Centros Sociales Autogestionados. Por una reapropiación colectiva de la ciudad

DÍAZ PARRA, IBÁNMARTÍNEZ, MIGUEL A. Los centros sociales autogestionados representan formas singulares y anómalas de producir la ciudad. Su ya prolongada historia ha recibido una atención académica en aumento durante los últimos años, de la cual han participado ampliamente los autores de este libro. Sin embargo, no ha sido tan habitual su análisis e interpretación teórica de acuerdo con paradigmas como el del «derecho a la ciudad» y los «comunes urbanos». Por una parte, dichos centros han cuestionado críticamente la marginalización, exclusión y desplazamiento de ciertos colectivos sociales con respecto a las zonas más codiciadas de la ciudad. Por otra, las formas de habitar, gestionar y reproducir la vida cotidiana en ellos han generado anomalías urbanas sobre las que la reflexión en torno a lo común, en resistencia a los dominios estrictamente privados y estatales, es especialmente fructífera. Su carácter anticapitalista y su posición crítica con respecto a la transformación neoliberal de la ciudad revelan procesos sociales de producción, reproducción y reapropiación urbanas poco explorados hasta el momento.

Centros Sociales Autogestionados: ¿unidos?

¿Pueden, deben o quieren unirse los Centros Sociales Autogestionados dadas sus diferencias y afinidades? En este artículo se plantea este debate a partir de las aportaciones que hicieron varios CSA de Madrid en un encuentro reciente.

Miguel Martínez | @autodesplan | El Salto. 

La pregunta, más bien, podría ser: ¿solo unidos por lo que los separa? Como un archipiélago. Y no es el mar aquí: lo que nos separa es la ciudad capitalista. No solo: también la ciudad patriarcal, racista, ecocida, violenta, acelerada, alienante. Pero, sobre todo, capitalista. Porque todo se compra y se vende, porque el capital marca la pauta, porque todo es trabajo asalariado: limpiando casas, arreglando tuberías, poniendo ladrillos, vendiendo al por menor, enfrente de una pantalla, repartiendo en bicicleta. Todo es apropiación privada y acumulación de beneficios en unas pocas manos: desigualdades económicas colosales que colonizan todas nuestras relaciones sociales.

¿Y si en lugar de hacer frente al capitalismo urbano desde cada isla de autogestión, se tendieran puentes entre ellas? Puentes sólidos más que redes, coordinadoras, plataformas o encuentros ocasionales. Puentes con vocación de permanencia. Para que la clase obrera global e interseccional se pasee, jubilosa, por encima de los tiburones del capital. La pregunta surgió hace unos días en Madrid, en un coloquio a raíz de la publicación del libro Centros Sociales Autogestionados: Por una reapropiación colectiva de la ciudad. El evento congregó a los anfitriones, el CSA La Villana de Vallekas y su librería Malaletra, y a activistas de La Enredadera, La Rosa, La Piluka y El Eko.

Porque a muchos CSA los anima un fuego de revolución, de cambiar la vida, de ponerle barricadas a la extorsión del capital y del fascismo

La pregunta sobre los vínculos entre los CSA no era nueva. Ya hubo intentos de responderla en el pasado. Por oleadas. El ímpetu no llegaba nunca a poner muchas piedras del puente. Los nombres y modelos generaban desacuerdos y en muchas ciudades, después, llegaba el reflujo. La vocación de isla, de barrio, de pequeña centralidad, suele ganar la partida. Pero siempre hay ganas de nuevos intentos. Porque a muchos CSA los anima un fuego de revolución, de cambiar la vida, de ponerle barricadas a la extorsión del capital y del fascismo.

Porque los CSA no son recién llegados a las ciudades. Un viento lejano desde el fondo de la historia sopla a su favor: antes hubo ateneos libertarios, casas del pueblo, centros vecinales, centros de inmigrantes, casas de mujeres, huertos comunitarios, imprescindibles espacios de resistencia y creación de poder popular. No se los denominaba comunes urbanos, como hoy, pero muchos lo fueron más plenos que algunos espacios de agregación política actuales.

En el coloquio alguien dijo: no deberíamos distinguir los CSA por su régimen de propiedad (centros comprados, hipotecados, alquilados, cedidos u okupados) sino entre activos, estancados y autodestructivos. Fue casi un manifiesto: unamos a los activos, que se reanimen los estancados y prescindamos de los autodestructivos. En otras palabras: construyamos puentes solo entre los CSA afines, aceptando una amplia gama de comunes urbanos, poniendo límites allí donde no hay aportaciones fructíferas a la obra de consolidar vínculos.

Alguien sugirió otro concepto alternativo: una confederación de luchas

En realidad, durante las últimas décadas, lo que más ha unido y desunido a la vez ha sido un magma de relaciones informales. Afinidades casuales, amistades políticas, colaboraciones puntuales, reconocerse en luchas concretas. Son muy valiosas porque preservan la autonomía de cada CSA y ayudan a respetar una diversidad militante casi orgánica. Pero las informalidades son también frágiles y efímeras a largo plazo. Diluyen la fuerza antagonista del conjunto de CSA: como movimiento social, como bloque de contrapoderes. Alguien sugirió otro concepto alternativo: una confederación de luchas.

En todo caso, cuantos más lazos informales, aunque sean fuertes en el breve lapso de lo cotidiano, más se disuelve la identidad, la visibilidad y el valor para toda la sociedad de los CSA, como un azucarillo en el mar salado. De hecho, es paradójico: ¿por qué unir a los CSA entre sí cuando cada uno de ellos ya une a todo lo que está en su entorno inmediato?

