La apuesta municipalista: ¿primer paso de una revolución democrática?

[Foto de Elvira Megías]
En mayo del 2014, hace tan solo un año, se publicaba La apuesta municipalista. La democracia empieza por lo cercano.
Dos meses antes, durante un plenario de la red de colectivos que componen la Fundación de los Comunes (FdlC), en el Ateneu Candela de Terrassa, leíamos el capítulo 5 de esta pequeña obra aún por salir. El objetivo era discutir, juntos, su hipótesis: la hipótesis de una revolución democrática que empezara por lo cercano.

Marisa Pérez Colina @alfanhuisa | Fundación de los Comunes en Diagonal Periódico


Dos meses antes, durante un plenario de la red de colectivos que componen la Fundación de los Comunes (FdlC), en el Ateneu Candela de Terrassa, leíamos el capítulo 5 de esta pequeña obra aún por salir. El objetivo era discutir, juntos, su hipótesis: la hipótesis de una revolución democrática que empezara por lo cercano.
Aún de resaca post-24M, todavía ando digiriendo el cóctel imposible de profunda alegría –porque en muchísimos municipios de este país la apuesta ha dado más que buenos frutos– y de igualmente profunda preocupación: ¿cómo hacer para no defraudar las expectativas propias y colectivas, para convertir estas primeras conquistas en una palanca de cambio de calado, en un primer paso capaz de escalar del ámbito municipal a niveles cada vez mayores de democratización?
Ocasión inmejorable, por lo tanto, de volver a echar mano de aquel librito capaz de iluminar en estos momentos de cierta desorientación.
 

Desorientación porque en este camino de experimentación que ha puesto rumbo, imparable ya, hacia una transformación radical de lo que entendemos por política, por común y por economía, cada pequeño avance, sobre un mapa que no ha sido trazado de antemano –¡qué alivio! ¡qué desazón!– significa un itinerario nuevo y desconocido por explorar. El último capítulo del libro citado puede dotarnos, en este sentido, de ciertas herramientas indispensables para llenar la mochila de este largo viaje de cambios estructurales.
Porque en los grandes medios de comunicación la mayoría de las preguntas se dirigen a las caras visibles de las fuerzas políticas protagonistas de los sorprendentes resultados electorales, las tertulias se centran en torno a los pactos posibles—cuáles, cuántos, con quiénes, a cambio de qué— y las interpretaciones tratan de hablar de lo nuevo reembutiéndolo en viejas categorías de análisis: otra vez la izquierda y la derecha, los liderazgos, las etiquetas habituales para encajar lo que no se entiende: que si tal cosa solo puede ser marca blanca de tal otra, o tal nuevo partido, la nueva versión de otro anterior, etc.
Todas estas cuestiones tratan de analizar lo nuevo o no tan nuevo pero sí, cuanto menos, diferente respecto a lo acostumbrado, con paradigmas de interpretación viejos y desde formatos ya más que desgastados. Porque no se atreven, o les da pereza o, sencillamente, les es difícil –y a todas las personas nos cuesta– deshabitarse de lo de siempre para volverse capaces de habitar lo inédito.
 

Conceptos, prácticas, estructuras y objetivos tan inusitados como, por ejemplo:
 

  • organizaciones políticas que no dependen principalmente de determinados líderes o lideresas: más allá del tirón mediático o de la credibilidad suscitada –bien merecidamente– por determinadas figuras, las apuestas municipalistas deben ser, principalmente, espacios de confluencia que sobrepasan con mucho el viejo reparto de intereses de las coaliciones, intentando generar espacios de toma de decisión plurales, conflictivos, democráticos. El mandar obedeciendo, esto es, recogiendo los deseos, necesidades, propuestas e iniciativas precedentes de la sociedad, empieza en la propia estructura de estas iniciativas políticas, que buscan ser capaces de pensar y de actuar más orgánicamente.
     
  • programas que no son simples cálculos de cómo ganar más votos aunque siempre asegurando que el eje de articulación de todas las decisiones –la acumulación de beneficio en una minoría social– permanezca inalterado, sino herramientas de sustitución de ese eje de acumulación por uno diametralmente opuesto: el del sostén común de unas vidas, individuales y colectivas, dignas de ser vividas. El objetivo es tender hacia una sociedad que, basada en la interdependencia, aspire a la sostenibilidad de todos sus miembros y del ecosistema que les permite vivir, colocando las aspiraciones del “buen vivir” –reparto igualitario de la riqueza, recursos comunes universalmente accesibles– en el centro.
     
  • potencia política que no se entiende como un cambio de unas caras por otras o de las antiguas instituciones por unas simplemente distintas –y, a poco esfuerzo que se haga, mejores que las anteriores–, sino como un generador de empoderamiento singular y colectivo. Un motor capaz de convertir estos tiempos de apropiación social de las instituciones en un viaje transformador que nos arme, con todos los recursos posibles, para la sublevación permanente frente al poder instituido. Para que la política sea siempre algo vivo, la herramienta de una sociedad organizada, informada, activa, inquieta y crítica. A este fin es indispensable que la palanca de cambio desde lo local esté en manos de un movimiento municipalista.

Desde el 15M somos los y las privilegiadas protagonistas de un cambio que, con el tiempo, hasta podrá convertirse en antropológico: el de un poder que no se impone desde arriba, sino que se maneja como herramienta de transformación desde abajo, el de una ciudadanía que no espera, pide, se decepciona, agradece o se queja, sino que piensa, inventa, se organiza, propone, decide...
Ni la política suele proporcionarnos momentos tan rotundos de alegría –la de ver a Ada Colau convertida en rostro de un común que entra en tropel a las instituciones, por ejemplo, o la despedir, por fin, en Madrid, a la derecha más rancia y usurpadora de un poder político usado en su único y exclusivo beneficio–, ni la Historia abunda en oportunidades de transformación estructurales como la que estamos viviendo durante estos últimos años en el Estado español.
Todo un desafío en nuestras manos, y ¡esto no ha hecho más que empezar!

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