DIÁLOGO IGUALITARIO

El diálogo en condiciones de igualdad se constituye como herramienta fundamental para hacer realidad el principio de igualdad en la diversidad. Hablar de diálogo implica delimitar el concepto de comunicación que manejamos.

La comunicación es la base de la sociabilidad humana. Utilizando como vehículo el lenguaje vamos construyendo nuestra visión sobre el mundo, la manera en que interpretamos la realidad y actuamos sobre ella. Una mirada sobre el mundo compartida, en cierta medida, con las personas que nos rodean. 



¿Qué es la realidad?

En el ámbito de la investigación social se han ido utilizando diferentes perspectivas que hacen referencia a la pregunta ¿qué es la realidad? Una de ellas, la perspectiva comunicativa crítica, pone el acento en la interacción entre personas en la búsqueda de un consenso sobre la realidad. Hacer uso de esta aportación nos parece especialmente importante en aras de defender un proyecto social que fundamenta la integración de las personas precisamente en su capacidad para generar consensos acerca de las cosas que comparten, de su 'terreno común'. Veamos cuáles son estas perspectivas:

"La perspectiva objetivista defiende que la realidad existe independientemente de los pensamientos y de las acciones humanas.

[...] Para la orientación constructivista, la realidad es una construcción social que depende de los significados y de los pensamientos de las personas. Una vez construida, queda en nuestra pre-conciencia y la asumimos como parte de nuestra cultura.

[...] El enfoque socio crítico se posiciona en un realismo histórico que incorpora los contextos políticos e ideológicos, asumiendo que la realidad es entendida y constituida por estructuras situadas históricamente y conformadas por aspectos sociales, culturales, económicos, étnicos y de género, que cristalizan como estructuras naturales e inmutables, por lo que se hacen necesarias comprensiones más transformadoras.

La concepción comunicativa crítica hace una precisión sobre la idea de la construcción. Por un lado, afirma que el mundo existe independientemente de las mentes; las rocas de una montaña o las aguas de un río existen al margen de nuestros pensamientos, de nuestra construcción de significados o de nuestra intersubjetividad. Por otro lado, aunque es cierto que vivimos en un solo mundo, éste contiene tanto los fenómenos descritos por las ciencias naturales, la física o la química, como los conceptos derivados de la psicología, la sociología y la economía, de modo que la realidad social es construida socialmente y depende de los significados que le demos. Sin embargo, y ésta es la precisión básica, tales significados emergen a su vez del consenso logrado desde la interacción humana sobre la base de pretensiones de validez.1 Como los significados son construidos comunicativamente mediante la interacción entre personas, el énfasis recae en la interrelación social, en los acuerdos.

El dinero no es dinero al margen de lo que pensemos o hagamos con él (objetivismo); tampoco lo es por el significado que le damos (constructivismo); básicamente lo es porque la sociedad llegó a ese acuerdo, y dejará de serlo el día en que convengamos que así sea. Y el ejemplo se extiende a cualquier realidad social, como el matrimonio monogámico, el trabajo, la educación, etc.".2


En resumen, el principal aporte de la teoría comunicativa crítica es que la mirada sobre la realidad se construye intersubjetivamente a partir de los consensos que las personas generan a través del diálogo. Alrededor de esta idea se formulan otros planteamientos que la completan y que nos serán muy útiles para profundizar en las formas de construir ciudadanía que proponemos en esta Guía, a saber, que la comunicación impregna nuestras vidas, y cada vez más; que todas las personas somos capaces de lenguaje y de acción; y que la acción de las personas permite modificar el terreno cultural y social:


"Se parte de la capacidad de interpretación y autocomprensión que tienen los individuos y las sociedades. Yendo aún más allá: sólo se puede construir realidad a través de las definiciones que las personas se dan a sí mismas y a sus interacciones sociales. Ningún método puede proporcionar la comprensión detallada que se obtiene con el contacto directo; escuchando y recogiendo las opiniones y los relatos de las personas participantes e interpretando con ellas sus propios contextos. Todos somos actores sociales capaces de interpretar el sentido de nuestras acciones y de conocer las consecuencias sociales que éstas producen. Somos capaces de conocer nuestra propia realidad social y basar en este conocimiento nuestro proyecto de vida.

