Competir frente a compartir o una visión quizá ingenua de la realidad

El capitalismo se basa en la competición, en la idea de que al competir sacamos lo mejor de nosotros mismos. El deporte es claramente el ejemplo. Pero lo cierto es que la competición también saca lo peor de nosotros mismos. El deporte es claramente el ejemplo. Pero además, el mismo concepto de competición implica el que existan ganadores y perdedores. En un juego no importa que haya un perdedor, porque al fin y al cabo; la finalidad principal es divertirse, y se divierte casi tanto el que pierde como el que gana. Pero en la vida ser perdedor sí que es importante, no para la mayoría de los ganadores, claro, pero sí para los millones de perdedores que el sistema deja en la cuneta. Los pobres de toda la vida, vaya. Un sistema que por definición debe dejar en la cuneta a miles, millones de personas para que siga funcionando no puede ser un buen sistema, salvo para quienes lo miran siempre desde el mismo lado. Pero es el mejor sistema posible, me dirán. ¿Seguro?

Frente a competir existe otra alternativa: compartir. En un sistema basado en compartir, por definición, no hay ni ganadores ni perdedores, porque el sistema tiende al equilibrio. Pero, me dirán, eso no va con la naturaleza humana. ¿Seguro? Mire a su alrededor: ¿de verdad no comparte continuamente? ¿de verdad no ayuda a su familia, a sus amigos, incluso a sus vecinos? Si la respuesta es no, pregúntese si quizá no lo hace porque ha interiorizado demasiado las máximas del sistema.
Un buen ejemplo sería la enseñanza. Es algo habitual compartir los apuntes. Uno no puede asistir a clase un determinado día, o quizá trabaja y no le da tiempo a asistir a todas las clases, o incluso sencillamente no es bueno tomando apuntes, y otro le deja los suyos: los comparte. Frente a ese comportamiento, en el que los estudiantes se dejan los apuntes unos a otros, encontraremos que otros alumnos no comparten sus apuntes. ¿Por qué? ¿No se trata de que todos aprendamos? En el sistema capitalista, no, porque ya, incluso desde la primaria, estamos compitiendo. Competimos por conseguir las mejores notas porque el sistema nos azuza a ello, a destacar por encima de los demás. Lo importante no es que todos aprendamos, sino tener oportunidad de demostrar quiénes son mejores que otros. Así, unos alumnos —la mayoría— comparte sus apuntes, al menos con sus amigos, y otros —unos pocos— se negarán a compartir. Pero hay un tercer estudiante, aquel que se da cuenta de que sus apuntes son buenos, otros estudiantes los quieren, y decide ponerles un precio: ese es el modelo ideal del capitalismo, al que llama «emprendedor» y al que el sistema le pondrá una alfombra roja. Pero, cuidado, también se tropieza en las alfombras rojas, y quizá alguien le sujete en su caída o le ayude a levantarse, porque a pesar de todo la mayoría de las personas tiende a ayudar y a compartir.
Sí, a pesar de todo, seguimos compartiendo, y lo cierto es que la sociedad, es decir, las personas, tienden a compartir y cada vez más. Si nos fijamos en la actualidad precisamente ese es el conflicto: competir frente a compartir. Vivimos en un momento de crisis en el que las cosas sencillamente cambian, cambian porque modelos que nos servían de referencia empiezan a mostrar la urdimbre y dejan de ser fiables. En definitiva nos demuestran que podríamos estar equivocados. Es algo normal, pasa continuamente, en todas las épocas y en todas partes. Y ese cambio no es de ahora en realidad, lleva muchos años operándose, pero imperceptiblemente quizá, o quizá solo en una minoría a la que ahora cada vez se suma más gente.
Mientras el sistema sigue defendiendo con uñas y dientes (al fin y al cabo para ellos esto es una competición, y en la guerra todo vale) el modelo de la competición, los ciudadanos descubren cada día nuevas formas de compartir; y compartir es precisamente la mayor amenaza para el sistema.
Pero compartir es algo que solo puede hacerse de forma directa y cercana. Compartimos con nuestra familia, con nuestros amigos, pero no podemos compartir con un señor de Murcia. ¿Seguro? Bueno, ahí es donde entra la tecnología que abrió precisamente autopistas para compartir (Sí, este también podría haber sido el título de este artículo). Primero fue la música (bueno, en realidad, primero fue el propio software). La tecnología nos permitió compartirla y ahí nos lanzamos, y la industria se quejó. Perdió y el mundo no se ha acabado. No voy a hacer la retahíla de industrias que han luchado contra los ciudadanos que compartían sus productos. Pero qué sucede ahora. Ya no se trata de bienes intangibles. Recientemente los taxistas en varias ciudades europeas se han puesto en pie de guerra porque los particulares pueden compartir sus vehículos en sus desplazamientos. ¿Por qué viajar solo en un vehículo de cinco plazas? El capitalismo te dará muchas razones —aunque ninguna mencionará el medio ambiente, ni la eficiencia, ni la lógica, ni siquiera las matemáticas, y mucho menos la solidaridad—, pero al ciudadano no le convence ya ninguna: mejor compartir el vehículo, compartir gastos y además, por qué no, hacer más agradable el viaje. Compartir.
El ciudadano está encantado. Compartir parece bueno. Pero claro, eso hace daño a la industria, lo cual a la larga es también malo para el ciudadano, repercute en la economía que es un castillo de naipes. Eso es cierto, sin duda… pero en una economía basada en la competición.
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Y ahí es donde creo que empieza a verse el cambio, el punto de giro al que nos conduce la crisis. El modelo tiende a cambiar de la competición a la cooperación. Claro que será malo que los taxistas ganen menos dinero si todo lo que necesitan para vivir deben comprarlo con dinero, pero ¿qué sucede si el sistema tiende a cambiar y ya no todo es necesario comprarlo con dinero?, es decir, y si empezamos a compartir lo que nos sobra… entonces quizá el taxista podrá vivir con menos dinero —y podrá trabajar menos—. Si en vez de comprar los libros de texto para sus hijos, los recibe de otros padres que ya no los necesita y que antes sencillamente los tiraba a la basura porque el sistema intenta hacernos creer a todos que hay que estrenar los libros de texto, aunque se tiren miles nuevos a la basura cada inicio de curso.

