Mercenarios (de la Animación Sociocultural)

David G. | Animar sin desanimarse. Mucho me temo que en el campo de lo social donde trabajo, se reproducen los mismos mecanismos, capaces de hacernos sirvientes de ideales económicos o ideológicos y abandonar muy a menudo nuestra ética profesional y personal, o bien adaptándola hasta ser igual a la impuesta. 


Reconozco que yo he sido un mercenario y que puede que vuelva a suceder, por el camino y mientras pueda, quiero decir NO gracias a todas esas ofertas que denigran mi profesión, la de Animador Sociocultural.


Según la RAE, un mercenario es un soldado que lucha bajo órdenes de un extranjero. 

Se entiende que un mercenario se alista en la guerra por su afán de lucro, y no por motivos ideológicos o éticos. Es un concepto peyorativo. 


Me parece una buena metáfora (aunque reconozco que moralista) para describir cómo nos sentimos muchos, al trabajar siguiendo órdenes que consideramos ideológica y éticamente equivocadas.

Considerarse "mercenário" conforma nuestra identidad en un sentido negativo, según Bourdieu (1978) en "Sobre la televisión" la mayoría de profesionales de la TV ni tan siquiera se plantean la coherencia de sus intervenciones con su ideales, y muchos otros profesionales tampoco, porque están en consonancia con los ideales del “extranjero”, de quien paga o manda, en cuyo caso, siguiendo con la metáfora son aliados que no mercenarios.

Para hacer más llevadero el peso de ser mercenario y saberlo, se accionan procesos de readaptación y justificación del porqué seguir siéndolo. 

Quiero aclarar aquí, que las condiciones materiales de cada cuál (el cash), son razones de peso para sentirse "libre" o no de elección, pero algunas veces no se trata del dinero, se trata de sometimiento. Como individuos, aceptamos y obedecemos. 


Está estudiado que tenemos una tendencia a obedecer incondicionalmente a quienes consideramos que tienen el poder, como a los medios mismos, a los médicos, la policía y jefes/as, entre muchos otros roles con poder, incluso cuando no estamos nada de acuerdo con sus órdenes. El experimento de Milgram, realizado en 1963, lo demuestra hasta el extremo de llegar a "matar" por orden directa. Por suerte era un estudio controlado y no se infringía daño real a nadie. Se trataba de un experimento donde a un sujeto se le pide que haga preguntas a otro y si falla la respuesta le debe aplicar una descarga eléctrica, cada vez mayor si sigue errando la respuesta. 

Los sujetos estudiados, “ los agresores”, accedían en su mayoría a cumplir órdenes del “doctor experto” sin necesidad de obligar a nadie a obedecer por métodos coaccionadores o físicos sino con órdenes verbales. 

Hannah Arendt , nos explicaba cómo pudo ser que tantos alemanes colaboraron con Hitler en un horror tal, y lo hizo con el concepto de "Banalidad del mal". Describe cómo en los juicios de Eichmann en Jerusalén, los nazis, al argumentar los porqués de tales aberraciones, la respuesta es la de que sólo cumplen órdenes, de hecho querían cumplirlas lo más eficientemente posible.

En la vida contemporánea occidental en la que vivimos, trabajar para otros, casi siempre es cumplir órdenes de la institución X cual autómata y que ello suele provocar consecuencias del tipo “alienación”, que es sentir que nada se tiene que ver con el producto que realizas, te es ajeno. 

Para entender los mecanismos internos del poder, me sirvo de palabras de Foucault, y su microfísica del poder.

“Más que como una instancia negativa que tiene como función reprimir, el poder se trata de que se le acepte en su capacidad de producir cosas, de inducir placer, formar saber y producir discursos, es una red productiva que atraviesa todo el cuerpo social”
Foucault (1978)

Muchos de los profesionales se venden, aceptan, obedecen, y lo hacen a estructuras invisibles, a lógicas de hacer, al habitus propio del campo concreto. No hace falta que nadie ordene qué decir ni cómo, como buenos profesionales del medio en el que trabajamos, sabemos qué se espera de nosotros, y queremos cumplir dichas expectativas. Es parecido a lo que mi profesor Cardús, llama la correción política como censura del discurso,se calla lo que no toca decir, así no hay cambio. 


Y vosotr@s, ¿sois mercenári@s?


Mucho me temo que en el campo de lo social donde trabajo, se reproducen los mismos mecanismos, capaces de hacernos sirvientes de ideales económicos o ideológicos y abandonar muy a menudo nuestra ética profesional y personal, o bien adaptándola hasta ser igual a la impuesta. 

Reconozco que yo he sido un mercenario y que puede que vuelva a suceder, por el camino y mientras pueda, quiero decir NO gracias a todas esas ofertas que denigran mi profesión, la de Animador Sociocultural.

Para terminar quiero detallar mi caso y por ende el impulso de escribir este texto.
Me he visto recientemente "obligado" a pervertir conceptos (vertebradores, que no rígidos) como el de participación hasta transformarlo en consulta. En un municipio de cuyo nombre no quiero acordarme, pasé de estar creando con jóvenes un espacio estable de participación real y vinculante de toma de decisiones para todo el colectivo del municipio, a pararlo todo para realizar un evento lúdico donde además poner urnas para que los jóvenes pongan sugerencias al respecto. Eliminamos así el diálogo, primero entre jóvenes y también con la administración, rebajamos los niveles participativos a menos que votaciones, a sugerencias. 
Esto por orden directa del responsable técnico de turno en el área de juventud, a lo que me negué dejando el trabajo.

Comentaris

Anònim ha dit…
Gracias David por estas palabras. Trabajo en eso de lo social y sí me reconozco mercenario. Tal vez me toque serlo de nuevo, aunque mantengo la esperanza de que no sea así. No obstante, tanto lo que he conocido de las administraciones como de las entidades públicas y privadas que se dedican a lo social me hacen permanecer algo escéptico; he visto y escuchado de todo. En la última ONG en la que estuve y tras querer irme por ya no estar de acuerdo con las formas más crueles de tratar a las personas que trabajaban y el desinterés de fondo por las personas a las que se dirige la misión, cortaron hasta el correo para que no pudiera despedirme. Puede parecer una anécdota, pero es el reflejo del sistema basado en el miedo y el poder sin más sentido que el propio poder con el que se gestionaba. Para mí sirvió sólo para confirmar que no debía permanecer allí.

Lo que me preocupa es que no es tan fácil encontrar personas que crean que por medio de su actividad profesional pueden hacer algo por mejorar su entorno y nadar por ello un poco contra corriente, cobrando -además- poco y sufriendo una gran presión por la propia naturaleza de su trabajo. Y cuando las encuentras y pones en algunas organizaciones, bien sea por la presión de las administraciones o por las propias organizaciones, pierden la esperanza, dejan de creer y acaban convirtiendo su trabajo en uno más, en el que, efectivamente, deben seguir para pagar sus facturas.

Pero puede ser de otra manera con políticos y políticas que no utilicen lo social como retórica y con responsables de entidades que abandonen la mediocridad que ocultan bajo supuestos técnicos o económicos. Entonces podremos empezar el trabajo en lo social de verdad.