Amador Fernández-Savater | El Salto. Notas para la presentación del libro de Nuria Alabao, ‘Ínceles, gymbros, criptobros y otras especies antifeministas’
Este texto se ha redactado a partir de las notas para la presentación de Ínceles, gymbros, criptobros y otras especies antifeministas: Lo que la manosfera nos dice de los adolescentes y del mundo en que vivimos (CTXT Mini) de Nuria Alabao.
Algo se ha roto en la masculinidad, en el modelo hegemónico de masculinidad, en lo que Rita Segato llamó en su día el “mandato de masculinidad”.
Es decir, ese mandato sigue emitiendo sus órdenes (ser un “hombre de verdad” es ser un varón proveedor, protector, dominante, autosuficiente), pero el mundo ya no ofrece los medios para encarnarlo.
El libro de Nuria Alabao enumera algunas de esas dificultades, algunos de esos obstáculos. La precarización general de la existencia, el empuje tanto femenino como feminista en la sociedad, el estallido del binarismo de género, fenómenos como la pandemia…
El trabajo ya no garantiza, el género femenino no se subordina, el género se pluraliza, el propio cuerpo no obedece. Algo queda desacoplado, desencajado, roto. Una disonancia estructural entre el mandato y sus condiciones de posibilidad. ¿Quién soy ahora? ¿Qué se espera de mí?
Una masculinidad zombi sigue como si nada, pero para el resto de nosotros se abre una zona de indeterminación por la que circulan afectos como la impotencia, la humillación, la inferiorización, la frustración, la desorientación, la soledad…
En esta zona de indeterminación aparecen todas esas subculturas machistas y antifeministas que analiza Nuria Alabao en su libro: gymbros, criptobros, artistas del ligue, activistas por los derechos de los hombres…
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Restauración, victimización, repliegue
Cada una de ellas es a mi juicio una elaboración particular de la crisis del modelo hegemónico de masculinidad, una tecnología existencial para tramitar la crisis:
– Los gymbros y los criptobros son la promesa de una restauración de lo roto, mediante la reafirmación anfetamínica del modelo hegemónico de masculinidad, en el cruce entre el culto al cuerpo y el emprendedurismo neoliberal.
Se reconoce la rotura, pero se reformula como déficit individual y fallo de rendimiento. El cuerpo se convierte en el último bastión de soberanía: sin curro, sin casa, con miedo, ¡aún podemos hacer más burpees!
Esta respuesta tiene algo de simulacro: músculos en lugar de potencia real, dinero imaginario, gesticulaciones y retóricas. Ese simulacro puede calmar la angustia y ofrecer sentido por un instante, pero lo roto sigue roto y la decepción final está asegurada.
– Los llamados por Nuria Alabao “activistas por los derechos de los hombres” tienen a mi juicio algo de respuesta victimizada a la crisis. Los hombres son considerados por ellos como víctimas del feminismo y sus excesos (en el trabajo, en los tribunales, en la legislación).
Lo roto se reformula así como agravio (jurídico y moral). No se lee como efecto de transformaciones complejas, sino como daño que un otro me causa (“ahora el sistema nos discrimina a nosotros”). El feminismo se presenta como abusivo, su complejidad y pluralidad se reduce a las expresiones institucionales o punitivistas, el hombre se presenta como minoría desprotegida. Las denuncias, los marcos legales, los procedimientos judiciales se convierten ahora en el campo de batalla.
La respuesta de Nuria Alabao es afirmativa y valiente: entra a cada discusión por separado (discriminación, cuotas, detenciones preventivas, cancelación), señala otras causas para los datos que se presentan sobre el sufrimiento masculino en lugar de negarlos, retoma alguna de las críticas desde un enfoque no-punitivista, se expone finalmente y arriesga la discusión, mostrando una confianza en la potencia del feminismo para debatir cualquier cosa.
– Los ínceles (célibes involuntarios) se quedan en lo roto, son cuerpos rotos. No pueden cumplir con el mandato de masculinidad, pero tampoco revolverse contra él ni encontrar un rumbo alternativo, un modo distinto de ser varones, de encontrarse con mujeres, de verse a sí mismos.
Permanecen en la zona de indeterminación, en la impotencia, en la humillación, en el sentimiento de inferioridad, a veces traducido en violencia misógina, las más de las veces como frustración, repliegue, soledad.
Están atrapados en un verdadero callejón sin salida: obedecen a un mandato de masculinidad que les devuelve una imagen deficitaria de sí mismos (“no estamos a la altura”).
Finalmente, la manosfera es el espacio donde todo ese malestar por lo que está roto se traduce en derechización, es la máquina de traducir el sufrimiento masculino en apoyo a los Trump, Milei, Abascal, etc. De ese modo, lo más micro y cotidiano se convierte en la “base libidinal” de las ultraderechas globales. Lo personal se politiza, pero en un sentido antifeminista.
