Marco Marchioni publica una reflexión sobre las concentraciones del 15m

La participación tiene que dejar de ser un elemento puramente decorativo como hasta ahora, para convertirse en un eje fundamental de la vida política, de las relaciones entre gobernantes y gobernados, entre administraciones y ciudadanía. Es bastante fácil afirmar que las graves e importantes cuestiones que tenemos que afrontar en los próximos años requieren esta nueva relación, esta nueva forma de la política (es decir, el arte del gobierno de la cosa pública), esta nueva vitalidad del sistema democrático.

Este mes de mayo 2011 va a pasar a la historia por el hecho de que en él han coincidido dos episodios cuyo análisis permite evidenciar unos elementos fundamentales para nuestro sistema democrático y para los planteamientos que siempre han inspirado nuestro trabajo.

Aun sabiendo que habrá que seguir reflexionando sobre estos acontecimientos, a voz de pronto me veo empujado a aportar algunas reflexiones.

No creo que tenga -en este momento al menos- alguna relevancia la coincidencia en el tiempo de estos dos acontecimientos, ni sus directas o indirectas relaciones. Creo que conviene hablar de ellos por separado y, luego, eventualmente, entrar en esas consideraciones. Pero creo que lo fundamental es analizar y comprender qué significa cada uno de estos acontecimientos y cuál es su relación con nuestros planteamientos.

Las manifestaciones de los ‘Indignados’ o de la ‘Puerta del Sol’, en primer lugar, expresan un rechazo a la concepción dominante de la política y de la manera de ser de los partidos políticos. Naturalmente no expresan alternativas claras ni propuestas definidas, sino manifiestan –de manera confusa, variada y muy diferenciada (no podría ser de otra forma por la extrema síntesis del mensaje)- malestar con la manera concreta de ejercitar el poder por parte del sistema de partidos y por el deterioro de la política, por su creciente descrédito en la opinión pública en general y en sectores, minoritarios y más ‘cultos’ políticamente, en particular.

Este malestar, soportable en época de crecimiento económico, de una cierta redistribución de la riqueza y de una cierta capacidad de gasto y de consumo para todo el mundo, se vuelve insoportable en la época de crisis que estamos viviendo, sobretodo también porque no se vislumbran claramente salidas efectivas de ella. Sin embargo, la crisis económica no debe ser asumida como la causante del malestar, sino sólo como un elemento más, aunque importante, de ello. Las causas del malestar van más allá de la crisis y así tienen que ser analizadas, interpretadas y comprendidas si se quiere realmente buscar soluciones y no simples apaños, esperando, como se ha hecho hasta ahora, que la salida de la crisis económica haga olvidar o haga desaparecer ese malestar.

Una lectura más atenta y más libre de lo que ocurre es que la manera de ser de los partidos políticos y de la política resulta totalmente inadecuada respecto a las necesidades sociales existentes y a los cambios sociales que se han producido en los últimos tiempos y que demuestran una realidad completamente nueva que requiere respuestas también nuevas y más adecuadas.

Los partidos políticos –ya sé que no se puede generalizar y que hay diferencias incluso sustanciales, pero en relación al tema que nos ocupa creo que lamentablemente se puede generalizar- se han revelado instrumentos obsoletos e incapaces de construir relaciones correctas con la ciudadanía. Los partidos se han transformado en máquinas de gestión del poder administrativo, gobiernan y toman decisiones que afectan a la ciudadanía sin contar con ella en ningún momento, hacen de la participación un elemento puramente decorativo y no esencial para sus relaciones y, por último, pero no menos importante, han renunciado a hacer pedagogía y a explicar a la ciudadanía sus programas, sus ideas y sus proyectos cara al futuro. Han renunciado a la ideología y sin ella sólo queda la gestión y los resultados materiales ‘vendibles’. Para ello mejor Berlusconi que sabe vender muy bien sus productos.

Si no hay planteamientos ideológicos, ideales, valores que defender y hacer reales, etc. la política desciende al nivel de pura gestión; los programas pierden sentido y se transforman en listado de cosas a conseguir, a prometer, a ‘vender’... Si los partidos dejan de contribuir a explicar el porqué de las cosas, las causas y consecuencias de los problemas, las vías para salir de la crisis… si renuncian a todo esto y lo sustituyen con propaganda, es normal que frente a las dificultades la ciudadanía se sienta alienada y busque soluciones alternativas, las que sean.

