Claro que podemos. Con movimiento, y punto. Apuntes para recibir y atravesar el ciclo electoral

La situación política, pese a su dureza, se presenta abierta e incierta. En el año 2011 fuimos testigos de la emergencia de un poder constituyente que lleva tres años de conflictos ininterrumpidos y diversos ensayos de articulación organizativa. Pensado en esos términos, estamos en una fase incipiente de formación de nuevas organizaciones, modos de hacer política y articular lo común. Pero la coyuntura nos habla de un tiempo intenso y veloz, de una oportunidad única –por su singularidad– para ese poder constituyente en formación que se juega en esta fase corta del ciclo electoral. La situación es difícil porque exige, por un lado, máxima audacia para componer fuerzas que impacten en el poder político (en ello van nuestras vidas) y, por otro, la cautela necesaria para dar pasos en firme y construir un tipo de fuerza que no sucumba ante la hipervelocidad y las fuerzas dispersivas del mercado. 
Nico Sguiglia en DiagonalPeriodico @NicoSguiglia (Miembro de@pahmalaga, @lacasainvisible y @fcomunes)


Todas las propuestas que apuntan a traducir la potencia del 15M en poder político por la vía electoral, desde IU al Partido X, desde las CUP a Podemos, tienen algo en común: dependen de la vitalidad del movimiento-red, la principal oposición al bipartidismo, la principal agencia política contemporánea y una variable independiente en las fórmulas que interpretan la actual coyuntura. En estos tiempos turbulentos puede ser útil repasar algunas notas al vuelo de tres años en movimiento.
 

1. La primera fase del 15M, desde el surgimiento de DRY al desborde en las acampadas, basó buena parte de su fuerza en enunciados de amplio consenso, formas diversas e inclusivas de participación y múltiples sujetos e identidades colectivas. Personas que estaban lejos del activismo o la militancia crearon una trama organizativa flexible y el uso virtuoso de la comunicación en red afectó, movilizó y organizó con éxito a millones de personas, gestando un movimiento bajo parámetros que estaban lejos de las lógicas minoritarias propias de la izquierda, ya sea de tradición partidista o movimentista. Si se crean organizaciones e identidades colectivas, buena parte de su potencia se jugará en su capacidad de abrirse, interpelar y afectar a la política de los cualquiera. El 15M ha dado serias lecciones a las neurosis y complejos de la izquierda, y hay que tomar nota.
 

2. La fase de expansión territorial del 15M se sostuvo en la proliferación de asambleas y ágoras ciudadanas que permitió actualizar esa vieja identidad colectiva: “vecinos”. Tomar la palabra, socializar inquietudes y preocupaciones, hacer circular saberes, crear instituciones de protección social y volver a componer trama sobre un territorio físico compartido. Con todas sus dificultades y con nuevos y viejos problemas, la hipótesis que sitúa al “barrio” –creación colectiva y territorio material común– como locus de la política muestra renovada vigencia. Hoy España es, ante todo, una barriada popular precarizada, y es un desafío común el articular comunidades de lucha y vida en ella.
 

3. A cada generación del trabajo vivo, sus instituciones sindicales. La PAH es el mejor ejemplo de cómo transformar una condición precaria compartida en una fuerza común organizada y señala la inexcusable necesidad para todo proyecto político de crear dispositivos de sindicalismo social. Urge articular saberes jurídicos con una política afectiva que haga frente a la vulnerabilidad de la vida, la negociación colectiva con la comunicación y el trabajo en red, la identidad común con las conquistas materiales concretas y mensurables. Ese sí es un desafío político, y no ganar uno o dos diputados.
 

4. La forma-marea ha desbordado la organización sindical y la perspectiva gremial del llamado “sector público” y nos presentó una comunidad articulada en torno a la defensa de servicios e instituciones básicas para la reproducción social. La sensación de vulnerabilidad y la extrema necesidad de las frágiles instituciones del welfare (sistema sanitario, educativo, pensiones, ayudas sociales) es una condición compartida por el 99% y no hay defensa ni reinvención de lo público que no pase por crear comunidades entre trabajadores y trabajadoras, pacientes, receptores, estudiantes, ciudadanos, ciudadanas y todas las figuras sociales atravesadas por los servicios públicos. Los servicios públicos y las instituciones comunes son el sostén básico para una vida digna. Se defienden, se amplían y se democratizan colectivamente. No se venden.
 