Culto a la fuerza, desprecio de los débiles, naturalización de las jerarquías, admiración por el ganador, escenificación de potencia, relato épico de restauración nacional-masculina, señalamiento de chivos expiatorios, la ultraderecha ofrece a la masculinidad rota explicaciones que esgrimir, enemigos que odiar, causas a las que adherirse.
¿Se puede asumir lo roto de otra manera, no querer restaurarlo, no tomarlo como daño o agravio, no quedarse en lo roto, sino atravesarlo como ocasión de transformación, como pasaje hacia un nuevo paisaje, otras formas de ser varón, otras masculinidades, igualitarias, no patriarcales?
¿Cómo hablar con ellos?
La última parte del libro de Nuria Alabao se pregunta cómo hablar con ellos, cómo interpelar a los jóvenes desde el feminismo, cómo incluirles en un proyecto de transformación que los necesita. Es una pregunta abierta, sin recetas, una invitación a pensar, en colectivo. El libro se presenta inacabado, quiere completarse en la conversación con los lectores y las lectoras que se sientan interpelados.
Hay algo que no funciona: la culpabilización como motor de cambio, eso que se llama lo “woke”
Personalmente, diría que hay algo que no funciona: la culpabilización como motor de cambio, la culpabilización como efecto de estrategias políticas moralizadoras (señalar lo bueno, castigar lo malo). Eso que se llama lo “woke”. Porque lo woke existe, no es un invento de las ultraderechas, atraviesa los mundos y a las personas que se identifican con la transformación social, como pasión de señalar, pasión de corregir y pasión de castigar (o cancelar).
La regañina y el reproche, la demanda moral, el señalamiento público, con la idea consciente o inconsciente de que la culpa (sentir culpa, hacer sentir culpa, extender el sentimiento de culpa) puede tener una eficacia de transformación. Pero la culpa no cambia nada, no produce ninguna modificación subjetiva, sólo gestos defensivos, retiradas estratégicas, simulaciones de cambio. Una vez pasado el espectáculo de culpabilización, todo vuelve a la normalidad. O a peor: resentimiento, revanchismo, afirmación transgresora de lo que fue señalado como “malo”, rebelión contra la norma que trató de imponerse como políticamente correcta.
La culpa tampoco funciona como motor de transformación “hacia dentro”. Autoexigencia, vigilancia interior, ideal del yo, corrección superficial del lenguaje. Lo explican Alejandro Vainer y Carlos Barzani, en su libro El malestar de los varones en tiempos de oscuridad, con respecto a lo que se ha venido llamando “deconstrucción de la masculinidad”. Esta práctica, muy propia del progresismo biempensante, funciona bajo el presupuesto intelectualista de que uno puede deconstruirse como se deconstruye un texto y apela a una fuerza de voluntad de tipo superyoico (“tenemos que ser buenos, dejar de ser patriarcales). El sujeto se controla, se contiene, se reprime, pero no cambia.
En ambos casos, a mi juicio, el fracaso tiene las mismas razones: la culpa no toca el deseo y la única fuerza de transformación efectiva es el deseo. El malestar sentido con respecto a una forma de ser varones que ya no se quiere más y las ganas de encontrar una forma de vida distinta. El malestar y las ganas, no la moralización y la culpa.
Conversar y politizar
En el libro de Nuria Alabao encuentro dos propuestas que me interpelan: conversar y politizar.
La pregunta por cómo conversar con ellos, con esos jóvenes en la zona de indeterminación, en la zona de peligro, en el vacío de lo roto, me parece fundamental. En las familias, en la escuela, entre amigos.
Qué palabra puede transformar, qué espacio de intercambio de palabra puede tocar algo en nosotros y cambiarnos, ¿hay pregunta políticamente más relevante hoy? La palabra no es mero vehículo de informaciones, no es correa de transmisión de significados o de mensajes, sino una fuerza que hace y deshace el mundo, que puede envenenarnos y también curarnos. Lo sabemos todos por experiencia, la palabra puede transformarnos, al menos en determinadas condiciones.
¿Cómo hablar con ellos, en qué condiciones? La propuesta de Nuria Alabao, tal y como yo la interpreto, es atrevernos a pensar con ellos. No explicarles las cosas, sino pensar con ellos. Es muy distinto. Pasa, como dice muy bien Nuria, por dar legitimidad a sus dudas, por evitar respuestas sabidas, por enfrentarse a preguntas incómodas.
Adultos que no se colocan en la posición del que sabe y explica, sino que se ofrecen como compañía para pensar, no desde posiciones necesariamente simétricas y horizontales, pero sí desde la idea que el otro puede pensar por sí mismo y también desde las propias ganas de hacerlo. Porque sólo escucha y conversa de veras quien quiere pensar algo, quien quiere aprender algo, quien quiere ir más allá de sí mismo, de lo que ya pensaba y creía, y necesita al otro para hacerlo.
