12M/15M Apuntes sobre el movimiento

Tomar la plaza hace un año desató una situación imprevisible. Aquel mes de quiebra de la normalidad y de la obediencia nos ha nutrido, todo un año, con la circulación de una simpatía que va mucho más allá de la multiplicación de los grupos, las asambleas de barrio y los sectores en lucha. 

Podríamos decir que esta simpatía es la expresión sensible del deseo, ampliamente compartido, de cambiar de raíz el orden de las cosas. Un hombre sabio ha dicho últimamente que el deseo de una Revolución nunca había estado tan extendido, y que, a la vez, nunca había sido tan difícil imaginar cómo hacerla.


Primera parte: un doble punto de partida.

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Existe una tensión en el interior del movimiento 15 M, una tensión entre dos herencias historicas, entre dos posiciones o tendencias. Esta tensión sólo puede resolverse desde dentro.

Esta tensión se encuentra en el interior mismo de algunas frases que han determinado nuestro proceso: “Sin sindicatos y sin partidos” y “No violentos”.

Las dos posiciones están encarnadas por dos figuras: el ciudadano radical, y el revolucionario cualquiera. Estos son los dos polos de atracción que tensan la cuerda del movimiento.

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El ciudadano radical cree que todavía es posible salvar un ideal del Estado que, con la Revolución Francesa, nace como ideal de progreso, desarrollo e integración de todos y cada uno de sus habitantes. Un ideal que fantasmagóricamente algunos creen ver encarnado en el Estado del Bienestar posterior a la carnicería, a la masacre de masas, de la 2ª Guerra Mundial. La cuestión es que, históricamente, la política de exterminio nunca ha sido extraña a los ciclos de “crecimiento” del capitalismo. 

Sin embargo, el ideal del ciudadano radical quiere que en el poder democrático haya un fondo de racionalidad y moralidad universal. Si esto fuera así la indignación moral, el grito y las propuestas razonables serían fuerzas transformadoras. Desgraciadamente esto no es así.

De hecho, este ideal vio combatida su materialización desde el principio: por eso la historia de los siglos XIX, XX y XXI, está sembrada de insurrecciones, revoluciones, guerras y guerras civiles. No es solamente una cuestión de oprimidos o proletarios, son también otras dos figuras, primero, la del refugiado, y décadas después, la del migrante, las que delatan sensiblemente que los mismos gestores del Estado hace ya casi un siglo que han renunciado a ese “ideal”.

En la fase actual de este proceso desastroso el sistema tiene más que asumido que su supervivencia implica deshacerse de un gran excedente de población: este problema se enfrenta destruyendo las condiciones de vida, o las vidas pura y simplemente (recortes, planes de austeridad, operaciones militares, guerra de masacre).

La realidad es así de brutal. Aunque, a veces, no mirarla de frente nos hace la vida más fácil, también es la manera más fácil de terminar pagándolo muy caro.

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El ciudadano radical desconfía de las viejas formas políticas -sindicatos y partidos-. Por eso se reconoce en la frase “sin sindicatos y sin partidos” ; pero, para dicha figura, no es que “nadie nos representa”, sino que “el gobierno no nos representa mientras no se atenga a razones” -algo así dice el llamamiento internacional al 12M/15M-. 

Podemos resumir su posición en dos puntos:
a) En primer lugar, se basa en la iniciativa individual, en el compromiso individual (consumo responsable, consumo ecológico, y mil otras iniciativas en las que uno puede participar). El ciudadano es una figura que parte de la quiebra de lo común más allá de la familia, es una figura que se funda en una relación singular con el Poder, al que otorga realidad cuando lo interpela – para protestar -, o cuando le responde – a través del voto secreto, el trabajo, la compra, declarándose “deprimido” o haciendo la declaración de impuestos -. Es cierto que esta relación individual otorga al ciudadano integrado un poder, un poder-hacer basado en sus conocimientos, su trabajo, sus relaciones, sus bienes, su dinero. —– El ciudadano radical quiere enfrentar individualmente la degradación de sus condiciones de vida, se resiste a perder “sus bienes”, lo cual es del todo razonable. Y, sin embargo, lo hace en base a un ideal obsoleto, y según unas formas de lucha inadecuadas, que lo conducirán, a través de su posición reformista, sea al desastre, sea a una nueva forma de fascismo por venir.

b) Por otro lado, su posición se funda en el intento de volver a moralizar el Poder. La Ilustración introdujo esta confusión en la concepción occidental de lo político: como si las Leyes, los Derechos, y los Aparatos extremadamente violentos que los hacen respetar, fueran expresión de lo razonable, expresión de una moral universal, y no, como sabemos, la expresión de relaciones de fuerza.

