La destilería de la evaluación

Toni Solano | EvaluAcciónAlguno puede pensar que todo esto es ficción o incluso ironía. Tienta pensar que la evaluación es menos compleja que todo esto; pensar, por ejemplo, que el acto de calificar es simplemente un juego entre profesor y alumno, saldado en forma de premio para los buenos y en forma de suspenso para los malos. Algunos casi prefieren ver la evaluación como un acto de venganza, como el momento de la verdad después de un trimestre de luchas y tensiones. En ese sentido, sería terrible que los profes usásemos la evaluación como “ajuste de cuentas”, porque dejaría en muy mal lugar a todos aquellos filósofos, intelectuales y coaches educativos que mencionábamos al principio.


Todas esas citas que inundan Facebook o Twitter acerca de las bondades de ser maestro, sobre la grandeza de la docencia, sobre el sublime acto de enseñar, todas ellas se vienen abajo cuando uno piensa en ese minuto de oro del oficio docente en el que “se cantan las notas”, un minuto de gloria parecido a la letanía de los Niños de San Ildefonso en el sorteo de Navidad, pero con unos premios no tan agradecidos en buena parte de los casos.

En efecto, el trabajo de maestro sería perfecto si pudiésemos soslayar el acto de calificar. Hablo de calificar y no de evaluar, porque parece que en esto nadie tiene problemas. Todos los profes saben evaluar, a tenor de la seguridad con que se validan todos los años miles de programaciones didácticas de todos los niveles; es como si la naturaleza nos hubiese dotado de una capacidad especial para ello. Todos sabemos de criterios, de competencias, de destrezas, de indicadores de logro… pero apenas necesitamos evidencias de ello, porque una mirada transversal sobre la libreta de notas nos activa el gen evaluador y con ello adquirimos el preclaro don de la evaluación justa. El problema viene cuando tenemos que poner una nota numérica a esa evaluación que los docentes realizamos casi por instinto. Ahí sí que podemos equivocarnos, porque la genética no nos preparó para responder a las leyes que exigen un número, entre el 1 y el 10 generalmente, que sintetice ese proceso interior del que venimos hablando. Tal vez para ello se inventaron las rúbricas de evaluación; aunque la evaluación siempre es justa por definición, la calificación solo puede aspirar a ser objetiva, y a ello ayudan las rúbricas, tan ordenadas, tan limpias.
Como si se tratase de una destilación etílica, la evaluación debe alambicarse hasta dar lugar a una calificación. Por ello, muchos docentes aseguran que nunca se equivocan al evaluar, que en todo caso puede haberse producido un error al calificar, como si el maldito serpentín o la redoma estuviesen confabulados contra su profesionalidad. En las sesiones de evaluación, a las que algunos docentes acuden sometidos a la presión de las prisas, se observa a veces ese goteo que da lugar a una nota no siempre precisa pero sí debidamente precalentada. Habría que inventar una máquina para hacer visible este proceso: cientos de actividades, ejercicios, resúmenes, positivos y negativos, manos alzadas, salidas a la pizarra, expulsiones, controles de lectura, exámenes, libretas… tamizado todo ello con la criba del “cuaderno del profesor”, ese tótem evaluador, y decantado en un máximo de tres o cuatro números a los que se somete a unos arcanos porcentajes, que no hacen siquiera sombra al algoritmo de Google, para llegar a esa cifra final que ondeará en el boletín del alumno como un trofeo o como un sambenito.
Alguno puede pensar que todo esto es ficción o incluso ironía. Tienta pensar que la evaluación es menos compleja que todo esto; pensar, por ejemplo, que el acto de calificar es simplemente un juego entre profesor y alumno, saldado en forma de premio para los buenos y en forma de suspenso para los malos. Algunos casi prefieren ver la evaluación como un acto de venganza, como el momento de la verdad después de un trimestre de luchas y tensiones. En ese sentido, sería terrible que los profes usásemos la evaluación como “ajuste de cuentas”, porque dejaría en muy mal lugar a todos aquellos filósofos, intelectuales y coaches educativos que mencionábamos al principio.
Había empezado hablando de lo bonito que es ser docente, pero me da la impresión de que me ha salido un retrato del maestro como el doctor Jekyll y Mr. Hyde. Es posible que tengamos esa doble faceta, que seamos buenos evaluando y pésimos calificando. Es posible que la Escuela fuese mejor si dejase de prestar tanta atención a las calificaciones numéricas y se centrase en comprobar que en ella se aprende de verdad. Sin embargo, todo parece apuntar en la línea contraria, por lo que aún nos quedan años en los que miles de docentes seguirán destilando su instinto evaluador en obsoletos alambiques.

Comentaris