Violencia Machista. Las niñas y los niños también las sufren

Reflejo con dos niños, autorretrato de Lucian Freud
Reflejo con dos niños,
autorretrato de Lucian Freud

Maria Bilbao* | Pikara Magazine. El Gobierno español reconoce a los y las hijas de mujeres que han sufrido violencia de género como víctimas, pero este compromiso no se está traduciendo en recursos especializados. Al mismo tiempo, asistimos a sentencias judiciales que otorgan la custodia a padres condenados por violencia machista y al repunte de grupos neomachistas que buscan la imposición de la custodia compartida.


Desde el año pasado los y las menores hijos de mujeres que han sufrido violencia de género son considerados víctimas al igual que su madre. La atención a las hijas e hijos de mujeres que han sufrido violencia de género ya estaba contemplada en la Ley Integral contra la Violencia de Género (LIVG) de 2004 pero parece que el anuncio hecho por la Ministra de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad pretende conceder más atención a los y las menores. Sin embargo, esto no termina de traducirse en recursos reales a la hora de atender a dichos menores: el personal que trabaja en Violencia de Género está precarizado, los servicios son subcontratados y por tanto sujetos a proyectos que dependen de concursos públicos que, en muchas ocasiones, hacen peligrar la continuidad de las intervenciones sociales y los tratamientos psicoterapéuticos.
Este año hemos asistido a varios casos brutales de asesinatos de menores, la violencia ha sido tan encarnizada que un caso eclipsaba el anterior llenando los magazines matinales de comentarios, datos morbosos, declaraciones. La utilización del daño a los menores para agredir a la madre es una práctica habitual del maltratador: recordemos el brutal caso de Ruth y José Bretón, brutal como todos los asesinatos especialmente de menores, caso que ni un solo medio de comunicación consideró clasificar como violencia machista a pesar de que el asesinato de los menores fue una venganza contra la madre. Tampoco el caso de las niñas de Pontevedra ha sido considerado violencia de género, no por los medios. La violencia machista se configura así como terrorismo machista, terrorismo porque alecciona a todas las mujeres y siembra el miedo como elemento de control y sumisión. Muchas mujeres se pensarán ahora lo de separarse porque el miedo a entregar a sus hijos e hijas a una persona que saben violenta, es mas terrorífico que el daño a sí mismas.
Al mismo tiempo que comienza a ampliarse el foco de la atención sobre los y las menores, asistimos a sentencias judiciales que otorgan la custodia a padres condenados por violencia machista y al repunte de grupos neomachistas que buscan la imposición de la custodia compartida —aun cuando la o el menor sienta terror ante un padre al que ha visto maltratar a su madre—, con argumentos tan acientíficos como el Síndrome de Alienación Parental (SAP) [proceso por el cual la madre transforma la conciencia de sus hijos para impedir los vínculos con el padre. NdE], ante el cual se propone como tratamiento la denominada Terapia de la Amenaza [que implica métodos autoritarios de tratamiento, por ejemplo forzar al niño o a la niña a vivir con el padre. NdE]. Y es que, para los defensores de este argumento, los y las menores no tienen capacidad de decisión, ni tienen memoria, ni sentimientos; únicamente la persona adulta —preferentemente el padre— puede decidir cuál es el bien superior de las y los menores. El interés superior del o la menor está entonces donde su padre, o los abogados, digan, no donde el niño o la niña necesite. Sin embargo, cuando un niño o una niña han visto cómo en casa se maltrataba a su madre, que es una de las personas de referencia y que le otorga seguridad —por lo que cuando ésta se ve amenazada, la seguridad del niño también se ve comprometida— o cuando han sufrido directamente malos tratos físicos, abusos de cualquier tipo, insultos o humillaciones, lo lógico es que sientan temor e inquietud al tener que pasar la mitad del tiempo con la persona de la cual provenían dichas agresiones. Incluso cuando un o una menor no ha sufrido directamente agresiones pero ha sido expuesta a la violencia mediante maltrato a su madre, desarrolla una serie de síntomas que hacen que le resulte difícil separarse de ésta, que sienta miedo, desconfianza, que tenga problemas de sueño, que tenga lo que se ha denominado Estrés Postraumático, igual que las personas supervivientes de las guerras.
Durante mucho tiempo no se ha escuchado a los y las menores víctimas de violencia de género, no se ha formado a las profesionales que con buena voluntad hacían lo que podían con los y las menores, y estos viajaban en un pack con sus madres hacia las casas de acogida desarraigándose de su entorno, con un trauma por mochila. Es por esta razón por la que muchas mujeres han aguantado lo que les echasen sin divorciarse y sin salir de relaciones de violencia: por el miedo a ser acusadas de alienadoras y que les retirasen la custodia de sus hijos e hijas para dársela al padre que les estaba haciendo la vida imposible, algunas demasiado tiempo, hasta que han sido asesinadas.
Las secuelas de la violencia ejercida directa o indirectamente sobre los niños y niñas son duraderas y profundas: Estrés postraumático, depresión, ansiedad, vulnerabilidad a desarrollar enfermedades físicas y mentales, cierta predisposición a sufrir violencia y ejercerla en la adolescencia y edad adulta ya que han aprendido formas distorsionadas de relación, trastorno obsesivo compulsivo, trastornos de la conducta alimentaria, dificultades en el vínclo de apego. En este momento en el que existe cierta preocupación por la emergente violencia adolescente, tal vez sea el momento de preguntarse cuántos de esos y esas adolescentes son testigos y víctimas de violencia en sus casas.
Distintas organizaciones, entre ellas Save the Children, llevan tiempo alertando de este problema y poniendo a disposición de la sociedad información sobre las secuelas no sólo del abuso sexual, que es una forma de violencia machista que afecta a niños y niñas, también de las secuelas que sufren los y las menores por exposición a la violencia de género.
Es hora ya de empezar a tener en cuenta a los y las menores para que se conviertan en supervivientes y no en víctimas, para que no se vean obligados a repetir un rol de agresor o de víctima, para que su vida sea digna y libre de violencias machistas.
El 7N salimos a la calle también por ellos y por ellas, porque aun su voz no se escucha lo suficiente, porque queremos futuras mujeres y hombres libres de patriarcado y de violencias machistas. #yovoy7n
*Maria Bilbao es psicóloga infanto-juvenil  experta en intervención con menores víctimas de violencia machista
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