15-M: altermundismo e identidad colectiva

15-M: altermundismo e identidad colectiva
Por Franco Casanga | En Lucha

En este artículo defenderemos la tesis de que el movimiento 15-M es un movimiento altermundista que posee elementos peculiares que no pueden ser comprendidos sólo en clave política como ocurre a menudo. Empezaremos señalando las principales características del movimiento altermundista (para muchos antiglobalización) para luego terminar repasando los aspectos particulares del movimiento 15-M.

Para Michael Löwy, el movimiento altermundista se componía de "3 momentos distintos, pero complementarios": la negatividad de la resistencia, las propuestas concretas y la utopía de otro mundo1. Su primera fase se caracteriza por el rechazo a las circunstancias existentes, la frase tantas veces escuchadas de "no sé que quiero, pero si sé lo que no quiero"; esta negatividad es más visceral que racional pues corresponde a un sentimiento de injusticia social, la principal motivación que impulsa a la acción.

El segundo momento conviene a las propuestas, "aparecen un conjunto de reivindicaciones que si no generan unanimidad son, al menos, mayoritariamente aceptadas y defendidas por el movimiento"2. Estas medidas van desde la abolición de la deuda al tercer mundo, la supresión de los paraísos fiscales, la equidad de género, hasta la defensa de lo público incluyendo el medioambiente3. En suma, se trata de propuestas totalmente aplicables, incluso, para algunos, conservadoras, pero que para el establischment resultan "imposibles". Ahora bien, como señala Löwy, esta medidas tienen carácter de transición que lleva en "última instancia, al replanteamiento del sistema en su conjunto".

Falta un tercer elemento, posiblemente el más polémico, la dimensión utópica del movimiento."Otro mundo es posible". Aquí aunque Löwy pretenda darle una perspectiva transformadora al movimiento altermundista y no sólo reformadora (correción de los excesos del capitalismo), hay que reconocer que la cuestión es más compleja de lo que parece. Si bien es cierto que el altermundismo como "movimiento de movimientos" aglutinaba entre sus fuerzas facciones anticapitalistas como la barcelonés Resistencia Anticapitalista o el Black Block, por mencionar algunos, sus caras más visibles como Susan George, presidenta de ATTAC, admitían que "no sabía muy bien que quería decir eso de derribar el capitalismo" a pesar de reconocer la actualidad de "la lucha de clases"4. Otros protagonistas del movimiento como las ONGs o agrupaciones ecologistas como Ecologistas en Acción dificilmente se plantearon posiciones más radicales que las de poner amarras disciplinarias a los mercados, a las instituciones internacionales y a los propios gobiernos.

Como sea, el periodo que va desde Seattle 1999 a las protestas contra la guerra en Irak 2003 en todo el mundo sin duda fue la fase de movilizaciones más fuerte desde los '60 y '70. Un indicador de ello son las numerosas represiones salvajes por parte de la policía5 durante todo este periodo. Ni siquiera los sucesos del 11-S y sus posteriores consecuencias geopolíticas logró menguar estas movilizaciones: 500 mil personas en Barcelona (2002), un millón en Florencia (2002), 100 mil asistentes en el Foro Social Mundial (2003), etc. La coordinación internacional de estas macroprotestas obtuvo un nivel que para nuestros días parece lejos todavía.

15-M: lo viejo y lo particular

¿Es tan original el movimiento 15-M? ¿Es algo que no tiene precedente? Si hacemos caso de lo dicho anteriormente, por supuesto que el 15-M encaja en la estructura de los movimientos altermundistas. La forma general de estos "movimientos de movimientos" es la coexistencia de multitud de colectivos no exentos de contradicciones, irreductibles a un discurso unitario o programático y que se proyecta en una amplia diversidad de acciones, prácticas e iniciativas. Seguramente cualquiera que haya ido de forma regular a las asambleas de ciudades o barrios del 15-M se habrá percatado fácilmente de esta dinámica. Como se ha dicho en otros análisis, "el rechazo a las organizaciones políticas por parte del 15-M refleja la alienación de grandes sectores de la población, particularmente los jóvenes, respecto al sistema político y su representados"6, tal como ocurría en los altermundistas.

La particularidad de un movimiento como el 15-M radica no tanto en sus formas (asambleas, horizontalidad organizativa, decisión consensual, etc) o contenidos (que van desde la reforma electoral a la autoorganización cooperativa a gran escala) como en el asentamiento identitario que ha sido capaz de crear entre sus militantes y simpatizantes. Quienes ponían todo el acento del potencial colectivo del 15-M en su inspiración revolucionaria ("Aquí como en Egipto", "Aquí comienza la revolución", "Nada será como antes"), hoy por hoy, han tenido que recular su optimismo ya que ese mismo potencial -unido a la espectacularidad del factor novedad- indefectiblemente ha decaído por razones subyacentes a su propio origen: masas de personas despolitizadas, desencantadas con la política oficial, que se reúnen para hacerse escuchar y hacer pública esa queja de malestar social. Aquellos colectivos más politizados -dígase izquierda revolucionaria- tenían parcial influencia o directamente eran coartados. Lo que devino luego en las poderosísimas marchas e iniciativas populares fue el efecto de hacer consciente esa voluntad de "cambio general de las cosas", pero sin tener un programa propositivo para ello.