Expresión escrita e institucional de relaciones de fuerza que es “dejada atrás” en la práctica, en la cárcel, la comisaría, el juzgado o la calle, cuando la situación lo requiere, tal y como recordó últimamente el actual Conseller d’Interior catalán, el infame Sr. Puig. A pesar de que parece absurdo abundar sobre estas cuestiones, de sobra conocidas, más absurda aún parece la adhesión del ciudadano radical a la posición moral de la “indignación”, su alergia a intensificar el conflicto en base a un “pacifismo agresivo”, y su creencia en que, cuando el Titánic se hunde, es hora de protestar, o de salvar las maravillosas tumbonas de cubierta.

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 En el otro polo graviatorio del movimiento se levanta la figura sin rostro del revolucionario cualquiera. 

Aquí, el movimiento encuentra un punto de partida que, como un extraño salto temporal, nos situa en la herencia directa del momento revolucionario más álgido vivido en Europa durante los años 70: las luchas autónomas en Italia.

A través de este salto temporal entramos en relación, no solamente con estas luchas, sino con lo mejor de nuestra Historia. La figura cualquiera de toda una constelación de insurrecciones y revoluciones derrotadas, es decir interrumpidas. Nada hay menos neutral que la memoria que nos debemos.

Algunos, que piensan la Historia en tiempos muy breves, — haciendo recomenzar la historia del mundo, por ejemplo, cada década –, tal vez se sorprendan ante semejante afirmación. Sin embargo, fijémonos en las prácticas que estamos llevando adelante: ocupaciones de casas y de espacios para organizarnos ; comités barriales de apoyo mutuo y asambleas de barrio ; asambleas y cordinaciones laborales ; autorreducción de facturas, visible hoy, de momento, en los transportes, con iniciativas como Yo No Pago, MeMetro, o el pirateo del código de las tarjetas de transporte en Barcelona. ─Si portadas y pantallas no llegan a cegarnos, podemos observar, en nuestras ciudades del sur, el efecto de una ilegalidad de masas invisible: efecto que reconocemos en la profusión de alarmas, cámaras y seguridad privada entorno a ropa, comida, bebida, aparatos electrónicos, libros…; visible asímismo en los dispositivos de seguridad y las campañas contra el fraude en el transporte metropolitano. 

También las expropiaciones forman parte de nuestro repertorio de acciones, o las manifestaciones más o menos salvajes. Así como la insistencia en la importancia de comunicación y coordinación frente a la forma anquilosada de la organización clásica, propia de Partidos y Sindicatos.

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No son solamente las prácticas, también en algunas frases que compartimos encontramos una herencia directa con las luchas autónomas: En efecto, “sin sindicatos y sin partidos”, pero, paradójicamente, también “no violentos”. Separamos la frase en dos partes para diferenciar las potencias de los límites.

La línea de potencia: “Sin sindicatos y sin partidos”, o como también se coreaba: “Ningú. Ningú. Ningú ens representa, ningú…!” (¡Nadie. Nadie. Nadie nos representa, nadie…!) Esta es una línea de potencia porque nos empuja a experimentar, a buscar maneras de compartir, de organizarnos, de coordinar nuestras fuerzas. Afirmar esta posición nos empuja, de nuevo, a romper con las formas mayores de organización que la pareja de espectros danzantes de un mundo en ruinas, el movimiento obrero y la utopía liberal, han traído hasta nosotros: partidos y sindicatos que nacen con el siglo XIX y cuyo cadáver vemos caminar hoy a pie firme ante nosotros, al inicio del siglo XXI.