Nos resulta imposible no comunicarnos. Vivimos cada vez más en una realidad puramente social donde las relaciones entre naturaleza y cultura van incrementando su carácter social. El nuevo contexto de la sociedad de la información nos conduce a la posibilidad de estar comunicados en tiempo real a grandes distancias. Sin embargo, los beneficios de esta nueva sociedad no han alcanzado a todas las personas por igual, ya que las desigualdades se han instalado y, en algunos casos, incrementado. En una sociedad que cada día es más dialógica, desde nuestras propuestas metodológicas tenemos el objetivo de potenciar la capacidad de comunicación de los sectores más desfavorecidos o de los que padecen exclusión social. Sólo así, en el disfrute de los nuevos potenciales comunicativos de la sociedad se puede invertir la tendencia a la dualización social y las desigualdades.

Existe la capacidad universal de lenguaje y acción. Todas las personas somos capaces de lenguaje y acción. Estudios transculturales han demostrado que incluso las que viven en ambientes más guetizados o empobrecidos desarrollan en sus propios contextos capacidades cognitivas y habilidades comunicativas a través de la experiencia. Todas las personas poseemos por igual competencia lingüística y tenemos potencialidad para crear prácticas culturales que no han existido nunca hasta ahora. Quienes están excluidas pueden crear, mediante sus competencias lingüísticas, nuevas prácticas culturales capaces de superar su exclusión."3


Cuatro modelos de acción

¿Pero qué tipo de comunicación es la que coloca a las personas en el plano de igualdad necesario para alcanzar acuerdos participados por todas ellas?

Habermas elaboró un análisis sobre cuatro modelos de acción que se han venido manejando en el campo de la sociología mirando el papel que el lenguaje ocupa en cada una de ellas:


"En la acción teleológica una persona escoge los mejores medios para conseguir un fin [...]. El concepto central es la decisión entre alternativas de acción [...]. El lenguaje es concebido como un medio más para lograr el éxito [...]. Desde Aristóteles, el teleológico ha sido el concepto predominante de acción.

En una acción regulada por normas, [las personas] no son actores solitarios, sino miembros de un grupo que actúan de acuerdo con unos valores comunes [...]. El concepto central es la observancia de una norma que lleva al cumplimiento de expectativas generalizadas de comportamiento de acuerdo con los diferentes roles [...]. El lenguaje es aquí un medio de transmisión de los valores dominantes.

En la acción dramatúrgica intervienen participantes que se ponen en escena ante el público constituido por el resto [...]. El concepto central es la autoescenificación, que consiste en un comportamiento realizado de cara al público [...]. El lenguaje se convierte así en el medio donde tiene lugar la autoescenificación.

La acción comunicativa se refiere a una interacción en la que los sujetos capaces de lenguaje y acción entablan una relación interpersonal con medios verbales o no verbales [...]. El concepto central es la interpretación referida a la negociación de situaciones susceptibles de consenso [...]. El lenguaje ocupa un lugar fundamental como medio de entendimiento."4


Los cuatro modelos de acción no son excluyentes entre sí en una situación de habla. Las interacciones humanas son complejas y pueden llevar incorporados elementos de cada una de las cuatro acciones. Lo importante de esta clasificación es que la acción comunicativa también está presente en las interacciones humanas, es decir, es posible una comunicación orientada al entendimiento en situaciones susceptibles de consenso.

Cuando una interacción esta basada principalmente en la acción comunicativa podemos decir que se establece un diálogo que es igualitario porque "considera las diferentes aportaciones en función de la validez de sus argumentos, en lugar de valorarlas por las posiciones de poder de quienes las realizan. [...] Todas las personas construyen sus interpretaciones en base a los argumentos aportados. No hay nada que puedan dar por definitivamente concluido, al quedar las afirmaciones siempre pendientes de futuros cuestionamientos".5

La argumentación

Así pues, la argumentación es el eje que articula un proceso de diálogo igualitario. "La fuerza de una argumentación se mide en un contexto dado por la pertinencia de las razones. Ésta se pone de manifiesto, entre otras cosas, en si la argumentación es capaz de convencer a los participantes en un discurso, esto es, en si es capaz de motivarlos a la aceptación de la pretensión de validez en litigio".6

La actitud característica de los procesos de argumentación es la de quien "se muestra abierto a argumentos, [y una vez puestos sobre la mesa], o bien reconocerá la fuerza de esas razones o tratará de replicarlas".
7 Por el contrario, "si se muestra sordo a los argumentos, o ignorará las razones en contra, o las replicará con aserciones dogmáticas"8 entonces no estará adoptando la actitud que se necesita en un proceso orientado al entendimiento y a la cooperación en la búsqueda del mejor argumento.


