7 març de 2013

Criminalizar a los jóvenes: el deporte favorito de las sociedades

Ya lo decían los griegos hace 2500 años: los jóvenes tienen la culpa de todas las cosas. Y ahora, nosotros tan modernos, seguimos diciendo lo mismo. La desgracia del  Madrid Arena el día de la fiesta de Halloween y la interpretación del suceso de algunos medios y personas ha resucitado el viejo fantasma, tan oportuno siempre,  para cubrir la asquerosa e hipócrita sociedad  adulta que hemos construido.


Los adultos de hoy, nosotros, jamás fuimos de jóvenes a ninguna fiesta, ni nos emborrachamos, ni nos drogamos, ni la liamos parda en alguna ocasión. Todos éramos misioneros en el Congo e íbamos a misa de 6.

Oyendo a algunos tertulianos simplemente dan ganas de vomitar, es repugnante y quieren cargar contra una entelequia, la juventud, algo que sólo es atribuible a la codicia humana, la inutilidad, la carencia de educación y la ineficacia de algunos que se les debería expulsar de lo público con escarnio general incluido.

La juventud se olvida cuando ya no se tiene. Siempre me he planteado por qué extraño proceso mental olvidamos que nosotros también fuimos jóvenes, hecho que nos impide hacer las cosas en condiciones cuando de trabajar con personas jóvenes se trata. Para ver porqué los jóvenes hacen así las cosas sólo hay que hacer un ejercicio de memoria. Ya está. Y a partir de ahí trabajar ¿Tan difícil es? Parece que sí.

Ahora nos escandalizamos porque a esas macrofiestas y festivales los jóvenes, dicen, van a drogarse y emborracharse como fieras. Pues mire usted,  a esto habría que hacer algunas matizaciones:

-      Pues sí, muchos van a eso. ¿Y qué? ¿De qué se sorprenden? La sociedad que hemos preparado, que nos prepararon a nosotros de jóvenes y que los jóvenes de ahora prepararán para sus hijos es precisamente esa. Mientras que las fiestas salen bien y pasan desapercibidas no pasa nada. Los empresarios del sector se enriquecen, los cargos públicos y funcionarios corruptos tienen su sobre y los jóvenes su ración.  Todos contentos y quizás le den al organizador el premio de empresario del año.

-      Pero otros no, oiga. Otros van a bailar, a ligar, a socializarse en los pocos espacios que tienen para ello. Pero esos no cuentan, claro.

-      A mí tampoco me gusta esa música. Música banal para una sociedad banalizada. Pero entiendo una cosa: es su música. Mi padre tampoco entendía que pusiera a todo volumen a Springsteen o Waterboys y si yo hiciera lo mismo repetiría los mismos patrones y de algo me tiene que servir haber trabajado con jóvenes tantos años y, sobre todo, haber sido joven.

-      Sí me molesta que después de una fiesta o botelleo (así se dice en mi tierra) quede todo hecho un solar y lleno de porquería. Eso, perdónenme ustedes, no es atribuible a las drogas, ni siquiera a ser joven, sólo hay que achacárselo a una muy  mala educación y ahí, papá y mamá, tienen mucho que explicar.

Las distintas administraciones autorizan, cuando no convocan directamente, estas fiestas y deben saber qué tipo de circunstancias se producen en esas manifestaciones.  Si no lo saben, incurren en un doble delito: ser unos incapaces por su desconocimiento y, sobre todo, poner en peligro a una gente que, a su manera y espoleados por la propia administración, acude a pasarlo bien según su criterio.

Si promocionas esos eventos en tus recintos el responsable eres tú y si crees que se van a utilizar para otros fines directamente no los dejas y punto. ¿Dejarías tu casa para una fiesta de un amigo a la que va a llevar a doscientas personas? ¿No? Pues esto es lo mismo.

Cuando los adultos no tenemos a quien echarle la culpa de alguna situación social ya tenemos un chivo expiatorio para cargar con todo: la juventud, ese ente abstracto  que, incluso, algunos profesionales del tema siguen aludiendo sin darse cuenta que la juventud no existe: sólo hay jóvenes, cada uno de su padre y su madre, con diferentes condiciones y situación. Seguir haciendo cosas para la juventud me suena a regímenes  totalitarios donde la uniformidad de los jóvenes era un baluarte para garantizar la continuidad de las cosas.

Y ahora nos ponemos todos a bailar el gagnan style y  tan contentos y luego nos escandalizamos que a jóvenes les guste la música electrónica en grandes masas. Pues sí, nos podíamos ir todos a la mierda a ver si así nos damos cuenta del orden de las cosas que a lo  largo de toda la historia hemos consentido y amparado.