Hombres, ¿hasta qué punto víctimas de los roles de género?

Sonya Ortega | Locas del coño | ‎@Locarconio

Imagina ser un tío en este mundo. Sí, lo sé, es horrible. Pero imagínatelo.

Ya sabes, tener que ir por la calle y que mujeres te tengan miedo sólo por ser un tío. La cantidad de veces que tu madre te ha obligado a estar sentado en el sofá sin llevar los platos a la cocina mientras tus hermanas sí podían. Eso sin contar el hecho de que tienes que cortarte el pelo. Pobre, sin tener que lavarlo, plancharlo, echarle serum, mascarilla, acondicionador, mechas, reflejos.

Tienes que follar con tías y, como no te pueden rechazar porque eres un machote, igual tienes que insistir más de la cuenta. Y agárrate bien esos pantalones color caqui aburridos que llevas porque viene lo peor: si no te comportas como un verdadero macho sino que tienes una actitud asignada al género femenino, te van a llamar nenaza. Es el súmmum, lo sé, nadie debería pasar por el trance de ser humillado con tal desprecio. Nadie merece ser comparado a una mujer.

Así es, la sociedad en la que vivimos se encarga de crearnos un rol a seguir dependiendo del género con el que nos identifiquemos. Los niños con sus cosas de niños y las niñas, con la nuestras. Pero vamos a ir más allá y a analizar qué significa el rol que se nos atribuye. Sin darnos cuenta, hablamos de boxeadores y bailarinas, de médicos y enfermeras.

La sociedad está separada en dos géneros y, casi sin darnos cuenta, así lo hacemos ver por nuestras palabras, ideas o acciones. Pero ¿qué significa esa distinción? ¿Por qué precisamente nos toca ser la enfermera y la bailarina?

Es injusto que el sistema nos atribuya unos rasgos a seguir –a riesgo de ser humillados por no seguirlo- pero no podemos dejar de ver una distinción obvia en cada una de las características por las que la sociedad nos separa a hombres y mujeres. A ellos se les enseña a someter, a ser agresivos o a mandar; a nosotras, a ser sometidas, débiles y siempre un rango por debajo de ellos.


Hay una razón por la que nosotras se nos educa para ser de cierta manera. Ya decía Pamela Palenciano que “si nosotras vamos con tacones, no podemos salir corriendo”. Este factor –en absoluto alejado del patriarcado- llega hasta nuestros queridísimos cánones de belleza: ellos tienen que ser grandes y fuertes mientras que nosotras tenemos que ser delgadas y delicadas. Ambos discursos sobre la belleza son siempre aborrecibles, lo que no quita que nuestro canon sea, además de la necesidad de debilitarnos, el que nos lleva a problemas tan drásticos como los trastornos de alimentación.

Por supuesto, tanto a hombres como a mujeres se nos educa para seguir un rol que, de no ser cumplido, recibimos críticas, humillaciones o incluso agresiones. Si una mujer se dedica al arbitraje, es insultada por ser considerado un trabajo masculino de una manera machista. Una mujer no puede dedicarse al fútbol porque no vale para eso, es cosa de machotes. En cambio, si un hombre actúa de una determinada manera típicamente femenina es insultado en nuestro nombre (se convierte en una nenaza).

Mientras nosotras no podemos llegar tan alto como para dedicarnos a sus tareas, ellos no pueden caer tan bajo como para dedicarse a las nuestras. “Si eres un hombre, compórtate como un hombre”, mientras a ellos se les insulta por cualquier acto típicamente femenino, nosotras somos el insulto.

Así pues, a pesar de que los roles son siempre negativos hasta el punto de tener que luchar por su eliminación absoluta, es preciso analizar el por qué de éstos. No es justo que insulten a un hombre por dedicarse al baile; tampoco es justo que se le insulte con la idea de que aquel pobre hombre ha bajado de rango.

No podemos quedarnos en el discurso que habla de lo hombres que son obligados a demostrar su masculinidad diariamente: en sus demostraciones de masculinidad (tienen que tener sexo con muchas mujeres, no pueden ser rechazados), las víctimas acabamos siendo nosotras (somos presionadas a tener relaciones sexuales aunque no queramos, acosadas en las fiestas a las que sólo hemos ido a bailar).

A las mujeres no sólo se nos atribuye un rol, como a los hombres, sino que además la sociedad se encarga de situarlo en una posición inferior.

Sonya Ortega | Locas del coño | ‎@Locarconio

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