Condiciones para el diálogo igualitario

Ahora bien, "lo que cuenta como buen o mal argumento es algo que, por supuesto, se puede poner en discusión. Por tanto la aceptabilidad racional de una emisión reposa en último término en razones conectadas con determinadas propiedades del mismo proceso de argumentación. Nombraré sólo las cuatro más importantes:
  1. Nadie que pueda hacer una aportación relevante puede ser excluido de la participación.
  2. A todos se les dan las mismas oportunidades de hacer sus aportaciones.
  3. Los participantes tienen que decir lo que opinan.
  4. La comunicación tiene que estar libre de coacciones tanto internas como externas, de modo que las tomas de posición con un sí o con un no ante las pretensiones de validez susceptibles de crítica únicamente sean motivadas por la fuerza de convicción de los mejores argumentos".9

Trascender los propios puntos de vista
Un proceso de diálogo igualitario nos obliga, como ya hemos dicho, a colocarnos en una posición de cooperación comunicativa, esto es, hacer que la confrontación se produzca entre los argumentos lanzados para defender o cuestionar las afirmaciones objeto de debate y no entre las personas que los emiten. La interacción no debe formularse en términos de confrontación personal puesto que eso llevaría a tomar como finalidad quedar por encima del resto de personas cercenando así las posibilidades de cooperación y entendimiento.

En la explicación de una de las mejores experiencias de escuela inclusiva en los Estados Unidos se muestran tres principios básicos que precisamente ponen el énfasis en esta cuestión:

"Hay tres principios básicos para la implementación del School Development Program:
  • Colaboración. Se da cuando cada miembro del equipo tiene voz y todos y todas respetan y escuchan esa voz.
  • Consenso. Las decisiones se toman por consenso. Se dejan aparte las sensaciones de ganador - perdedor. Los miembros del equipo han de trascender sus propios puntos de vista y así se pueden apoyar las decisiones del conjunto.
  • Resolver los problemas sin culpabilizar. Se acepta la responsabilidad pero no se pierde el tiempo echándose las culpas en cara porque mina la capacidad del equipo para trabajar cooperativamente".10
Por otra parte sabemos que en muchas ocasiones es harto difícil establecer una clara diferenciación entre una confrontación de argumentos y una confrontación personal. Existen numerosos condicionantes que lo dificultan. Uno de ellos es que las formas dominantes de entender el reconocimiento personal se basa en valorar positivamente a aquellas personas que son capaces de lograr sus fines, no estando tan valorado el hecho de que seamos capaces de orientarnos a la comprensión mutua y a la articulación de intereses comunes. Parece que cuando operamos de esta forma estamos renunciando a algo. Parece que trabajar para que el diálogo grupal sea fluido y de calidad no merece tanto reconocimiento como expresarnos en los términos de la 'alta cultura'. Ser reconocidos por 'lo bien que escuchamos', 'lo bien que preguntamos', 'lo bien que enlazamos las ideas de otros', 'lo dispuestos que estamos a que nuestras ideas sean criticadas" o 'lo bien que animamos a la participación de todos' no resulta tan atractivo como serlo por 'lo bien que hablamos', 'lo mucho que sabemos', 'lo listos que somos', 'lo bien que nos defendemos' o 'las veces que ganamos'. 

Pero al igual que la incorporación de maneras de reconocer al otro es algo que se aprende en la sociedad, también es posible aprender otras formas de reconocimiento que faciliten nuestra orientación hacia el diálogo en condiciones de igualdad.


Elementos que deberían ser objeto de acuerdo en un diálogo igualitario
Conviene que hagamos una referencia a aquellos elementos que deberían ser objeto de acuerdo en un diálogo igualitario entre personas que toman decisiones sobre aspectos que les afectan. Para explicarlo, vamos a establecer un eje con dos polos opuestos.