Rara vez se ha logrado la centralidad de un movimiento de CSA, pero cada experiencia activa, no convaleciente, suele constituir una centralidad local. Infraestructuras para quien carece de espacios colectivos donde juntarse y organizarse. Lugares de encuentro para los átomos urbanos que trabajan, se desplazan, cuidan, se resisten al oprobio, sobreviven. Lugares de conspiración, de rebelión, de diversión, de invención, de ayuda mutua. Lugares gratuitos, baratos, de trabajo activista y alegre. De cooperación entre quienes viven de su trabajo sin explotación de terceros. De insumisión a cooperar con la clase expropiadora y especuladora, de resistencia a consumir lo inútil, a mendigar lo necesario.

Los CSA ya son centralidades urbanas beneficiosas para la clase trabajadora, incluso aunque se ubiquen en las periferias urbanas. ¿Para qué ir más allá? Lo que más cuesta es llegar al corazón de la bestia, o permanecer en él cuando erupciona una nueva isla de autogestión entre sus venas de tráfico y dinero. En el centro de los negocios y de la dominación, entre los edificios del lujo y el turismo, es donde las brechas del contrapoder obrero adquieren más visibilidad. Interfieren de forma más alarmante la circulación del capital.

Y su alianza más allá de lo local es siempre fuente de inspiración, aprendizaje y solidaridad

Un movimiento o confederación de CSA, por lo tanto, proporcionaría una identidad, un frente de luchas para defender, reforzar y expandir esos espacios colectivos, aceptando sus diferencias mutuas. Y no tendría por qué restringirse a una sola ciudad o área metropolitana. En algunas ciudades pequeñas solo hay uno o unos pocos CSA afines. Y su alianza más allá de lo local es siempre fuente de inspiración, aprendizaje y solidaridad.

Otra voz del coloquio: solo necesitamos acordar unos principios básicos para la unidad. La lista de antis- (anticapitalista, antirracista, antipatriarcal, antifascista, etc.) es obvia pero insuficiente. La unidad ante la represión también es crucial, pero solo proyecta una imagen de carácter defensivo y beligerante. Si se busca la apertura de los CSA a un amplio rango de edades, condiciones culturales, situaciones económicas e iniciativas políticas, los CSA deben desplegar múltiples ofensivas: no solo campañas conjuntas contra sus enemigos interseccionales de clase, también poniendo en valor su modo de crear comunidad, reivindicando los espacios no comerciales ni lucrativos, el encuentro prolífico y seguro.

Al igual que las federaciones de empresas cooperativas y los mercados sociales: los CSA empoderan, democratizan, satisfacen necesidades sociales y se reapropian de la riqueza colectiva. Al igual que las federaciones sindicales y los movimientos de vivienda: los CSA pueden dejar de ser un bloque invisible cuando caminan al lado de las luchas obreras por el salario directo e indirecto, por los servicios sociales universales, por los derechos a migrar, al aborto, a la diversidad funcional, al trabajo digno, a la vivienda digna, a resistir el desahucio.

No menos que alineándose con las luchas contra los CIE y las deportaciones, con los movimientos de mujeres y LGTBIQ+, con la solidaridad con Palestina: el conjunto de CSA suele ofrecerse como hogar para abundantes banderas emancipadoras, además de hospedar en sus espacios concretos esas y otras luchas. En algunas ciudades, incluso algunos centros vecinales, cívicos o artísticos, no anquilosados burocráticamente ni manipulados por las fuerzas y partidos del capital, podrían unirse al bloque, frente, confederación o movimiento de CSA. La denominación más precisa surgirá sobre la marcha.

Hay mucho por hacer desde todos los extremos implicados

Por último, se planteó: ni siquiera intercambiamos información o recursos entre nosotros. Las redes sociales virtuales, difusas y agotadoras, extractivas y divisivas, se añaden a las aguas turbulentas del capitalismo mediático. En muchos lugares han reemplazado y ahogado iniciativas pasadas como las agendas mensuales de los CSA en forma de poster o página web. En Madrid, por ejemplo, continúa saliendo en papel MadridEnAcción, pero no lleva una agenda de las actividades en los CSA vigentes. Hay mucho por hacer desde todos los extremos implicados.

¿Cómo van a saber los jóvenes sin privilegios, por ejemplo, que hay conciertos, salas de ensayo, bibliotecas, lugares de estudio, ordenadores, despensas y comedores populares a su disposición en los intersticios de la ciudad vampírica? ¿Seguiremos pasivamente dejándolos que solo se expongan a la catarata de imágenes y relatos de odio contra el semejante y el de más abajo? O hemos encontrado límites o hemos dado pasos atrás en la contrainformación necesaria. Y es hora de recuperar el terreno perdido.

Los CSA son nodos esenciales en esa tarea. Para cortocircuitar la espiral de autoritarismo que está devolviéndonos a los abismos del pasado no basta con abrir espacios de autonomía. Hay que propagar, desde las prácticas y la cotidianidad, imágenes y relatos de subversión y de liberación del capitalismo urbano. A los fondos buitre, a los empresarios que aprietan la soga al cuello de cada currela, a la clase política que solo busca rebajar los impuestos y regalar la sanidad y la educación a sus amistades mafiosas, les viene al pelo toda ausencia de contrahegemonía.

Las fuerzas oscuras avanzan rápido. Aunque los CSA no hayan estado muy unidos formalmente o de forma duradera hasta la fecha, es justo reconocer que esas fuerzas no los han vencido. La unidad más tangible y constructiva de los CSA quizá pueda cortarles el paso.

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