Hope League. Una liga de fútbol infantil para no volver a la guerra en Siria: “Queremos que nuestros niños vuelvan a vivir unidos sin divisiones religiosas ni étnicas”

Patricia Simón - Raqa, Kobane, Tiberspiye, Hasaka (Siria) - 17 JUL 2026 - El País. El proyecto The Hope League reúne a menores kurdos, árabes y cristianos, incluidos hijos de antiguos miembros del Estado Islámico, para reconstruir la convivencia tras años de conflicto


Una mujer cubierta completamente de negro, con un niqab por el que apenas se le ven los ojos, observa el partido de fútbol mientras conversa con otras mujeres, algunas con largas melenas al aire y otras con velos coloridos cubriéndoles la cabeza. Alrededor hay decenas de edificios derruidos y el estadio municipal de Raqa, el recinto que el Estado Islámico convirtió en un centro de detención, tortura y exterminio entre 2014 y 2017, cuando declaró esta ciudad del norte de Siria una de las capitales de su autoproclamado califato.

Ahora, estas mujeres llevan semanalmente a sus niños y niñas a una cancha cercana para que jueguen juntos y no terminen como ellas, enfrentadas por los casi 14 años de guerra que arrasaron con la convivencia en Siria. Se trata del proyecto The Hope League (La Liga de la Esperanza, en castellano), puesto en marcha hace casi un año por la ONG catalana NOVACT, para que niños, niñas y padres kurdos, musulmanes, cristianos y de diversas comunidades étnicas y religiosas supervivientes de la guerra aprendan a confiar en los demás de nuevo.

Redab al Hasan, madre de dos niños que asisten al proyecto, explica que pese a que ha pasado casi una década desde la expulsión del Estado Islámico de Raqa, aún hay temor. “Fuera de este entorno, me daría miedo acercarme a las madres del Estado Islámico. Pero aquí tenemos relación con ellas y, además, es buena. También nos hemos hecho amigos de familias kurdas, vamos a sus casas para que los niños jueguen y estudien juntos. Mi hija está aprendiendo palabras kurdas con su amiga, con la que se envían canciones. Queremos que nuestros niños vuelvan a vivir unidos como sirios, sin dividirse por religiones o identidades étnicas”, afirma.

Más de 1.300 niños y más de 150 padres y madres participan de las actividades que The Hope League desarrolla en cuatro ciudades sirias y en Erbil y Suleimaniya, en el Kurdistán iraquí, a través de la ONG kurda Doz y el trabajo de NOVACT en colaboración con la Fundación Barça y la Escola de Fútbol de Oleguer Presas La Caserna.

Louai al Qadban, uno de los instructores de este proyecto, explica que en la liga los adultos han encontrado un lugar en el que saben que sus hijos pueden jugar de forma segura. “Y como nuestra metodología establece que los padres y madres tienen que implicarse, pues también ellos hacen relaciones con personas con las que difícilmente podrían coincidir fuera de este recinto”, agrega.

Siria es uno de los países con mayor diversidad étnica, religiosa y cultural. Una riqueza que el régimen de Bachar el Asad, que cayó en 2024, y los actores que convirtieron la guerra de Siria en un conflicto internacional instrumentalizaron para enfrentar a su población. También en el noreste del país, donde pese a que las fuerzas kurdas declararon en 2012 la Administración Autónoma Democrática del Norte y Este de Siria, los árabes, kurdos y cristianos, se vieron arrastrados por la guerra tras siglos de convivencia. Para reconstruir los vínculos entre las distintas comunidades, los instructores de The Hope League recibieron una primera formación de Oleguer Presas, exjugador del FC Barcelona, en la que les enseñaba técnicas para educar en la cooperación y en la resolución de conflictos a través del juego.

“Cuando comenzamos con las actividades, había padres que no querían enviar a sus hijas porque nuestros equipos son mixtos. Pero a medida que vieron el trabajo que hacemos, las inscribieron. Por otra parte, las mujeres que vienen del campo de detención de Al Hol no querían relacionarse con hombres y sus niños no querían jugar con niñas. Pero este año hemos conseguido que hagan ambas cosas”, cuenta Al Qadban mientras medio centenar de niños de entre 8 y 15 años corren felices tras el balón y sus progenitores conversan en la sombra, refugiados del sol veraniego.