5. Una vez mostrada su potencia disruptiva, el 15M ha vivido una incómoda convivencia entre, por un lado, su gran fuerza expresiva y su enorme impacto en la subjetividad y, por otro, su pobre reflejo en las condiciones materiales de vida de amplias mayorías. Esta situación produce cierto impasse en los espacios de participación y extiende una sensación que crece hasta ser casi de “sentido común”: el 15M tiene que hacer Política –con mayúsculas–, tiene que disputar poder político, tiene que ser capaz de intervenir en la elaboración y ejecución de las políticas públicas que definen en gran medida la vida social. Sin organización y sin voluntad de poder, será difícil poner freno al poder financiero y su plan sobre el planeta, que no es otra cosa que una gran distopía, una catástrofe.
 

6.  La participación electoral no es la única ni quizás la mejor manera de impactar en el poder institucional, pero debe incorporarse al repertorio de prácticas del movimiento, no como “representación”, sino como expresión de su fuerza en las instituciones públicas. Expresar la fuerza del movimiento-red que emerge del ciclo 15M en las instituciones solo puede hacerse desde una profunda radicalización democrática. El único ejercicio que expresa fidelidad con esa fuerza es preparar las condiciones para un proceso constituyente y una redefinición colectiva y radical de la democracia. Seamos honestos, todo crecimiento electoral de propuestas cercanas a las calles, las plazas y las redes se debe ante todo al ciclo de movilización y transformación subjetiva abierto con el 15M. Los “representantes” institucionales y los cargos públicos que sean fieles a este ciclo deberán poner freno al austericidio, la deuda y el ajuste del poder financiero y producir de forma democrática nuevas políticas públicas, pero ante todo deben ponerse al servicio de una transición constituyente, al servicio de la democracia real.
 

7. La disputa electoral confunde. Mucho más cuando está atravesada por la fuerza expansiva y los tiempos intensos y acelerados de los mass media. Se requiere de mucha audacia y saberes para modular esa potencia comunicativo/afectiva que brinda la atención mediática y sus efectos en la opinión y la subjetividad son obvios. Pero el hype comunicativo puede conducir, y no sería la primera vez, a cierto despiste estratégico y a una frágil construcción organizativa susceptible de traducirse en poco tiempo en faccionalismo o dispersión. El movimiento debe ser capaz de crear, y de hecho lo hace, “máquinas de guerra” comunicativas y enunciadores célebres o famosos, pero es conveniente no confundir entre el poder sostenido en la celebridad y el que procede de una construcción multitudinaria y democrática de movimiento. El caso de la PAH nos presenta un ejemplo sobre la construcción de un contrapoder material sostenido en parte en su fuerza comunicativa y la legitimidad y carisma de sus portavoces pero, sobre todo, en su fuerza organizativa y operativa, sostenida en más de 200 nodos, una intensa y democrática deliberación y ejecución común de las decisiones, múltiples portavocías, y un estilo de militancia que presta más atención a la potencia que al poder, o que apuesta por un tipo de poder que se construye a partir de la potencia de la organización ciudadana, de la politización y la creación de enunciados y propuestas por parte de los afectados.
 

8. La llegada a instancias de gobierno y poder institucional por parte de la izquierda en Andalucía muestra cómo la puesta en marcha de nuevas políticas públicas, sobre todo si alteran la distribución de renta y poder, no dependen de virtuosos representantes y honrados cargos públicos, sino de amplios procesos de movilización y de un gran respaldo ciudadano. Sin fuerza social que las acompañe, las buenas y urgentes políticas públicas son paralizadas u obstaculizadas por el conservadurismo propio de la “lógica estatal” y los poderes fácticos. Toda fuerza institucional debe ser traducida y encarnada en movimiento, en fuerza social, sin la cual no seremos capaces de torcer el brazo al poder fáctico del 1%; esa es una entre las miles de lecciones que nos dejan los gobiernos posneoliberales en América Latina. No es casual que la principal medida de la izquierda en la actual legislatura haya sido la llamada Ley Antidesahucios del gobierno andaluz, fiel reflejo de una expresión institucional, aunque insuficiente, de una fuerza social que cambió la relación de poder en el debate sobre el derecho a la vivienda, y que tuvo como protagonistas a la PAH, las corralas, Stop Desahucios, Asambleas de Vivienda y otras declinaciones organizativas del movimiento-red. No hay representantes políticos, por más carisma, honradez o virtuosismo que tengan, que puedan impulsar políticas posneoliberales, y mucho menos una transición constituyente, sin una sociedad abigarrada, sin una sociedad en movimiento.
 

La situación está abierta y, dentro de sus posibles escenarios, hay uno de democracia real y dignidad. La mala noticia es que ese escenario nos exige un gran y generoso esfuerzo común y su resultado es incierto; la buena noticia es que depende de nosotros-as. Necesitamos mucha audacia y cierta cautela pero, sobre todo, movimiento.

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