La educación del oso

Oscar M. Bianchi | El desafilador. Mi panza duele. Se estruje. Tengo nueve años y voy a cuarto grado. Mañana será un día normal, pero no logro encajar la idea de que estaré sentado en una silla durante siete horas y sólo dispondré de cuarenta minutos libres distribuidos en tres escuálidos recreos. Nervios y hastío. Ahora son las siete de la mañana de un lunes de 1990. He  cumplido quince años. Prometí que llegaría al examen habiendo estudiado al menos una semana, pero recién reuní coraje el sábado por la tarde. Me fallan las piernas al caminar. La profesora, harpía, sádica, irrespetuosa, nos ordenó conocer el proceso completo de la comida desde que la tragamos hasta que la expulsamos por el culo y, como no hago más que cagar desde el domingo al mediodía, creo que podría llenarle su escritorio del producto más auténtico que su capacidad docente puede extraer de sus pupilos.

La Educación Del Oso


Tengo un problema con la educación (y con los grupos de reencuentro de ex compañeros de Facebook). Siempre odié el colegio, con todo mi ser. En el secundario aprovechaba las veinticinco faltas permitidas, estiraba escandalosamente los recreos y participaba del Centro de Estudiantes para no quedarme dentro del aula. Era enfermante transitar ese tedio asfixiante al que llamaban ‘clases’. Yo no era era un alumno brillante, de estos que se aburren porque ya lo saben todo. Entendía lo que entiende cualquiera. No tuve un trastorno de déficit de atención e hiperactividad, invento contemporáneo de la industria farmacéutica para ampliar su mercado y vender medicación a los niños (lo llaman TDAH, porque las siglas dan a la supuesta patología el carácter serio de una enfermedad y evita a los padres sentir culpa por drogar a sus hijos). No sacaba notas sobresalientes, pero tampoco reprobaba materias. Muy a duras penas, luché para acomodarme dentro de esa media y utilicé sin culpa diferentes estrategias: estudié, copié y adulé falsamente a profesores influenciables. Y tuve éxito. Sin embargo, odiaba la escuela.

Debería escribir todo un libro sobre esto, no un post. Advierto: lo que sigue será un apunte de ideas, algo extenso y que no te aportará mucho.  


Me había vuelto muy reflexivo, sí. Y contaba con herramientas para enfrentar el dolor y la desesperanza; pero una inviolable puerta de hierro me separaba del patio de atrás de mi propia casa, dónde quedaron para siempre los soldaditos y los legos.

Es domingo, son las siete de la tarde. Invierno. Rosario se desgasta en paredes blancas y musgo. En casa, mamá plancha los guardapolvos de tres hijos. Huele a tela caliente y jabón de lavado (aún hoy me da nervios pasar por la puerta de una tintorería. El reflejo condicionado funciona). El canal local repasa los resultados de los partidos de fútbol. Mi panza duele. Se estruje. Tengo nueve años y voy a cuarto grado. Mañana será un día normal, pero no logro encajar la idea de que estaré sentado en una silla durante siete horas y sólo dispondré de cuarenta minutos libres distribuidos en tres escuálidos recreos. Nervios y hastío. Ahora son las siete de la mañana de un lunes de 1990. He  cumplido quince años. Prometí que llegaría al examen habiendo estudiado al menos una semana, pero recién reuní coraje el sábado por la tarde. Me fallan las piernas al caminar. La profesora, harpía, sádica, irrespetuosa, nos ordenó conocer el proceso completo de la comida desde que la tragamos hasta que la expulsamos por el culo y, como no hago más que cagar desde el domingo al mediodía, creo que podría llenarle su escritorio del producto más auténtico que su capacidad docente puede extraer de sus pupilos.

Anthony De Mello fue un cura jesuita ligado al hinduísmo. En uno de sus libros cuenta la historia de un hombre al que convierten en reloj. El pobre se volvía loco por la perspectiva de una eternidad moviéndose únicamente entre un tic y un tac. En medio de su insonoro llanto, se le apareció Dios o algún santo y le indicó: “Concéntrate en cada tic y en cada tac, no pienses más allá. Un tic, un tac. Siempre en presente”. Una madrugada, en plena borrachera, hablaba de esta historia con un amigo, también ebrio. Vinculándola al colegio y, luego, a nuestros trabajos, la encontramos iluminadora y practicable. Nos llenó de esperanza. El lunes al despertar me acordé de los muertos de todos los relojes de pared, de los curas jesuitas y de la sabiduría oriental. A lo que voy: si la escuela fuera un centro para la iluminación con influencias hinduistas, entonces su método podría ser apropiado.

¡La universidad fue tan diferente! Me reconocí, recién allí, un entusiasta de los libros y las lecturas intrincadas. Al final me simpatizaban las discusiones que habían ocurrido trescientos años atrás. Incluso pensé que podría vivir mi entera vida rodeado únicamente de testimonios impresos desde cráneos que ya son polvo y gusanos. Sin embargo, como la víctima de una ablación, me daba cuenta de que habían cercenado en mí un atributo ligado íntimamente a mi felicidad y mi realización personal. Me había vuelto muy reflexivo, sí. Y contaba con herramientas para enfrentar el dolor y la desesperanza; pero una inviolable puerta de hierro me separaba del patio de atrás de mi propia casa, dónde quedaron para siempre los soldaditos y los legos.

Escucho decir muchas veces que la educación, aunque esté mal planteada y no sea la más adecuada, es necesaria. Es esa educación la que nos permite conocer los códigos sociales básicos, dominar nuestros impulsos más bestiales y relacionarnos en forma racional (o al menos no matarnos entre todos).

La solución para mis dolores de panza de hoy lunes, que tengo nueve años, es la medicación que produce la farmacéutica que dopa a los chicos hiperactivos y que me inyectará su versión más potente cuando tenga quince y me cague encima antes de un examen.

(...)

Texto completo en El desafilador.
Foto por: Lori Semprevio

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