La innovación social es de clase media

Hemos escuchado con insistencia absurda que la crisis es una oportunidad. Si uno se para a contar las veces que ha oído eso es posible que sean tantas como el típico “¿qué tal va todo?” o incluso el “buenos días”. También es cierto que depende del numero de conferencias TEDx que hayas visto en directo o en youtube, en ese caso, el número se dispara a lo loco.

Rubén Martínez (@RubenMartinez) a Nativa.cat

El sustento de esta afirmación a veces se decora con una argumentación bastante bizarra: “crisis, en japonés, también significa oportunidad”. He escuchado varias veces esa frase acompañada con un tono entre turbio y pedante. Algo tipo “no habías pensado en el japonés mientras ves cómo desahucian a la gente, verdad chaval?”. Creo que todos tenemos ese tipo de manías que, por su nivel de tontería, son inconfesables. Una de las mías es que no soporto cuando se acude a la etimología de otros idiomas para argumentar un proceso político de escala macro o cuando se empieza un texto con una definición de la RAE. Como si hubieran instituciones neutras que contienen dosis de verdad atemporales de las que puedes echar mano para explicar el carácter de una crisis sistémica. Es una tontería. Seguro que no todo el mundo que acude al japonés para analizar cualquier cosa es una mala persona. Manías.
El caso es que hace unos días me saludaba de nuevo esta frase. Fue durante una conversación con una de las personas que coordina el Hub Madrid, un espacio de trabajo compartido ubicado en el Barrio de las Letras. En esta ocasión, la frase salía para ser desmentida. La coordinadora de comunicación del Hub Madrid me decía: «que la crisis es una oportunidad muchas veces sirve para disfrazar los niveles de precariedad que padecemos quienes intentamos encontrar una forma de autoempleo digna. La crisis es lo que es, pero hacemos lo que podemos para poder vivir en todo tipo de condiciones». Hice tres pliegues con mi prejuicios, los apreté fuerte con las dos manos, me los tragué y seguí escuchando. Pensé que en este espacio de co-working de emprendedores sociales situado en un barrio céntrico encontraría el típico discurso insulso, de pensamiento feliz, acomodado y cargado de optimismo emprendedor. Y no fue así.
Muchas veces se nos pasa por alto que no todos y todas somos iguales y que es un poco tramposo pensar que realmente podemos colaborar entre pares
Pero tampoco pude dejar de pensar en quien me lo decía. Tenía delante a una persona cualificada, con estudios universitarios avanzados, que había realizado tareas de comunicación para diversas empresas e instituciones. Una persona parecida a mi. Pensé que esa capacidad crítica sobre un discurso que intenta desplazar las condiciones reales bajo las que alguien se lanza a emprender no ha sido accesible para todo el mundo. Que, de hecho, hay gente que ni tan solo puede plantearse la posibilidad de emprender y que eso de la crisis es una oportunidad puede operar de muchas maneras. Es lógico que alguien que ha sido desposeído, no ya de su posibilidad de movilidad social, sino de aquellos recursos básicos que sustentaban su vida, no le quede otra que pensar que la crisistiene que ser una oportunidad. Muchas veces olvidamos que creímos ser clase media y que eso sigue afectando en cómo miramos nuestro entorno. Muchas veces se nos pasa por alto que no todos y todas somos iguales y que es un poco tramposo pensar que realmente podemos colaborar entre pares.
En un momento de crisis en el que se incrementan las desigualdades sociales, las instituciones públicas suelen apelar al fomento de los procesos de emprendeduría social y de innovación social como vía para paliar los efectos de la crisis. A quienes tenemos una mínima posibilidad de ser “emprendedores” ya que, por lo menos, podemos explotar nuestro capital social y cultural acumulado, este discurso nos puede sonar ambivalente, confuso, pero también seductor. No se trata de abrazar las dinámicas de oferta y demanda del mercado como si fueran mecanismos neutros y democráticos, pero tampoco de contemplarlas de manera distante como el que mira una fogata. Si ni mercado ni Estado han sido capaces de resolver necesidades sociales básicas, si ni una ni otra esfera han conseguido garantizar derechos universales o mecanismos de redistribución sino más bien erosionarlos, la solución tal vez pase por formar parte de prácticas con un fuerte compromiso social. Sumarse a ese grupo agroecológico, defender el uso de la bici para ir de casa a la oficina, formar parte de esa cooperativa de energía renovable o tener una cuenta en la banca ética. Hay otras formas posibles de institucionalidad social en este tipo de prácticas, unas que prometen ser más sostenibles y que lograrán paliar los efectos sociales y ecológicos del antiguo paradigma. Pero ¿realmente pueden estos procesos de innovación social afrontar los impactos de la crisis? ¿de qué impactos hablamos exactamente? ¿todos tenemos las mismas necesidades básicas?