Una de las posiciones es el 'acuerdo en todo'. Bajo ese supuesto, a través del diálogo se establecen acuerdos en referencia al máximo de aspectos posibles vinculados al espacio compartido. De esta manera queda poco espacio para la diferencia. El problema básico de esta perspectiva es que implica la homogeneización de las personas. Distintas visiones del mundo tienden a converger alrededor de una única mirada globalizante.

En el otro extremo estaría el 'acuerdo en nada' que se basa en la idea de que no existe una opinión mejor que otra. Esto significa que no es posible alcanzar acuerdos cuando se produce una diferencia de opiniones o interpretaciones puesto que ningún argumento podría tener mayor validez que otro. Se imposibilita de esta forma la adquisición de las posiciones comunes que hacen factible la colaboración.

Parece evidente que la posición idónea es aquella en la que se adoptan acuerdos sobre algunas cosas y sobre muchas otras no. Esto permite respetar la diversidad de miradas sobre el mundo al mismo tiempo que se habilita la cooperación alrededor de un terreno común. Para que esto sea una realidad, uno de los acuerdos más importantes es, precisamente, el igual derecho a ser diferente. Y esto afecta directamente a las cuestiones relacionadas con lo estético, con el gusto, con la aplicación de los estándares de valor por los que cada persona haya optado, con los proyectos personales de vida, con la comprensión sobre qué es para cada persona una vida 'buena'. El terreno de los acuerdos ha de enmarcar más bien los elementos relacionados con la comprensión de la realidad que se comparte —el terreno común—, con la orientación de la acción colectiva y con la dimensión ética de las acciones que proponemos.

Consenso y disenso
En cualquier caso, una característica fundamental del diálogo igualitario consiste en que vale tanto el consenso como el disenso. El consenso es lo que permite adoptar acuerdos alrededor de las cuestiones que compartimos con el resto de personas. El disenso es lo que permite conseguir cada vez mejores acuerdos.

Desde la lógica del diálogo igualitario, cuando una afirmación que hemos dado por buena es sometida a crítica con nuevos argumentos quedan dos opciones: o bien encontramos argumentos que los superen —permitiéndonos así comprender y reforzar las razones que nos llevaron a darla por válida—; o bien no encontramos esos argumentos y nos vemos obligados a cambiar la afirmación por otra más válida.

De esta forma, evitamos que los acuerdos cristalicen y se vuelvan dogmas que pudieron tener sentido en el pasado pero que ahora bloquean nuestra adaptación a la realidad siempre cambiante. En ese sentido, podríamos decir que el disenso es el motor del diálogo.


Diálogo, diversidad e integración
Una concepción de la comunicación que se basa en la posibilidad para llegar a acuerdos respetando las diferencias entre las personas, que concibe a cada individuo como ser autónomo capaz de tomar sus propias decisiones, que se plantea en términos de conjunto y no de mayorías, y que tiene como requisito fundamental el que todos aquellos afectados por una decisión han de tener voz y que esa voz sea tenida en cuenta nos parece un instrumento idóneo para avanzar hacia una ciudadanía inclusiva en la que todos y todas caben y participan.




1
Cuando en un proceso de diálogo lanzamos una afirmación que creemos que es válida con la intención de comprobar si nuestros interlocutores consideran lo mismo o cuestionan la afirmación estamos dialogando con pretensiones de validez. Si, por el contrario, lanzamos una afirmación con la intención de imponerla, entonces estamos operando desde pretensiones de poder.

2 Jesús Gómez. Metodología comunicativa crítica. En Rafael Bisquerra. ‘Metodología de investigación educativa’. La Muralla. Madrid, 2004

3 Jesús Gómez. Obra citada.

4 Ramón Flecha. Compartiendo palabras. Paidós. Barcelona, 1977.

5 Ramón Flecha. Obra citada.

6
Jürgen Habermas. Teoría de la acción comunicativa. Vol I. Racionalidad de la acción y racionalización social. Taurus. Madrid, 1987.

7 Jürgen Habermas. Obra citada. (Citando a Stephen Toulmin y otros. An introduction to Reasoning. Macmillan. Nueva York, 1979)

8 Jürgen Habermas. Obra citada.

9 Jürgen Habermas. La inclusión del otro. Paidós. Barcelona, 1999.

10 Carmen Elboj, Ignasi Puigdellívol, Marta Soler y Rosa Valls. Comunidades de aprendizaje. Transformar la educación. Grao. Barcelona, 2005 (p 64:65)
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