¿Hay que guardarse la memoria en el bolsillo?

¿Es el 15-M un movimiento desmemoriado, "adanista"? ¿Qué memoria se rechaza y qué memoria habría que reactivar para inventar otra democracia y otra vida en común?
El desafío planteado por el 15-M es generar nuevas formas de vivir juntos que eviten a la vez la división social (“las dos Españas”) y la calle vacía como imagen ideal de la democracia (el consenso despolitizador de la Cultura de la Transición). ¿Qué tipo de memoria podría “educarnos” en esas otras formas de con-vivencia? Habría que pensar en una memoria como bien común: no de “estos” contra “aquellos”, sino de todos y de nadie (o, al menos, del 99%).
Amador Fernández-Savater en elDiario.es





La des-memoria del 15M

Mi amigo J. L. bajó exultante a la Puerta del Sol el 17 de mayo de 2011. “Quería celebrar lo que había pasado”, me explica, refiriéndose a la reocupación masiva de la plaza después del desalojo policial de la madrugada. Llevaba para ello una botella de whisky en un bolsillo para compartir con los amigos desalojados y una bandera republicana en el otro. Pero la fiesta no era tal y como la imaginaba. No llegó a sacar ninguna de las dos cosas. Según entró en la puerta del Sol, se dio cuenta de que “esto no es un botellón”, como indicaron luego los carteles, y que allí, por primera vez, la enseña tricolor estaba fuera de lugar, la cosa no iba de banderas. Cerró las cremalleras de ambos bolsillos. ¡Cualquiera entendía aquello inmediatamente! 
Los símbolos que los habitantes de la plaza utilizaban para expresarse, comunicarse y reconocerse no remitían a tradiciones de largo recorrido histórico, sino que más bien eran invenciones sobre el terreno, situacionales. En lugar de la bandera republicana, la bandera egipcia o la islandesa. En lugar del rostro del Ché Guevara, la máscara de Guy Fawkes popularizada por Anonymous. En lugar del puño alzado, las manitas al aire.
Lo mismo ocurrió con las palabras y los términos que se usaron para nombrar el 'nosotros' que surgía improvisadamente en cada plaza: “indignados”, “personas” o la simple fecha 15-M no designaban ninguna identidad previa, ninguna filiación política o ideológica reconocible, sino que se presentaban como referencias abiertas en las que cualquiera podía incluirse.
El rechazo a inscribir el sentido de su acción en la historia nacional o en una tradición política consolidada le ha valido al 15-M el calificativo peyorativo de “adanista”, que condena al movimiento por la ingenuidad o el orgullo de creer que el mundo empezó el 15 de mayo de 2011 en la Puerta del Sol y ni siquiera querer saber si existió alguien antes.
¿Es así realmente? En mi opinión, la “amnesia” del 15-M no tenía que ver con el orgullo o la ingenuidad, sino más bien con la aguda intuición de que la referencia al pasado podía impedir 1) hablar del presente, 2) hablar del presente con mucha gente y muy distinta, 3) hablar del presente en formas y modos no determinados a priori. Es decir, tenía que ver con el presentimiento de que sólo desordenando el tablero de ajedrez de “las dos Españas”, que define en nuestro país el mapa de lo posible, podíamos empezar a jugar a otro juego.
Ni PSOE ni PP, ni Cope ni Ser, ni El País ni El Mundo, las plazas se negaron a pensarse como una España contra otra, prefiriendo partir de problemas concretos que atraviesan trasversalmente a la población: contratos-basura, hipotecas-basura, democracia-basura, vidas-basura. Redibujando, a partir de esos problemas compartidos, todas las posiciones: quién es amigo y quién es enemigo. Inventando, para elaborar políticamente las afectaciones comunes, formas propias de hacer y decir.
No digo nuevas, sino propias porque hubo memorias que sí funcionaron a pleno pulmón en la plaza. Sobre todo la que se denomina “memoria inconsciente”: los recuerdos que incorporamos (que llevamos en el cuerpo) sin tematizarlos explícitamente, una herencia que no sabemos muy bien de dónde viene y por eso quizá fluye tan bien, una herencia sin nombre y sin acto de nombramiento. Pienso por ejemplo en los símbolos que se hacían con las manos en las asambleas para organizar las discusiones entre miles de personas. En el movimiento antiglobalización ya se usaban y seguramente vienen de antes. Esa memoria práctica, que se transmite sin asignar identidades ni encarrilar los planteamientos, circuló como un virus en las plazas. No se quedó en los bolsillos de nadie. 
Si el 15-M hizo palanca en la amnesia, no fue por un rechazo de la memoria como tal, sino por un rechazo de ciertas configuraciones de la memoria que tienden a imponerse automáticamente, como por defecto:
–Una memoria cerrada, excluyente de otras memorias: las memorias que vienen “desde fuera” de un 'nosotros' presupuesto. La memoria-trinchera.
–Una memoria obligatoria, que convierte al pasado en un modelo que exige traducciones literales, repeticiones. La memoria-fetiche.