Un límite interno al movimiento está en persistir en autodefinirse como “No Violento”. Me gustaría citar aquí a un viejo estratega chino:
“La flexibilidad es vida ; la rigidez muerte. La debilidad atrae el socorro, la fuerza el rencor. La flexibilidad tiene su razón de ser, la rigidez la suya ; la debilidad su campo de aplicación, la fuerza el suyo. Acumula estos cuatro regímenes de la acción y domina su juego a conciencia.”

Flexibilidad, rigidez ; debilidad, fuerza. Cuatro regímenes de la acción que una estrategia mayor necesita conocer y dominar.

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 Dentro de esta posición, definirse, a la vez, como un movimiento “sin sindicatos, sin partidos”, y como “no violento”, sitúa la cuestión de la violencia en la línea de lo que sucedió en Italia, y en otros lugares, a finales de los años 70. Sin embargo algunos creemos que es a través de una mala interpretación. Porque, si es verdad que el ritual y la práctica de la violencia son indisociables de las luchas autónomas, también lo es que fue cierta intensificación acelerada de la violencia, hasta cotas insostenibles para el movimiento, lo que propició su derrota. Aceleración e intensificación proveniente de una fracción que sentía la riqueza y diversidad del área autónoma como algo bastante extraterrestre. Hay que tener en cuenta, además, la mediación imposible entre el viejo movimiento obrero, incluso de los obreros autónomos, y unas luchas autónomas dominadas por un sentimiento de extrañeza radical respecto a la fábrica y al mundo de la fábrica – lo que les lleva a desertarla - ; luchas autónomas portadoras de una sensibilidad, de unas formas de combatir, de habitar y de compartir directamente políticas, es decir en guerra contra el mundo, siendo, a la vez, formas completamente extrañas a la tradición obrerista. 

Si el viejo movimiento obrero es entonces derrotado, incluso en sus mismas condiciones materiales de existencia, la gran fábrica ligada al barrio popular ; la clase obrera, vector subjetivo y político, que desaparece en la travesía del desierto de los años 80… sólo podrá reaparecer bajo formas nuevas, recomponerse, en otra parte, como un nosotros que toma partido contra el mundo presente.

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 No se trata de entrar en disputas históricas. 

Cuando decimos que nos sentimos herederos, que recogemos el testigo del momento en el que el proceso revolucionario fue interrumpido, no estamos diciendo que se trata de repetir la historia, lo cual sólo podría ser una broma. La resonancia entre situaciones no implica la repetición de condiciones materiales y espirituales de existencia. No es tanto una cuestión de analogía cuanto de genealogía.

De lo que se trata es de comprender que la potencia de las luchas autónomas, lo que hace que hoy lleguen a resonar en nosotros, radica en haber mantenido unidos, en un mismo proceso insurreccional, tres planos de la existencia que todo en el orden de este mundo nos conduce a separar: 1) Un plano material: los barrios liberados, la expropiación y el uso compartido y ofensivo de bienes, y de saberes, de máquinas, de técnicas. 2) Un plano espiritual y sensible: donde se conjugan los nuevos comportamientos de parte de feministas, gays y jóvenes en general, con una imaginería renovada, y a la vez, heredera, de diferentes tradiciones sediciosas, revolucionarias, guerreras, imaginería que toma cuerpo un poco por todas partes y que puede concretarse en la portada más famosa de la revista Rosso, aparecida tras los estallidos insurreccionales de Marzo del ’77 en Bolonia y en Roma. En dicha portada puede verse, bajo un fondo rojo y negro, el cuerpo de una manifestación durante los enfrentamientos, y, allí, puede leerse: “Habéis pagado mucho. No lo habéis pagado todo.” 3) Y un plano ofensivo, en el cual la violencia era pensada y ejecutada de una manera completamente diferente a la violencia militar. Sin carnicerías. Una violencia táctica, situada. Una forma de vida que liberaba territorios, que podía defenderse.

Cabe recordar ahora los cuatro regímenes de la acción que un viejo estratega chino nos invitaba a dominar: flexibilidad, rigidez ; debilidad, fuerza. Además, habría que tener presente que la punta de lanza del movimiento Occupy es la ciudad de Oakland, la única que en su momento rechazó declararse “no violenta”.


Segunda parte: diferentes estrategias.