En términos generales, los partidos han perdido su relación dialógica y directa con sus propios electores en particular y con la ciudadanía en general y creen comprender lo que pasa a través del uso indiscriminado de las encuestas. Ya no se relacionan con la gente, no la escuchan, sino la estudian con las encuestas y extrapolan sus resultados parciales para organizar sus campañas de proselitismo. Han renunciado así a lo fundamental de la política: construir relaciones y vínculos de colaboración, de unión, asociación, solidaridad, etc. etc. según su propio ideario.

Naturalmente esta pérdida de relaciones afecta más y más duramente a aquellos partidos cuyos orígenes y cuya existencia se basaba justamente en su capacidad de relacionarse con las masas y con sus necesidades generales. Afectan menos a quien basaba las relaciones en la gestión del poder.

En particular y bajando al concreto de las últimas elecciones creo que se puede afirmar que uno de los elementos más importantes que han contribuido a la derrota del PSOE es que este partido ha renunciado a representar los intereses generales (que constituyen la última defensa de los sectores sociales más ‘débiles y precarios’) para relacionarse por separado con los diferentes gremios o los diferentes intereses locales (aunque revestidos de altisonantes lenguaje nacionalista). Con el abandono de los intereses generales ha
entregado esta antorcha a otro partido.

La tercera opción, como decíamos, por varios motivos no podía representar realmente una alternativa general. El sistema electoral de hecho es un sistema bipolar, por lo menos a nivel político general y no permite grandes opciones de cambio: o uno u otro partido estatal. La ley electoral penaliza extraordinariamente una tercera fuerza que podría jugar un cierto papel de bisagra y de mediación. Localmente existen más opciones, pero no adquieren el espesor estatal que se necesitaría.

Lo que pasaba en la Puerta del Sol –y, de manera más suave en muchas otras plazas de muchas ciudades españolas- no era más que la expresión de este malestar con relación al mundo de la llamada política y de los partidos. En ningún momento las manifestaciones han estado planteando una alternativa global al sistema existente, sino su mejora, su integración y su adaptación a las necesidades de la nueva realidad social existente. Es evidente, por ejemplo, que prácticamente las manifestaciones no han influido en las votaciones, ni siquiera en términos cuantitativamente significativos en el voto nulo, en la abstención o en el voto en blanco. La crítica y los planteamientos incluían de manera asistemática y genéricamente la necesidad de volver a plantearse de otra forma muchas cosas –instrumentos, organizaciones, etc.- que están quedando obsoletas, insuficientes o inadecuadas frente a los cambios socioeconómicos que se han producido. Seguimos afrontando la realidad como si ésta siguiera igual a la que era hace sólo unas pocas décadas. No queremos asumir que en estas pocas décadas el mundo a nuestro alrededor ha cambiado y que los viejos instrumentos ya no están a la altura de la situación.

El capital ha realizado una profunda reconversión –podría ser más adecuado utilizar el término de ‘revolución’ que siempre hemos aplicado a la ideología alternativa al capital- y ha determinado un nuevo marco de las relaciones laborales y de las relaciones con los partidos, sindicatos y organizaciones sociales que se han identificado históricamente con las luchas y las reivindicaciones obreras. El centro de la lucha ya no está en la fábrica sino en el capital financiero; ya no está en la vieja Europa y en los Estados Unidos, sino en el planeta y en la Aldea Global; y quien lleva la hegemonía –en términos gramscianos- en el frente capitalista es el capital financiero y no el capital productivo. Estos cambios sumados a los demográficos, a los nuevos flujos migratorios, a la aparición de nuevas potencias económicas y financieras (en manera particular, la China comunista ¡que contradicciones!) repercuten directamente en nuestra realidad y nuestras antiguas seguridades se esfuman, desaparecen, y en su sustitución aparecen los fantasmas del paro, de la precariedad laboral, de la no seguridad cara al futuro. 

Esta nueva realidad requiere por lo tanto cambios profundos que podemos reseñar sintéticamente en:
- Una profunda democratización de los partidos políticos tanto en su vida interna como en sus manifestaciones y relaciones externas.
- Una profunda revisión y modificación de las leyes electorales que hagan real el principio “una persona, un voto”, aun teniendo en cuenta necesarios reequilibrios territoriales.
- Hacer de la participación consciente e informada de la ciudadanía un elemento básico y fundamental de la vida política y de la democracia, introduciendo mecanismos de democracia participativa como integración cualitativa de la democracia representativa que va a seguir siendo fundamental y no sustituible. Estos proyectos de incremento de la participación deberían extenderse desde los ámbitos locales (municipios) hasta los ámbitos estatales y hacer de la ciudadanía un elemento activo, proactivo y fundamental y no simple destinatario de las decisiones políticas de las administraciones y de los partidos.
- Las críticas de la plazas españolas incluye también otros ámbitos de la vida social y política como, por ejemplo, el ámbito sindical que también se verá obligado a repensar su papel y su manera de ser en la nueva realidad económica y social, frente a los procesos de desindustrialización y de precarización de las relaciones laborales, etc.. Por ejemplo, la conquista histórica de los liberados sindicales ha ido convirtiéndose en muchos casos en áreas de privilegios de unas pocas personas.