Si el sistema tiende a sustituir el binomio trabajo-dinero por un sistema de cooperación al que los ciudadanos parecen acudir en todas las épocas de crisis de forma impepinable; los ciudadanos no tienen por qué ver reducida su calidad vida, sino todo lo contrario, especial y seguramente mejorará porque volveremos a recuperar las relaciones sociales de vecinos —y ahora nuestro vecindario es el mundo— que hemos ido perdiendo  lo cual está demostrado, también aumenta la felicidad.
Pero alguien tendrá que perder, ¿no? El sistema de cooperación tiende al equilibrio, pero claro, ese equilibrio es un punto medio, los que de alguna forma tenderán a perder en este sistema son los que ahora están en la cima de la pirámide de la que deberán bajar algunos escalones. Si los ciudadanos comparten en lugar de comprar y comprar continuamente —a veces cosas que ni siquiera necesitan ni usarán—, el que pierde es el que no tiene nada que compartir, el que basa su modelo en el trabajo de los demás, el que ahora es rico gracias a obligarnos a competir entre nosotros.
Claro está, los accionistas de las grandes empresas no quieren que compartamos. Lucharán. La policía nos pegará cuando queramos evitar un desahucio que dejará una familia en la calle para que el banco tenga una casa vacía más. Pero las cosas están cambiando. Ahora la gente comparte, se ayuda, cada vez más… y no sé si podrán pararlo.
Por cierto, comparte este artículo.
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* Valentín Pérez Venzalá es licenciado en Filología Hispánica, ha publicado diversos artículos sobre literatura española del siglo de oro y literatura hispanoamericana. Ha dirigido durante 16 años la revista digital de arte y literatura Minotauro Digital, así como la revista en papel Cuadernos del Minotauro (2005-2009). Actualmente dirige la editorial Minobitia que publica especialmente ensayo cultural, tanto en papel como en formato digital.

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