La memoria como bien común

El 15-M ha puesto patas arriba el orden simbólico y político que rige este país, abriendo lo posible hasta el punto de que hoy en día se puede hablar de “segunda transición” o de “proceso constituyente” sin que nuestro entorno más cercano se preocupe por el estado de nuestra salud mental. Es lo primero que hay que saber ver y valorar, despegándonos de las etiquetas fáciles como “adanismo”. Sin el corte liberador del 15-M aún tendríamos una oposición al estado de cosas dividida estérilmente entre la izquierda oficial y los diferentes guetos extra-parlamentarios, con la gente común como espectadora.
¿Se puede, a partir de ese corte liberador, reinventar una memoria, reproponer historias del pasado como historias para el presente? Me parece importante pensarlo, por dos razones al menos.
En primer lugar, los movimientos sin memoria, pertrechados únicamente con lo que tienen al alcance de la mano, inconscientes de la memoria que ya está actuando en ellos, corren el peligro de generar nuevas “cruzadas de los niños”, demasiado flotantes, inconsistentes y sin mucho aliento.
En segundo lugar, ¿no dejan, los problemas de los que no nos hacemos cargo, abiertas las heridas? Gerald Brenan tituló hace ochenta años El laberinto español a su libro sobre los antecedentes sociales y políticos de la guerra civil. España sigue siendo hoy un laberinto hecho en buena parte de mil heridas que aún sangran y no se pueden simplemente “olvidar”. La Cultura de la Transición propuso la arquitectura del régimen político del 78 como marco de convivencia superador de los conflictos que marcaron la historia española en el siglo XX. Nos prometió que las heridas sanarían gracias a la incorporación plena y entusiasta de todos al carril de prosperidad infinita de la modernización capitalista. Y a su promesa la llamó “consenso”. Ese consenso ha estallado hoy en mil pedazos y todas los agravios de la historia nacional se activan de nuevo en un contexto global: el encaje territorial, la desigualdad económica, el autoritarismo del sistema político, etc.
El desafío planteado por el 15-M es generar nuevas formas de vivir juntos que eviten a la vez la división social (“las dos Españas”) y la calle vacía como imagen ideal de la democracia (el consenso despolitizador de la Cultura de la Transición). ¿Qué tipo de memoria podría “educarnos” en esas otras formas de con-vivencia? Habría que pensar en una memoria como bien común: no de “estos” contra “aquellos”, sino de todos y de nadie (o, al menos, del 99%).
Sólo un par de apuntes, en esta primera aproximación a un tema bien complejo y delicado, sobre cómo podría ser esa memoria como bien común o del 99%:
-una memoria abierta. Sin duda la memoria es selectiva. Ese sesgo no se puede eliminar, pero sí trascender en una memoria capaz de abrirse en todas direcciones, incluso a una contramemoria cerrada y desafiante que la desmiente, con espinas. Una memoria abierta no sería una sola memoria para todos, sino más bien el diálogo -difícil, nunca armonioso, siempre en tensión y chirriando- de diferentes memorias. No es imposible pensar algo así. Pongo un ejemplo extremo: en el contexto del País Vasco se están dando ahora mismo procesos en ese sentido.
-una memoria inspiradora. Borges explicó en una sola frase lo que tengo aquí en la cabeza: “un autor inventa a sus predecesores”. La memoria obligatoria nos aplasta bajo el peso de referencias en las que supuestamente nos tenemos que reconocer y a cuya altura nunca estamos. Por el contrario, la memoria inspiradora no consiste en una antorcha que viene dada y se coge, sino en el trabajo de inventar nuestras propias conexiones con el pasado (cercanas o lejanas en el tiempo y en el espacio, más esperables o complemente inesperadas). Pienso por ejemplo en la inspiración que encuentra gente del 15-M en la imagen de cambio social que propone la revolución de las mujeres en el siglo XX: anónimo y colectivo, cotidiano y gota a gota, no centrado en la épica ni el acontecimiento.
Cuanto más afectada esté por los desafíos del presente la mirada de quien busca y rebusca en el pasado más capaz será de encontrar recuerdos vivos y resonantes. Rutas orientadoras para un futuro común. Iluminaciones.

Esta texto se alimenta de mil conversaciones mantenidas los últimos años, con Germán Labrador, Pablo Sánchez León, Jorge Alemán, Isabel Vericat, Ángel Luis Lara, Emanuela Borzacchiello, Sabino Ormazábal, Antonio Lafuente, José Enrique Ema, José Miguel Fernández-Layos, Álvaro García-Ormaechea, Álvaro Rodríguez. 
Y, muy especialmente, de la reflexión de Juan Gutiérrez y del trabajo del grupo “Memoria procomún” en Medialab Prado sobre la memoria de las “hebras de paz de vida”.

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