En resumidas cuentas, en la Puerta del Sol había mucha con-fusión: de lenguaje, de planteamientos, de ideología o trozos de ella, pero no había una contraposición general al sistema existente. Sí una dura crítica a cómo se gestiona este sistema por parte principalmente de los partidos (pero, cuidado, no sólo de ellos) identificados como principales responsables. Y dentro de los partidos inevitablemente al del Gobierno, el que
más expectativas había levantado y el que, naturalmente, más desilusiones ha producido.

Pero la crítica y las demandas iban dirigidas más en general a todo el mundo que, de una manera u otra, ha ejercitado y ejerce el poder, una parte de él o ha tenida algún tipo de responsabilidad en la situación existente definida de alguna manera como inadecuada, insuficiente, negativa y/o insoportable para muchos. Sin embargo se equivocaría mucho el partido que ha salido victorioso de las elecciones si pensara que esta crítica no iba con él y sólo estaba dirigida al partido de gobierno. Grave error sería y seguramente pagaría muy pronto las consecuencias del mismo.

El otro elemento con-fundido en la protesta y en las manifestaciones de la Puerta del Sol es que ésta ha tenido lugar en Madrid, ya que la capital del Estado concentra y representa, más y mejor que cualquier otra, la universalidad y la generalidad de la misma y su carácter reivindicativo, no corporativo, no gremial, no particular. Es éste un elemento muy importante de lo que ha ocurrido: la protesta identifica los intereses generales, aunque inevitablemente no puede representarlos de manera unívoca y, por lo tanto, con capacidad política. Pero sí es importante resaltar que la protesta no puede ser adscrita a intereses particulares o no era expresión de intereses particulares. Por ello, estas manifestaciones no podían haber nacido en Barcelona, como hubiera ocurrido hace veinte años, porque esta ciudad –y sus organizaciones sociales, políticas, etc.- han sido presa del reivindicacionismo de intereses particulares (los nacionalistas) aunque camuflados con grandes declaraciones generales.

La Puerta del Sol ha gritado que basta de gremialismos –de los bancos o de los controladores de vuelo,...- a los que el Estado –que tendría que garantizar una efectiva paridad de oportunidades y la universalidad de los derechos y de los deberes- concede beneficios y privilegios particulares a expensas de la defensa y el desarrollo de los intereses generales.

Por último, las personas tan diferentes reunidas en las plazas están pidiendo a gritos que quieran ser tenidas en cuenta, que quieren que se cuente con ellas. No quieren decidir, van a votar y están a favor de las votaciones, pero quieren que su participación no se limite al voto, una vez cada cuatro años. Las manifestaciones indican claramente que hay que avanzar decididamente en el camino de la democracia participativa como elemento de integración, desarrollo, profundización y mejora de la democracia representativa –como hemos dicho, muy manifiestamente mejorable- como el camino absolutamente necesario frente a la crisis, a las nuevas realidades y a la necesidad de aportar cambios sustanciales a los instrumentos y a la manera de funcionar de nuestro sistema.

Avanzar en el camino de la democracia participativa significa multiplicar los espacios y los órganos de participación de la ciudadanía, definiendo métodos democráticos - fundamentalmente de escucha, de consulta, de propuesta, nunca decisionales- competencias efectivas, reglamentos,... es decir, configurando un sistema y un contexto de derechos efectivos, no de ‘graciosas concesiones’.

La participación tiene que dejar de ser un elemento puramente decorativo como hasta ahora, para convertirse en un eje fundamental de la vida política, de las relaciones entre gobernantes y gobernados, entre administraciones y ciudadanía. Es bastante fácil afirmar que las graves e importantes cuestiones que tenemos que afrontar en los próximos años requieren esta nueva relación, esta nueva forma de la política (es decir, el arte del gobierno de la cosa pública), esta nueva vitalidad del sistema democrático.

Marco Marchioni, 24 de mayo de 2011

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