Julia Amigo | Pikara Magazine. Las mujeres usamos muchas menos palabras que los hombres en el espacio público y en contextos académicos, políticos y laborales. Estas diferencias, tal como señala Rebecca Solnit en su ya célebre ensayo ‘Los hombres me explican cosas’, se deben a dos claves que actúan conjuntamente: por un lado, las voces dominantes de los hombres y, por otro, el silenciamiento de las voces de las mujeres.
En ocasiones me imagino a Eva y Adán en el paraíso. No hay ruido alguno, tan solo sonidos de la naturaleza; no hay lenguaje, tan solo cuerpos que se dicen sin pronunciar palabra alguna. Pero un día algo cambia: Adán se despierta y descubre que su lengua sirve para algo más que para dar placer a Eva: ahora habla. Eva también descubre el poder de las palabras, pero ella parece más cauta, no quisiera gastarlas todas de golpe. Desde ese día, los paseos que otrora estuvieran llenos de cantos de pájaro, hojas siendo mecidas por la suave lluvia y gemidos de placer generados por sus cuerpos amantes son llenados con eternos soliloquios de Adán. Eva comparte sus pensares, pero no usa la imposición; sigue disfrutando de largos periodos de silencio. Adán toma carrerilla, ya no hay quien lo pare, habla día y noche, incluso dormido, se inventa historias, engrandece las mismas cosas que Eva ha vivido con él. Convierte en epopeya su primera deposición mañanera, el regusto que deja en su boca la uva, el placer de la eyaculación. Eva empieza a hartarse, echa de menos el silencio de antes. ¿Dónde quedan aquellos bellos paseos donde las manos se hablaban y la idea de la muerte como destino de toda vida los imbuía de una especial sensibilidad ante todo lo vivo? Una mañana, tras una discusión, Adán se pone bravo: “Eva, guapa, es que parece que no lo sabes, pero si algo es claro es que vamos a morir todos”. Esa misma mañana, Eva, hastiada de sus perogrulladas, cansada de sus monólogos, muerde la manzana, intentando escapar de su pedantería y conectar con aquella fuerza anterior a la palabra que ponía en comunión a todas las cosas vivas.
La Biblia dice que Eva muerde la fruta prohibida para ser como dios, para distinguir el bien del mal y adquirir conocimiento y autonomía. Yo, sin negar todo eso, añadiré que también la muerde porque está hasta el moño de Adán, el aplicado amante que terminó convertido en verborreico insoportable. El pecado original, femenino, fue una hábil estrategia de ella para salir del paraíso y poder librarse de un plasta considerable. Eva, lo suficientemente sabia, no necesitaba de ningún dios para adquirir conocimientos, lo que necesitaba era un pasaporte que la enviara bien lejos de aquel paraíso podrido donde su única compañía humana era un tío cis blanco con un ego descomunal que aplastaba su pensamiento, su sentir y su propia creación con caudales inconmensurables de su propia diarrea mental. Aunque esta versión no aparece recogida en ningún evangelio, me parece del todo plausible: ¿qué mujer no se ha enfrentado nunca a un chapas?
La verborrea, ese mal ¿masculino?
La verborrea se define como la verbosidad excesiva. Algunos de sus sinónimos son la locuacidad o la labia. Se trata de un término despectivo, de hecho, en esferas políticas o jurídicas, se define como un uso de la lengua que busca desviar la atención u opacar el discurso para alejarlo de la claridad, no para comunicar, sino para ocultar.
Ese discurso vacuo, según la Real Academia Española, es “el runrún, el blablablá, el ‘lenguaje de madera’. Suele consistir en una sarta de palabras, fórmulas estereotipadas, lugares comunes, términos biensonantes y abstractos, giros de cierta complejidad, principios básicos, tautologías, metáforas populares, etc”. Curioso que sea precisamente la RAE, reino de lo macho por excelencia, la encargada de realizar estas aclaraciones sobre un mal, la verborrea, del que estoy segura que adolecen muchos de sus miembros.
Un best seller de autoayuda, con el terrible título Por qué los hombres no escuchan y las mujeres no entienden los mapas, consiguió extender la idea de que las mujeres hablan mucho más que los hombres. Popularmente, somos consideradas parlanchinas y chismosas, y el autor del texto decidió biologizar el estereotipo para convertirlo en ciencia. Análisis posteriores han venido a desmentir los presupuestos sesgados de ese libro que tanto gustó a los medios -caramelito envenenado-, que difundieron sus resultados en masa, aunque nadie supiera muy bien de dónde salían esos datos.