Entre ellas se encuentra Hanan (nombre ficticio), quien hasta hace un año vivía en Al Hol, el campo de detención en el que las milicias kurdo-árabes, apoyadas por Estados Unidos, encerraron a las familias de los combatientes de Estado Islámico tras derrotarlos. En 2019, llegó a albergar a más de 73.000 mujeres, niños y niñas. En febrero de 2026, durante el traspaso de poder de las fuerzas kurdas al Gobierno de Ahmed al Shara, al menos 16.000 presos huyeron. Para entonces, Hanan y sus dos hijos ya llevaban meses en libertad mediante un programa internacional de reinserción.

“Cuando entré en Al Hol tenía un hijo con nueve meses y el otro nació allí. Cuando salimos no sabían qué era una puerta o un coche. La primera vez que Omar vio un árbol, ya en Raqa, lo abrazó y dijo que se lo iba a llevar a casa. En Al Hol no había ni una hierba. El campo era el infierno”, cuenta emocionada Hanan.

Tanto ella como los instructores de The Hope League coinciden en que los menores procedentes de Al Hol necesitan un fuerte apoyo tras haber sobrevivido a la violencia extrema que dominaba la vida diaria del campo, donde las yihadistas habían impuesto una especie de califato matriarcal en el que eran habituales las ejecuciones ―incluidas las de menores―, y donde la falta de derechos era absoluta: no tenían ni escuelas, ni recursos de protección y la única clínica permanente la gestionaba Médicos Sin Fronteras.

“Cuando salimos en libertad me di cuenta de que mis hijos tenían mucha agresividad dentro, estaban siempre enfadados. Y no querían relacionarse con otros niños. Ahora, gracias a las entrenadoras están más tranquilos, confían más en los demás y están aprendiendo a relacionarse”, asegura Hanan, quien dice que volvió a Raqa porque es donde murió su marido y donde reside su familia política. Sobrevive de lavar ropa en la habitación en la que vive con sus dos hijos a las afueras de Raqa. “Yo también he encontrado en este proyecto un lugar en el que me siento segura. Pero fuera de aquí, sé que la gente me sigue teniendo miedo”, lamenta.

A menos de 100 metros de donde juegan ahora despreocupadamente los niños, se pueden palpar los resquicios del estado de terror que implantó el Estado Islámico en Siria. A través de un agujero abierto en un lateral del estadio de Raqa, hay un sótano, donde un largo pasillo da acceso a las decenas de celdas en las que cientos de hombres fueron mutilados, torturados, asesinados y desaparecidos. Habían sido acusados por los fundamentalistas de fumar, beber alcohol, ser homosexuales o, sencillamente, para recordar a quienes seguían libres que su supervivencia dependía de su total sometimiento a sus órdenes.

Laia al Shamaly tiene 14 años y aunque lo que más le atrae del proyecto es practicar su deporte favorito, no le pasa desapercibido el verdadero objetivo. “Los entrenadores nos enseñan a solucionar los malos entendidos, a no enfadarnos, a no hacer daño a los otros jugadores y a entender que lo importante son nuestras relaciones personales”, detalla. Al Muntaser Billah Fahmi, padre de otra de las jugadoras, apunta que “antes de la guerra, crecíamos con la idea de que ‘este es árabe’, ‘yo kurdo’, ‘el otro cristiano’, ‘ese islamista’. Con este proyecto, estamos decididos a que nuestros hijos crezcan creyendo en la unidad del pueblo sirio”.