Hay un tipo de palabra, de espacio e intercambio de palabra, que no transforma porque no cuenta con el otro. La palabra vertical, pedagógica o moralizadora, que encaja al otro en la posición de objeto que debe simplemente “asimilar lo correcto”. Pensar es distinto, una palabra dirigida al otro como sujeto, una conversación entre sujetos, un intercambio donde cada voz es importante, es válida, puede hacer su aportación. Esa es una palabra que sí puede tocar el deseo.
El malestar y las ganas
Pero, ¿conversar de qué? Yo diría: del malestar y de las ganas. El malestar no es un déficit a corregir, sino una potencia de transformación. Es la señal de que algo no va bien en nuestra vida, de que hay algo que revisar sobre nosotros mismos, es una invitación a cambiar, es incluso una energía de cambio y transformación. El malestar no es lo contrario del deseo, sino que puede ser un pasaje hacia el mismo.
Poner palabras a nuestro malestar como varones que habitan lo roto, sobre las dificultades de habitar ese espacio “entre” un mandato que no podemos (ni queremos ya) cumplir y otra cosa aún por inventar. Ponerle nombres propios a lo que nos pasa, no asumir simplemente las categorizaciones que se hacen desde otros lados, tantas veces con un afán manipulador; sacar la experiencia del espacio de la vergüenza, del destino puramente individual, de lo no-nombrable; elaborar el malestar, moldearlo, darle forma.
Sin afecto no hay palabra que pueda transformar. El afecto no es complacencia, no es diplomacia, sino una confianza que nos habilita a hablar
Pero hablar también de las ganas, de las experiencias positivas, de las inspiraciones chulas, de todo aquello que da gusto y placer, de lo que ha podido funcionar en las relaciones para construir afectos bonitos, de referencias de otras maneras de ser varón que podemos encontrar en la historia, en el cine, en la literatura. Compartir desde ahí, desde las pequeñas invenciones cotidianas, desde los ejemplos (más que nuevos modelos) que inspiran a cada cual, desde lo que da ganas.
Por último, ¿qué sostiene toda esta conversación difícil? Es el afecto sin duda. Sin afecto de por medio no hay palabra que pueda transformar. Pero hay que entender bien de qué se trata. El afecto no es “buen rollo”, no es complacencia, no es diplomacia, sino una confianza que nos habilita a hablar, una confianza alentadora. De que hablar puede servir para algo, de que tenemos algo que decir, de que nuestra palabra importa, de que tenemos una voz propia, de que podemos encontrar una salida al sufrimiento.
¿Cómo hablar con ellos? Creando situaciones donde hablar de lo que nos pasa, tanto a adultos como a jóvenes, donde la palabra del otro cuente e importe de verdad, sin saber de antemano lo que vamos a decir, hasta dónde vamos a llegar.
Politizar el malestar
La segunda propuesta de Nuria Alabao es politizar el malestar. Redirigirlo hacia sus verdaderas causas, hacia las condiciones de vida precarias, hacia el enemigo correcto. Poner a trabajar la rabia que sentimos contra el sistema que produce el malestar, que es el capitalismo y no la “amenaza feminista”.
Yo creo que todo esto es necesario pero no suficiente, que no tenemos sólo que “corregir el blanco” del malestar por lo roto, sino relacionarnos con él de otra manera, hacer de él una energía de pensamiento y de transformación ¿Qué anda mal? ¿Qué podemos hacer al respecto? ¿Podemos convertirnos en hombres distintos? No en “hombres nuevos”, esa ilusión épica y totalizante del pasado revolucionario, sino varones tal vez una pizca distintos, una diferencia pequeña pero decisiva.
¿Cómo se desea? ¿Qué se espera del otro? ¿Qué se entiende por reconocimiento? ¿Qué relación tenemos con la vulnerabilidad, con la dependencia? ¿Cómo nos relacionamos con la competencia y el éxito? ¿Cómo recrear ahora, atravesando lo roto, otras sexualidades, otras eróticas, sin proyecciones de lo que “debe ser”, sino partiendo de algo en la realidad que ya funciona distinto, quiere distinto, es ya distinto?
El ejemplo que yo quería traer aquí, para hacer más concreto el asunto, también porque es el ejemplo que ha podido tener un impacto en mi propia biografía, son las contraculturas. ¿No es lo que más necesitamos, una nueva contracultura? Es decir, no sólo un desafío a lo establecido, que también, sino una energía creadora de autotransformación, una nueva ética de las relaciones, una nueva educación sentimental. Un nuevo amor, si quiere decirse así.
Para mí el desafío clave de una nueva contracultura sería este: cómo aprender, juntos, a leer y orientarnos en nuestro deseo, lo más oscuro, lo más difícil de escuchar, nuestro deseo y el de los otros, nuestro deseo en relación al de los otros, una relación que puede ser muchas veces contradictoria, opaca, conflictiva, tensa, pero también perseverante, insistente, confiada.
Es la aventura más difícil pero merece la pena, esto me digo y me repito a mí mismo.
A mi amigo Juan Gutiérrez, inspiración en esto y en tantas otras cosas.