Investigaciones más serias han constatado que las diferencias en el uso de palabras no son tan grandes. Cuando se ha analizado la cantidad de palabras que pronuncian las mujeres y los hombres a lo largo del día, se ha observado que ambos usan un promedio de dieciséis mil. Sin embargo, dependiendo del contexto donde se desenvuelvan dicen más o menos. Y, para sorpresa de nadie, las mujeres usamos muchas menos en el espacio público y en contextos académicos, políticos y laborales. Estas diferencias, tal como señala Rebecca Solnit en su ya célebre ensayo Los hombres me explican cosas, se deben a dos claves que actúan conjuntamente: por un lado, las voces dominantes de los hombres y, por otro, el silenciamiento de las voces de las mujeres.
¿Me dejas hablar?
Un meme popular en redes reproduce este diálogo entre un hombre cis y una mujer:
Empieza él:
-Aló
Sigue ella:
-¿Quién habla?
-Delivery de mansplaining
-Yo no pedí nada
-Sí, así funciona
Han surgido, en los últimos años, varias palabras que hacen referencia a cómo los hombres acaparan espacios, físicos y simbólicos, con su presencia y arrogancia. Así, a nuestro vocabulario llegaron mansplaining (cuando un hombre nos explica algo de manera paternalista y, en la mayoría de las ocasiones, sin que se lo hayamos pedido), manterrupting (la fea costumbre de interrumpirnos constantemente, en un intento magnánimo de controlar las conversaciones), manspreading (la apertura exagerada de piernas en posición sentada, aplastando y sobando todo lo que encuentran a su paso) o monologue (la tendencia al monólogo, el soliloquio soporífero, cercenando la posibilidad de un intercambio conversacional real).
Hay demasiados hombres que silencian nuestras experiencias y discursos con gruesas capas de sus propias verborreas
Letizia Ortiz, hace años y durante el anuncio oficial de su compromiso con el entonces príncipe Felipe de Borbón, le espetó un sonado “Déjame terminar” seguido de un “Déjame hablar a mí”. Ortiz, periodista con tablas, detuvo a su por entonces prometido, quien no la dejaba terminar de hablar. A mí aquello me entró muy bien, ser testigo de cómo una mujer que yo hasta ese momento no conocía mandaba callar a un hijo de la monarquía. Y, aunque mi idilio con la real pareja comenzó y terminó ahí, los ecos de aquella reacción de Letizia siguen resultando tan poderosos hoy como aquel día. Sigue habiendo demasiados hombres, con poder o sin él, que silencian nuestras experiencias y discursos con gruesas capas de sus propias verborreas.
En grupos de discusión, por usar un ejemplo con base en mi experiencia como antropóloga, resulta llamativo cómo, incluso cuando ellos son minoría frente a una mayoría aplastante de mujeres, la cantidad de palabras pronunciadas por los hombres es muy superior. En una ocasión, uno de ellos no solo hablaba por los codos, sino que obviaba las preguntas de la moderadora, sacando a colación los temas en los que él quería lucirse aunque no tuvieran relación con la pregunta planteada, e interrumpía continuamente a las mujeres que intentaban hablar después de él, sobre todo si pretendían rebatir o matizar sus afirmaciones.
Demasiado a menudo el mundo suena en masculino, y lo que yo desearía es una nueva retórica de lo no macho
Me resultaba indignante, mientras transcribía aquellos grupos, ser testigo de esas realidades. La voz de él sonaba como una hoz que iba segando todo lo que crecía fuera de su tono. Siempre conseguía imponerse, asfixiando los argumentos de sus compañeras para, a continuación, quedarse en blanco: esto demostraba que su interés no yacía en hablar sino en estrangular el discurso de las mujeres que lo rodeaban. Demasiado a menudo el mundo suena en masculino, y lo que yo desearía es una nueva retórica de lo no macho, todo lo que siempre ha permanecido aplastado, silenciado, mudo, ante la incontestable verborrea de los hombres.
Solnit destaca, en el ensayo citado, que los hombres nos asignan en ocasiones roles de ingenuas. Nos tratan como si realmente tuvieran que explicarnos las cosas porque no las sabemos. Podemos ser especialistas en el escarabajo pelotero y sus particularísimos mecanismos de reproducción, que siempre habrá un macho dispuesto a contarnos lo que ÉL sabe de dicho bicho. Se muestran fanfarrones incluso en temas que no controlan, y entonces quedan en ridículo, aunque raramente nos atrevamos a señalarles sus sandeces.
