Del estudiante como objeto al estudiante como sujeto: gestores culturales, perfomances y otras formas de romper el formato
Hace ya tres años se instaló una obsesión en mi cerebro, una obsesión que va mucho mas allá de la educación disruptiva o del edupunk, una obsesión que compruebo día a día cómo funciona y cómo empodera: es la obsesión por romper el formato, especialmente por romper el formato de la lección magistral. El culpable de todo esto no es otro que Alejandro Piscitelli quien, desde que le conocí en 2011, me repitió hasta la saciedad que “Las energías deben estar puestas no solo en lo que vamos a transmitir sino en la arquitectura de su transmisión”. En mi cabeza resuena desde entonces la realidad de que yo no trabajaba a la manera de las teorías que estaba enseñando y mi forma de dar clase era ante todo paradójica: ahí estaba defendiendo la pedagogía crítica como contenido mediante un formato de transmisión vertical, unidireccional y monológico.

Nuestra principal preocupación con respecto a los contenidos se centró en la idea delgestor cultural como agente político y en reivindicar la necesidad de convertir la educación en la columna vertebral de la gestión cultural cuando, hoy es el día en lo educativo se continúa entendiendo como un servicio, como una actividad periférica en muchos casos naif, dentro de las instituciones culturales. Por esta razón, comenzamos a romper el formato desde la selección del título y decidimos llamar a la sesión Gestión cultural y educación: una historia de amor. Desde la concepción de lo educativo como una actividad periférica y aséptica invitamos a los futuros gestores a entenderlo como la columna vertebral de su trabajo a partir de siete ejes:
- El gestor cultural como intelectual.
- La gestión cultural como acción política.
- La gestión cultural como microrrevoluciones cotidianas.
- El posicionamiento intelectual como elemento de base.
- La gestión como producción.
- La necesidad de investigar.
- La necesidad de archivar y visibilizar.
Una vez aclarados los contenidos, lo siguiente fue preguntarnos cómo romper el formato. Para empezar el espacio físico con el que contábamos (como ocurre en el 99% de los casos) no invitaba a la participación: el imaginario del aula industrial está fuertemente arraigado de manera que el mobiliario se ordenaba de manera escolar mientras que el atril y la pantalla (en este caso doble) ocupaban una espacio ultra blanco, casi un quirófano. Lo primero que hicimos fue quitar las mesas y organizar las sillas en círculo, lo segundo habitar el espacio y dar color: mandarinas, chocolate, guirnaldas rojas, plantas ultra verdes y paredes repletas, y por último un detonante espectacular (un carrito de la compra que Javier, lejos de esconder, situó en paralelo al atril) todo esto consiguió desde lo físico transformar los cuerpos, conectar las ideas y reproducir flujos flexibles en vez de silencios.
Para continuar, desde el comienzo intentamos desterrar el simulacro (escuchar y tomar apuntes) y producir una experiencia transformadora, de manera que comenzamos invitando a los participantes a diseñar un programa educativo desde el que analizamos los siete ejes seleccionados. Entendiendo a los estudiantes como sujetos de su propio aprendizaje en vez de cómo objetos de un proceso que quizás solo llegase hasta la certificación, Javier y yo intentamos aprender con ellos (no solo de ellos) y generar cuatro horas de investigación, reflexión y producción. La arquitectura de transmisión, la narratividad y el humor consiguieron que el amor se colase más allá del título de la sesión.
Una semana después llegamos a la Nave 16 con las expectativas muy altas y, tras la explicación de las reglas del juego (no tocar el trabajo de los otros residentes con los que compartíamos espacio y no dañarnos unos a otros) Essi invitó a los niños y niñas afirmar su contrato como artistas. Tras esta toma de contacto, Essi llegó con un enorme recipiente lleno de flores que los estudiantes recogieron transformando su uso y prolongando sus cuerpos de forma vegetal, conformando con las flores parte de su nuevo paisaje corporal. Tras la acción, nos sentamos en círculo para reflexionar sobre lo que había ocurrido y qué era lo que habíamos creado, secuencia en la que cada participante explicó los elementos que conformaban su paisaje interior.
Una vez más comprobamos como emigrar de la educación artística como manualidades a la Educación Artística como Vehículo de Conocimiento (conocimiento, proceso y creatividad) es un paso maravilloso y empoderador, una experiencia placentera que nos conecta con lo que ocurre en el mundo y nos hace conocer y reflexionar críticamente desde las artes visuales. Con respecto a la arquitectura de transmisión que utilizó Essi, es importante señalar el hecho de que no invitó a los estudiantes de Las Naciones para que fuesen objetos de un perfomance realizado por ella, Essi les dio la oportunidad de transformarse en performers, de ser ellos, y no ella, los sujetos de la acción.

Gracias Alejandro por invitarme a romper el formato.