El presidente Al Shara, exlíder de la rama siria de Al Qaeda, de la que se desvinculó en 2016, y de las HTS, la coalición de milicias islamistas que derrocó al régimen de El Asad a finales de 2024, ha insistido en sus declaraciones públicas en que promoverá un país que respete su diversidad y que proteja los derechos de las minorías. Sin embargo, sigue sin adoptar reformas institucionales que garanticen su integración política y aún no ha dirimido responsabilidades por las masacres cometidas por fuerzas progubernamentales que acabaron con la vida de más de 1.000 alauitas y más de 100 drusos en 2025, entre otras ejecuciones extrajudiciales. Entre la población kurda, al temor a ataques por parte de grupos islamistas, especialmente de miembros del Estado Islámico, se suma la continuidad de los cometidos por Turquía en las poblaciones fronterizas.

“Durante la guerra teníamos miedo de los vecinos. Nos encerrábamos en casa, echábamos la llave y no podíamos dormir temiendo que vinieran a por nosotros. Y seguro que ellos temían que nosotros les pudiéramos hacer lo mismo”, relata Salma Ali, entrenadora de The Hope League en Tiperspiye, una ciudad habitada por kurdos, asirios y árabes.

“Es habitual que los niños se peleen por el fútbol y que, rápidamente, se griten cosas como ‘¡este árabe no me pasa el balón!’ y viceversa. Nuestro trabajo es crear relaciones de amistad en una sociedad tan diversa y tan fragmentada como la nuestra, así como crear estrategias para que vengan y terminen siendo parte de la iniciativa. Por eso, creamos un equipo de niñas y ahora ya se relacionan con todos”, celebra la también profesora de arte vestida con ropa deportiva y gorra.


En un lateral del estadio, les anima Yasmine, madre y tía de varios jugadores. Explica que, a causa de la guerra, su sobrina había empezado a temer a los árabes. Por ello, añade, “le hemos tenido que hacer entender que no todos son malos”. Y aunque se esfuerza por confiar en que puedan vivir en paz, reconoce que saben que la guerra puede volver “en cualquier momento”.

Heridas psicológicas

“Tras sobrevivir a la guerra contra el Estado Islámico, llegaron los bombardeos turcos y destruyeron nuestra casa y nuestro coche. Mis hijos siguen llorando cuando duermen, tiemblan cada vez que escuchan un golpe fuerte. Como padre me siento fatal porque no puedo hacerles sentirse seguros”, afirma Mhamed Mustafa, padre de un crío de 10 años que parece cabalgar sobre el balón. “Necesitamos apoyo psicológico porque llevamos años escuchando los combates, los bombardeos y sintiendo que podemos morir en cualquier momento. Muchos de nuestros hijos tienen síndrome postraumático. Así que esta actividad que reúne a kurdos y árabes es sanadora y el primer paso para construir paz y seguridad”, concluye en una pequeña cancha a las afueras de Kobane, donde el Estado Islámico cometió graves masacres contra la población civil kurda. En su cementerio, la visión de las casi 1.300 tumbas de mujeres y hombres kurdos muertos durante los combates se pierde en el horizonte. A ellos se les suman las víctimas de los ataques de Turquía, que sigue asediándoles con drones.

Farah Khaled Muhamad tiene 14 años y recuerda que durante la guerra se quedaron sin sanidad, electricidad, agua, medicinas ni educación. Ahora, sueña con mudarse al extranjero para convertirse en una futbolista profesional. Y también, para sentirse a salvo. “No duermo tranquila, temo que en cualquier momento un dron nos ataque”, afirma. A unos cientos de metros, se encuentra el mercado de Kobane, cubierto con placas metálicas desde febrero de 2025, después de que una bomba acabase con la vida de una docena de personas e hiriese a otra veintena.

A unos metros, la escucha con atención Midia Ahmed Musleh, entrenadora. “Mi hija me preguntó por qué no nos morimos y dejamos de sufrir. Me dice que si no puede ir al colegio, ni jugar en la calle con sus amigos, ni visitar a nuestros familiares, para qué seguimos viviendo. Me dejó rota. Le dije que algún día la guerra acabará, pero ella me dijo que no, que yo siempre estoy temiendo que nos maten. No son solo las bombas las que están destruyendo a nuestros hijos. También es la guerra psicológica”, denuncia esta exprofesora que agradece poder trabajar ahora enseñando a la infancia siria a convivir porque, insiste, “es lo único que le ayuda a mantener la esperanza”.

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