Apuntes (urgentes) para el escape
En un artículo en la sección de ciencia de un periódico leí un titular que decía: ‘Las ranas hembras europeas fingen su muerte para evitar a los machos no deseados’. Me pareció que la naturaleza nos saca ventaja en lo que a gestión de las desigualdades de género se refiere. Una rana haciéndose la muerta para que el macho pesado la deje en paz me pareció una estrategia indiscutible. Y aquello me inspiró a pensar que, como disponemos de tres días y medio para disfrutar en la Tierra, lo suyo sería usar estrategias similares para salvarnos de los tíos plastas. Basta de educar, basta de ser condescendientes: a situaciones desesperadas, medidas extremas. No quiero continuar sin antes destacar la mejor opción frente a un chapas: escaparse, huir, hacer una bomba de humo monumental, dejarle ahí, con su discurso interminable rellenando el aire, que se aligera mientras tú te alejas.
Creo que muchos de los hombres que no dejan hablar a las mujeres son víctimas de su propio ego, ese descomunal peso sobre sus hombros que les impide aprender
Frente a estos hombres, las personas cuir y las mujeres tenemos varias opciones aparte de la huida. La primera sería -aunque te recomiendo recurrir a este método solo si sientes afecto por el hombre en cuestión- señalarle que está acaparando la conversación y pedirle que te deje hueco, que se calle y, si le apetece, que te cuente a qué se debe tremendo robo del espacio-tiempo. La segunda -que es muy gustosa de usar sobre todo si quien tenemos delante no nos importa demasiado- consiste en soltar una bomba. En una ocasión tuve una cita Tinder fatídica (usar Tinder siendo una transfeminista bisexual puede ser toda una gincana emocional) en que el tipo se pasó una hora de reloj hablando sin parar. Cuando me preguntó qué hacía, le dije que cursaba un máster en estudios de género y trabajaba dando talleres de educación sexual. A continuación, se dedicó a contarme TODO sobre la segunda ola del feminismo. “Aunque bueno no controlo mucho tampoco”, llegó a espetarme. Pasado un rato, en un microsegundo de silencio, conseguí introducir mi daga discursiva y le dije: “Mira, llevas hablando toda la noche, yo voy por la segunda cerveza y no quiero tomarme una tercera, no he venido a esta cita a escucharte hablar sin parar, además, de un tema en el que llevo años formándome. No me has hecho una sola pregunta, y me estás dando una clase magistral sobre la segunda ola. Esta misma mañana asistí a una clase de una pedazo de experta en el tema. Así que, tú verás, o conversamos, o me piro a casa”. Se puso rojo, pero, aún así, no fue capaz de parar de hablar. Al despedirnos, me soltó: “Bueno, ahora un besito, ¿no?”. Sonreí y le dije que me iba a dormir. Evidentemente, no volvimos a vernos, pero aquella noche de lanzamiento de cuchillos invisibles se sintió para mí como una victoria.
Fantaseo con un mundo donde los hombres callen más que hablen
Estoy segura de que varios hombres cis con los que he tratado los últimos meses se revolverán al leer esto. Ellos han sepultado mis palabras, mis intentos de expresar lo que en mi mente bulle, bajo avalanchas de sus propias verborreas. Este texto es para ellos, y espero que, tras leerme, un silencio preocupado, incómodo y pesaroso les haga un nudo retorcido en la lengua que los haga callar. Me conformaría con que permanecieran mudos durante al menos un día de sus verborreicas existencias. Creo que muchos de los hombres que no dejan hablar a las mujeres, que se apropian de nuestras ideas en reuniones de trabajo para regurgitadas y hacerlas pasar como propias o que interrumpen nuestro discurso brillante, en realidad son víctimas de su propio ego, ese descomunal peso sobre sus hombros que les impide aprender, maravillarse y, sobre todo, callarse para escuchar y aprender con las demás.
En todo caso, lo complejo en estas situaciones es, como señala Margarita Velázquez en la introducción a la edición mexicana de Los hombres me explican cosas, “identificar tanto la arrogancia aparentemente cariñosa como el silencio impuesto con premeditación.” Ambas son manifestaciones desastrosas de una gestión de la escucha nefasta. No nos escuchan porque el contexto sociocultural, mediante películas, series y tertulias televisivas, se ha encargado de enseñarles que lo que ellos tienen que compartir es sumamente importante, mientras que lo que nosotras tengamos que decir será accesorio, pasable, irrisorio, como si nuestra palabra no fuese del todo legítima. Paul B. Preciado habla de la imaginación como fuerza de transformación política, y yo fantaseo con un mundo donde los hombres callen más que hablen, observen más que opinen, escuchen más que sermoneen.
