Compromiso y cuidado en la ciencia



¿Cómo pensar la ciencia más allá de la producción de verdades únicas? ¿Se puede hacer crítica de su epistemología sin que sea ”irracional“?
La pregunta sobre qué sociedad queremos pasa necesariamente por la pregunta de cómo y qué ciencias hacer.
Rebeca Ibáñez Martín en DiagonalCuerpos


En el número 226, Adolfo Estalella y Tomás Sánchez Criado constataban que el 15M había puesto en evidencia las principales instituciones de nuestra sociedad excepto una, apenas removida: la ciencia. En efecto, el contenido, el método y la comunicación de la actividad científica sigue sin emitirse y recibirse de forma crítica. Y eso a pesar de que las prácticas científicas, como cualquier actividad generadora de conocimiento, han de ser necesariamente reflexivas. Y esto pasa por el tipo de mundo en el que deseamos vivir.
Vale la pena acercarnos a la práctica científica, no sólo para leer la sección de conclusiones, sino también la de métodos
¿Qué quiere decir esto? Frente a las visiones triunfalistas y acríticas de la ciencia como un esfuerzo lineal y acumulativo –donde se descubren “hechos de la naturaleza”–, los estudios sociales de la ciencia y la tecnología (CTS) muestran cómo los métodos y los hechos van de la mano de las prácticas de observación experimental que les dan forma. Así, la actividad científica es una práctica socio-cultural y las divisiones contenidas en expresiones como “ciencia y cultura” y “naturaleza y cultura” son dicotomías ficticias. Esas expresiones duales sugieren que lo “social” y “lo científico” son independientes y sólo entran en relación sin son forzadas. Sin embargo, no se trata de dos dominios distintivos, sino en tensión.

El género como sesgo

La antropóloga Emily Martin demostró que los “hechos” de la reproducción humana se nutren de una narrativa en la que se escogen unos dispositivos experimentales y resultados empíricos frente a otros. En el caso en particular que estudió Martin, el esperma es un ejército de organismos activos y agresivos que penetran al pasivo, seductor y quizá un poco torpe óvulo. Estudios posteriores han mostrado que es el óvulo el que absorbe a los espermatozoides, atrayéndolos hacia sí y haciendo una criba previa. Otro ejemplo de cómo determinadas narrativas culturales alteran la forma en que se analizan los hechos y se desarrollan las conceptualizaciones para dar cuenta del material empírico es el de las hormonas, estudiado por Nelly Oudshoorn, Adele Clarke y otras feministas en Europa y en América. En la primera mitad del siglo XX se asignó a las hormonas la cualidad femenina y masculina, según el caso. Pero Adolf Butenadt observó que unas se transforman en otras y que hombres y mujeres tienen hormonas de las dos denominaciones. Si las hormonas se transforman y se contienen unas a otras, ¿por qué hablar de hormonas femeninas y masculinas? El sesgo del sexismo contribuía a naturalizar la dicotomía sexual.
Los estudios de la etiología de la malaria se han servido y se han desarrollado gracias a los estudios sociales sobre los vectores de transmisión de esta enfermedad
Estudios como los de Martin, Oudshoorn y Clarke han ofrecido repertorios empíricos y teóricos que acercan a las prácticas de laboratorio para entender y analizar las prácticas epistémicas. Se encargaron de “desempaquetar” lo que sabemos y descomponerlo en sus partes. Y así se constata que las prácticas científicas no se localizan fuera de lo social. Aquello que llamamos “lo natural” no es una tábula rasa donde se cincela la cultura, ni tampoco la biología es sólo “natural”. Los estudios sociales de la ciencia y la tecnología han sido capaces de desestabilizar la manera en la que se plantea la veracidad y la realidad de los hechos poniendo el foco en el modo concreto en que éstos se producen. Cuestionamos las aparentes certezas, la indisputabilidad de aquello que se percibe como monolítico y real. Y vemos que, en muchas ocasiones, hechos presentados como irrefutables tienen una historia detrás que, precisamente, les hace parecer tan unificados y poco problemáticos.
Estas polémicas ponen de manifiesto cómo las versiones que explican la reproducción humana y la diferencia sexual son una realidad que representa y reifica la dicotomía sexual y de género. Y cómo estos hechos no serían incontrovertibles.
Todo esto contrasta con la obstinada insistencia de presentar la ciencia como una cultura ideal. Para muchos de los que trabajamos directamente con temas científicos no nos vale con negarnos a entrar en el debate entre lo que es real y material frente a lo que es discursivo, emulando posturas realistas frente a críticas discursivistas. Frente al modelo de opuestos binarios que supone una posición realista frente a la discursivista, vale la pena acercarnos a la práctica científica, no sólo para leer la sección de conclusiones, sino también la de métodos. De esta forma seremos capaces de no sólo comprender mejor las actividades científicas y sociales, sino también, y más importante, de intervenir de forma activa sobre los mundos que queremos. Y esto pasa por el tipo de exploración colectiva que queremos convocar o las interferencias a ciertos modos de investigar que queremos desarrollar. Y de paso deshacemos ciertas idealizaciones y propiciamos conversaciones que vayan más allá de la representación en términos de dos culturas inconmensurables: la de los practicantes de la ciencia y la de los que la analizan desde las ciencias sociales.

Para intervenir en el mundo

No se trata sólo de trabajar para criticar las ciencias, hay que buscar maneras de seguir trabajando con ellas. Ejemplos exitosos tenemos: los estudios de la etiología de la malaria se han servido y se han desarrollado gracias a los estudios sociales sobre los vectores de transmisión de esta enfermedad; otro: las aportaciones conjuntas desde ciertos
sectores del activismo y de los estudios sociales de la ciencia han promovido la eliminación de ciertas categorías psiquiátricas en el DSM-5 (el manual de diagnóstico de trastornos mentales recomendado por la OMS). En concreto, las relacionadas con la patologización de identidades, conductas y deseos sexuales. La pregunta sobre qué sociedad queremos pasa necesariamente por la pregunta de cómo y qué ciencias hacer.

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