La gente más rica no tiene necesidad de innovar socialmente y la gente más pobre no tiene recursos para responder de manera autónoma a sus necesidades
Preguntas parecidas son las que han guiado una investigación en la que he tenido oportunidad de colaborar. Una investigación titulada Barris i Crisi, centrada en analizar las dinámicas de la crisis en Cataluña. El objetivo de esta investigación es doble. Por un lado, analizar los diferentes impactos que ha podido tener la crisis en diferentes barrios del territorio catalán. Por otro lado, analizar las prácticas sociales que han querido dar respuesta a esos impactos. Algunos de los resultados son un poco estremecedores y están íntimamente relacionados con aquellas demandas sociales que la antigua clase media tenemos capacidad para resolver y aquellas que no.
Uno de los elementos que incide en los procesos de segregación social en el territorio urbano es el acceso a renta. La capacidad de cada individuo o unidad de convivencia para elegir en qué lugar de la ciudad queremos vivir está en gran parte determinada en función de nuestra renta económica. En ese sentido, la renta urbana actúa como factor de segregación social, dotando de mayor libertad de elección en el uso del espacio urbano a ciertos grupos sociales pudientes a la vez que actúa como dispositivo de control respecto a la movilidad residencial de las comunidades más desfavorecidas. Esta investigación nos ha permitido analizar de manera bastante clara la desigual distribución territorial de los impactos sociales de la crisis. A partir de esta investigación, se resalta el carácter estructural y metropolitano de la segregación urbana –la distribución no homogénea de diferentes grupos sociales en el territorio– y cómo el efecto de la burbuja inmobiliaria no ha hecho más que incrementar esta distribución territorial desigual. Esto significa que la crisis no solo afecta más a unas personas que a otras, sino que se ha incrementando la distancia entre los barrios donde viven grupos sociales con más recursos y los barrios más desfavorecidos. No es de extrañar que esto ocurra en regímenes urbanos capitalistas que favorecen los procesos de segregación social en el territorio, pero parecía necesario destacar esas evidencias con datos empíricos.
La capacidad de acción de emprendedores sociales y de los procesos de innovación social tienen un techo muy claro, sobre todo cuando hablamos de garantizar las condiciones de vida de toda la ciudadanía
Una vez teníamos esos datos, comparamos este análisis de la segregación urbana en contextos como el área metropolitana de Barcelona con un mapeo de prácticas de innovación social situadas en el territorio, es decir, bancos de tiempo, huertos urbanos, grupos locales de energía renovable, grupos de consumo, espacios autogestionados, etc. Al comparar esa distribución de diferentes perfiles socioeconómicos en el territorio barcelonés con los lugares donde se localizan ese tipo de prácticas de innovación social, aparece una conclusión reveladora. Los lugares donde se concentran estas prácticas socialmente innovadoras no son los lugares donde reside la gente más rica o la gente más pobre. La gente más rica no tiene necesidad de innovar socialmente y la gente más pobre no tiene recursos para responder de manera autónoma a sus necesidades. A esta explicación le acompaña una conclusión paralela que hemos visto en la investigación: esos procesos de innovación social son una cosa de la clase media. O, dicho de otra manera, la (antigua) clase media tenemos capacidad para organizarnos y resolver algunas demandas sociales, pero no los problemas más perseverantes que actúan de manera estructural.
La capacidad de acción de emprendedores sociales y de los procesos de innovación social tienen un techo muy claro, sobre todo cuando hablamos de garantizar las condiciones de vida de toda la ciudadanía o cuando nos enfrentamos a los efectos que han producido la falta de mecanismos de redistribución que aseguren unas condiciones iguales para todos y todas. Creo que más que grandes conclusiones, esto hace más complejo nuestra tendencia a pensar que “la crisis agudiza el ingenio”, que “la crisis es una oportunidad” o que “la inteligencia colectiva puede responder demandas que ni mercado ni Estado son capaces de resolver”.  Muchas veces olvidamos que venimos de ser (o de creer ser y pensar como) clase media y que sin instituciones públicas que garanticen derechos universales y mecanismos de redistribución, solo podremos solucionar demandas parciales o diseñar algunos parches de alcance limitado. Es ridículo negar la sociabilidad que puede producirse en un huerto urbano, pero no imagino una innovación social con mayor capacidad de transformación que la puesta en marcha de verdaderos mecanismos de redistribución.

Comentaris

Miquel ha dit…
Bon article. Totalment d'acord amb les conclusions.