancipación? ¿Es suficiente con trabajar en el nivel de los conceptos y repolitizar lo que hasta ahora se había dado por natural? Es más, ¿es el objetivo del feminismo sólo exigir al poder mayor igualdad de derechos, como parece apuntar Judith Butler? Ella considera que su teoría no debe ser entendida como un mero análisis del lenguaje, sino como la semilla para crear realidades. Pero parece que esas realidades deben emanar del statu quologrando en él la integración de los cuerpos abyectos y que no se orientan a cambiar el sistema de poder en sí, a lograr un cambio más profundo que trascienda las normas en vez de insertarse en ellas. Una suerte de queer pro quo. Quizá en esta disyuntiva se sitúe gran parte del debate actual de la izquierda en general y del feminismo en particular, lo cual se reduce a una vieja pregunta: ¿qué hacer?

Nota: si en algun moment hem optat per l'ús del masculí genèric, ho fem de molt mala gana, per no afegir pesadesa a les entrades, però sense que això suposi en cap cas que acata aquesta negació quotidiana de la presència de les dones en l'esdevenir del món.