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Una estrategia mayor nos sitúa ante una lucha de largo aliento, en la cual los diferentes planos de la existencia puedan desplegarse a la vez, produciendo una forma de vida que puede pasar a la ofensiva.

Contra esta concepción, la posición ciudadana radical tiende a pensar la potencia del movimiento dentro de su ideal de la política, la política democrática como algo sometido a una razón y una moral universal. La razón dirime y decide en base a una moral universal. El discurso explica, convence y dicta. Las fuerzas son movilizadas allí donde son necesarias.
Parece razonable, y, sin embargo, es absolutamente falso: porque en este círculo virtuoso del Poder no queda contemplada la división irreconciliable que sacude nuestro mundo. La división entre Nuestros anhelos, los anhelos de los insurgentes, y de los oprimidos, desahuciados, parados, recortados, precarizados, indigentes existenciales…, que se organizan para resistir ; y frente a estos, los anhelos del capitalismo y los capitalistas, los anhelos de Ellos.

Esta división irreconciliable es la espoleta de la insurrección. Agudizarla hasta llegar a una situación irreversible es tomar partido por la revolución.

Nosotros anhelamos una forma de vida que alienta en una ética de la potencia común. Inventar el comunismo.

El capitalismo nos impone la separación, la segmentación, la división, en todas partes. La división entre lo que somos y lo que podemos.

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Romper con este mundo que nos arruina conlleva generar y habitar situaciones donde puedan volver a tramarse las vidas. “Si sola no puedes, juntas lo podemos todo.”

La separación cotidiana se rompe mediante acciones, gestos, procesos, y no tanto mediante palabras e imágenes. Sin embargo, las palabras, que sirven para discutir de las lejanas abstracciones de la política clásica (el Banco Central Europeo, la Ley Electoral… ), sirven, también, para compartir experiencias de lucha en las empresas ; para poner en común herramientas que nos hacen más fuertes en los barrios ; para que circulen iniciativas subversivas, para que éstas se encuentren, se coordinen.

Las palabras y las imágenes sirven también para que una sensibilidad compartida alcance cierta densidad, y se vuelva contagiosa. En este sentido una “Declaración” sobre nuestra división irreconciliable con el mundo capitalista podría ser productiva, pero ésta necesita ser concordante con la elaboración de los medios que podrán hacer efectiva dicha división.

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Tal y como se ha dicho en algunos lugares, si de algo hay que hablar en las plazas es de cómo preparamos el día de acción del 15 de Mayo. Primer ensayo de una huelga global que enfrenta un capitalismo global. La clave, de la huelga, es que necesita durar. Una huelga a la altura de la situación necesita una temporalidad más dilatada, un día de paro nunca fue suficiente.

En segundo lugar, sea en las plazas, sea en un próximo festival de los barrios metropolitanos, necesitamos un espacio de encuentro para poner en común las herramientas, las experiencias, las dificultades. Sancionar lo que funciona y lo que no funciona. Encontrarnos para afirmar y compartir la diferencia irreconciliable que somos para con este mundo.

En tercer lugar, lo mejor sería evitar los “discursos razonables”, sobretodo por parte de figurones de dudosa calaña, acerca de imaginarias reformas que ninguna fuerza puede ni quiere imponer.

Porque, ya lo hemos dicho, la política democrática no es razonable. No se basa en la razón y el discurso, sino en la relación de fuerzas. ¿Qué tiene de razonable salvar Bancos, que han estado jugando en la ruleta de la Bolsa, mediante el cierre de guarderías y hospitales? Por lo tanto, en lugar de perder el tiempo discutiendo sobre argumentos de reforma que, a primera vista, pueden parecer muy razonables, pensemos, discutamos, acerca de cómo podemos invertir la relación de fuerzas localmente, en toda situación, en cada lugar.

Es decir, si vale la pena encontrarnos para discutir, es para tramar los planes tácticos, operativos, que nos permitirán deponer el Poder allí donde se encuentre.

Tercera parte: una figura del futuro se abre paso hacia nosotros
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Hackear la economía.
Hackear el barrio y la metrópolis.
Hackear el Poder.
[continuará]

@barbarroja_ | Nosaltresoells

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