El 15-M más que construir una resistencia de aplicación netamente política ha construido una identidad colectiva que busca una resistencia contra los efectos de la crisis y la gestión de los gobernantes. De allí que en sus comienzos se haya presentado confusamente como movimiento "apolítico", a favor de una reforma electoral, en defensa del estado de bienestar o contra la mercantilización de la vida; de allí que a 10 meses de su nacimiento se mantenga una exigencia de integridad ("no a los partidos, no a la representación y sin líderes") en gran parte de sus activistas. Su discurso reivindicativo raramente sale del marco nacional o europeo, a diferencia del altermundismo. Su lucha, su praxis política no corresponde a una praxis de clase trabajadora. Por lo tanto, pedirle a este movimiento un comportamiento de responsabilidad política en este sentido es un ejercicio de incomprensión, pues su joven identidad colectiva no corresponde a un lucha concreta sobre un aspecto concreto, es más bien difusa, líquida, repleta de ese buenísmo propio de la escuela utópica que no buscaba emancipar a una clase en particular, sino a la humanidad entera7. "Todo movimiento -escribe Berrington Moore- tiene que desarrollar un nuevo diagnóstico y un nuevo tratamiento para las formas de sufrimiento existentes, un diagnóstico y un tratamiento a través de los cuales se condene moralmente ese sufrimiento"8. Las acampadas fueron expresión de ese hastío y malestar, de un "marco de injusticia" oculto que muchas personas no podían expresar en ningún lado; después de la catarsis, el proceso hacia los barrios llevó a cabo su paralela batalla entre aquellos que querían seguir cambiando las cosas y los que querían seguir volcando su rabia o sufrimiento. De los cientos de miles de participantes quincemeístas que habían en los primeros meses de existencia, hoy aparentemente parecen ser unos pocos miles. Digo aparentemente, porque sería muy ingenuo pensar que detrás de ese trabajo local de asambleas no hay otros colectivos barriales (AAVVs, PAHs, etc.) que los apoyan estableciendo esporádicas alianzas vecinales. Sin olvidar la diversidad de asambleas existentes, cada cual con sus propios problemas, lo que parece claro es que cualquier análisis sólo en clave política del fenómeno15-M es insuficiente para comprenderlo.

Juan Carlos Monedero señaló en agosto del año pasado que el mayor peligro del 15-M "era caer en la melancolía. Querer dar respuesta en apenas unas semanas a un sistema que lleva cinco siglos desplegando sus tentáculos por cada rincón de la vida social por todo el planeta"9. No sé si será su mayor peligro, pero si es cierto que mucha de esta difusa ansiedad protestataria ha contagiado sectores ya politizados, ya sea en el buen camino de la reactivación de sus motivaciones ideológicas como en el peligroso de correr tras todo acontecimiento como si el acontecimiento fuera el fin en sí mismo de la motivación política, perdiendo la perspectiva de trabajo a largo plazo. Habrá que tener los ojos muy abiertos para que esto no nos ocurra también.

Franco Casanga es militante de En lucha.

http://enlucha.org/site/?q=node/17061


Notas

  1. Löwy, Michael, Negatividad y utopía del movimiento altermundista, en Revista Laberinto, nº23, 2007.
  2. Ibíd.
  3. Para una ampliación de estas propuestas, véase el libro Justicia Global. Las alternativas de los movimientos del Foro de Porto Alegre de Rafel Salazar (ed), Icaria, 2002. A pesar de los 10 años que nos separan, cabe destacar la actualidad no sólo de las propuestas, sino también, del diagnóstico de la situación internacional.
  4. Ibid., cap. ¿Qué hacer ahora?, pp. 347-356.
  5. En numerosas manifestaciones europeas la policía no tuvo reticencia en disparar munición real. El paroxismo llegará en Julio del 2001, cuando muere asesinado por un carabinieri (policía italiana) Carlo Giuliani, activista italiano de 23 años. Las cifras de heridos y torturados en comisarías llegaron a miles.
  6. Andy Durgan y Joel Sans, Ningú ens representa. El moviment 15M a l’Estat espanyol http://www.enlluita.org/site/?q=node/3962
  7. Engels, Friedrich, Del socialismo utópico al socialismo científico. Engels se referió con esas mismas palabras a los utopistas Fourier, Owen y Saint-Simon.
  8. Citado en Sidney Tarrow, El poder en movimiento. Los movimientos sociales, la acción colectiva y la política, Alianza Universidad, 1997, p. 215.
  9. La izquierda y el 15-M, en Sin Permiso, 01/08/11.

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