Can Batlló el gran referente de la gestión ciudadana


La plataforma vecinal encargada de la parte local del recinto fabril impulsa decenas de proyectos.


En 3 años el lugar ha pasado de estar abandonado a ser un potente foco de actividad social y cultural.


HELENA LÓPEZ | ElPeriódico


La primera imagen del milagro es un huerto. No solo por lo que tiene de milagroso una plantación de tomates en medio de la ciudad, sino porque las hortalizas nacen sobre lo que hasta hace unos meses era un muro que parecía levantarse infranqueable. El que mantenía secuestrada una cuarta parte del terreno de la Bordeta, tras las ahora caídas murallas del antiguo recinto fabril de Can Batlló, que en menos de tres años se ha convertido en un referente internacional de recuperación ciudadana del espacio público. «Todo el que pasa por aquí queda enamorado, y ya si le regalas unas espinacas, entonces se desmaya», bromea Carles Muzás, uno de los responsables de la comisión del huerto, una de las iniciativas surgidas desde la conquista vecinal del 11 de junio del 2011.

Jordi Soler, uno de los impulsores, junto con Josep Maria Domingo, de la Plataforma Can Batlló és per al Barri y de la Assemblea del Bloc Onze, reflexiona: «Si las cosas no hubieran ido así, y el proyecto se hubiera desarrollado como estaba previsto, tendríamos más equipamientos y viviendas y parques, pero no habríamos aprendido ni la mitad, y esto no tendría esta vida. Seguro. Sería otra cosa. Menos nuestra». Pero las cosas sí fueron así, Barcelona dejó de ponerseguapa a base de ladrillo.
El huerto es solo una suerte de bienvenida. De preparación para lo que hay detrás. En realidad se trata de un espacio provisional. El terreno reservado para los huertos está unos metros más adentro, donde hoy hay aún varias naves, para las que a su vez han encontrado un uso temporal como taller de reparación de vehículos. El definitivo será mucho mayor que el actual, que no deja de ser un banco de pruebas, como casi todo en Can Batlló.
CESIÓN MUNICIPAL / Empezaron por el simbólico Bloc Onze, pero el colectivo ha ido adentrándose en el espacio cual ejército de hormiguitas, sin hacer mucho ruido. En poco tiempo han ido conquistando naves, siempre vía cesión municipal, y las han ido llenando con un taller de infraestructuras por aquí -donde crean con sus manos y en la mayoría de ocasiones con material propio reciclado de la vieja maquinaria industrial, que es todo lo que necesitan para hacer realidad sus proyectos-, u otro de carpintería por allá para hacer lo propio. Ahora están preparando uno de cerveza artesana y una pequeña imprenta -equipada también con viejas máquinas de la época dorada de las artes gráficas- donde elaborar todo el material para difundir las actividades que programan.
Una suerte de micromundo con el que Hernán Córdoba-Mendiola y Marc Dalmau, activistas del proyecto, juegan a imaginar cómo será el lugar en el 2031, en el capítulo Imaginar Can Mangala, barrio cooperativo de la Bordeta, en Inventari de Can Batlló. Teixint una història col·lectiva. Este ejercicio de política ficción tiene más de política que de ficción, ya que la acción cooperativa en el espacio avanza mucho más rápido de lo que sus impulsores hubieran fantaseado.
COOPERATIVA / Un ejemplo de ello es la cooperativa de viviendas de alquiler social, cuya primera promoción prevén estrenar en diciembre del 2016. Es un proyecto ya muy encaminado de pisos en régimen de cesión de uso en una de las pastillas del municipio, dice Ferran Aguiló, una de las primeras 20 personas que impulsaron la cooperativa. La entidad cuenta con «unidades de convivencia» para los 32 pisos que tendrá la primera fase. Y ya existe lista de espera.
Una de las claves del éxito es que cada grupo de trabajo no solo dedica horas, y muchas, a lo suyo, ya sea el circo -hay un espacio dedicado al funambulismo- o el cine -la lista de ámbitos es larga: uno de audiovisual, un auditorio, salas de ensayo, un bar, una biblioteca, una sala de fotografía...- sino que tiene también un retorno al espacio. Dedica horas al proyecto compartido, en el que ha tenido un papel importante el grupo de arquitectos jóvenes La Col, que se unió a la lucha vecinal para dar vida a unas naves industriales abandonados y llenar el vacío urbano, en su idea de «rehabilitar la ciudad».

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