El problema del partido-movimiento. El caso de Los Verdes

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¿Tiene algo que ver nuestra actual coyuntura con lo que ocurrió a finales de los años setenta? El caso de Los Verdes nos puede ofrecer algunas pistas provechosas.
Pablo Carmona (Observatorio Metropolitano de Madrid) | Madrilonia [Extracto del libro La apuesta municipalista de próxima aparición]

En 1972, el Movimiento por la Defensa del Medio Ambiente obtuvo casi el 18 % de los votos en Suiza. El principal punto de su programa era la defensa del lago Neuchatel. Tres años después, el Green Party de Gran Bretaña obtuvo unos excelentes resultados en las elecciones de 1975. En 1981, las listas municipalistas verdes de Suecia se agruparon en el Partido Verde. Movimientos similares se produjeron en Francia, Bélgica, Austria y Alemania. En 1984 los partidos verdes obtuvieran 3.384.000 votos en las elecciones europeas.
En un proceso que dura más de 10 años, se puede reconocer un camino que va desde las pequeñas candidaturas municipales hasta las propuestas electorales a nivel estatal. Aquel momento histórico tiene algunos parecidos con el actual. Tras un fuerte proceso de deslegitimación de la política institucional, altos niveles de movilización y la creación de un sustrato social amplio y favorable a cambios profundos, algunos movimientos se decidieron a asaltar las instituciones, al menos en los niveles municipal y regional. Conviene recordar que la década de los setenta estuvo caracterizada por una fuerte crisis económica y por amplios movimientos en defensa del territorio y el medio ambiente.
Las luchas de pueblos y ciudades contra la contaminación, la energía nuclear o por la defensa del territorio generaron gigantescos movimientos sociales. En Francia, la FFSPN (Federación Francesa de Protección de la Naturaleza) llegó a agrupar a 1.100 asociaciones que sumaban 850.000 miembros. En Alemania, la DNR (Deutscher Naturesschurtzing) llegó a contar con más de 1.000 agrupaciones que comprendían a tres millones y medio de personas.
El dilema al que se enfrentaron estos poderosos movimientos fue el de la asimetría entre su alta capacidad de movilización social y su escasa capacidad de impacto en las estructuras de poder. El sistema de partidos y los regímenes políticos del momento, a pesar de su amplio descrédito social, seguían gobernando de espaldas a las reivindicaciones sociales y al rico tejido político extraparlamentario que se había generado en los años previos. Los movimientos acabaron por plantearse su concurrencia a las elecciones con el fin de desbancar a la vieja clase política surgida de la Guerra Fría. En la mayor parte de los casos, la apuesta electoral se debió a un encuentro entre los movimientos de defensa del medio ambiente, que habían producido una verdadera corriente de opinión favorable a las tendencias verdes, y algunos movimientos de la izquierda alternativa y radical de los años setenta entre los que también despuntaba el nuevo ecologismo.
Un caso ilustrativo es el de las primeras listas locales en Alemania. En 1978, en la ciudad de Bremen, un grupo de exmilitantes del SPD (la socialdemocracia alemana) lanzaron la Lista verde de Bremen. La ideología productivista del SDP, su rechazo a las nuevas tesis ecologistas y la presión de los grupos más jóvenes del socialismo, acabaron por romper al partido en uno de los Länder más importantes. Las listas son también significativas de la constitución de una nueva cultura política en la que confluyeron tanto sectores de los denominados K-Grupps (extrema izquierda), como de los Juros (Juventudes del SPD) y de los nuevos movimientos contraculturales y sociales. Sobre este sustrato, candidaturas como la de Bremen dibujaron un espectro político diverso que poco a poco se fue condensando en los nuevos partidos verdes.
En 1977, las candidaturas verdes francesas alcanzaron un 9 % de los representantes en las circunscripciones municipales en las que presentaron candidatos. Entre 1976 y 1979, las listas verdes alemanas empezaron a ganar concejales en pequeños ayuntamientos; en 1979 entraron en el parlamento regional de Bremen. De manera descentralizada, los nuevos movimientos ecologistas estaban organizando un amplio asalto institucional. Y así fue como en 1980 se constituyeron Die Grünen en la República Federal Alemana y en 1984 Los Verdes de Francia. En palabras de un militante verde de la época:
Las actividades encaminadas a fundar un partido ecologista a nivel regional y federal transcurrieron febrilmente: cada cual intentaba alcanzar una posición de salida favorable. Se actuaba en alegre confusión, a veces desde arriba, otras desde abajo, a veces integrando mucho y otras sin izquierda o sin derecha, y en muchas ocasiones sin base militante.
La suerte de estas experiencias fue desigual. Con el paso de los años, los verdes franceses, tras sus primeros avances municipales, acabaron por tener una trayectoria muy minoritaria y con poca incidencia parlamentaria. No obstante, los alemanes lograron romper las barreras del sistema de representación en el Bundestag. Su evolución entre 1976, con las primeras candidaturas municipales y su ascenso electoral hasta 1985, supuso un experimento político de gran relevancia.
En 1980, Die Grünen publicaron su Programa federal, este marcó la agenda del partido durante toda la década siguiente. Los Verdes se definieron en torno a cuatro principios: ecología, justicia social, democracia de base y no violencia. Estas cuatro ideas constituían los pilares ideológicos de una organización que había surgido de la unificación de multitud de candidaturas locales y regionales, así como de muchos y muy diferentes grupos y tendencias. Los resultados electorales señalaron su espectacular crecimiento: pasaron de 1,5 % de los votos en 1980 al 8,9 % en 1987.
El rápido ascenso de Los Verdes se debió fundamentalmente a dos elementos. El primero era la fuerte presencia social del movimiento ecologista y de defensa del medio ambiente. A esto se sumaba a que en la medida en que estaba anclado en las luchas locales, el partido logró aglutinar una gran diversidad de perfiles sociales. Estas dos características facilitaron la proliferación de las candidaturas.
La gran alianza que se articuló alrededor de la marca «Los Verdes» no dejó, sin embargo, de erosionarse con el paso del tiempo. Desde el principio, la enorme diversidad de tendencias impuso una gran complejidad interna. De las muchas razones que acabaron por desvirtuar a Die Grünen dos resultaron cruciales.
La primera tiene que ver con la compleja tensión entre movimiento y partido. En todas las experiencias que resultaron de la izquierda alternativa de los años sesenta se planteó la cuestión de cómo adquirir mayores niveles de organización, efectividad y escala sin romper el vínculo democrático entre el movimiento y la estructura de coordinación y/o partido. El problema era fácil de resolver en las pequeñas candidaturas verdes, pero en escalas mayores como los grandes ayuntamientos o las regiones, y no digamos en las elecciones estatales, el panorama resultaba mucho más complejo. La solución de compromiso se intentó expresar con una imagen que se ha repetido mucho desde entonces: un cuerpo con dos piernas, una estática que descansa en las instituciones (el partido) y otra libre fuera de las mismas (los movimientos).
La relación resultaba, no obstante, problemática, y esto al menos en dos aspectos. De un lado, y en lo que se refiere a los movimientos, caracterizados por un alto grado de movilidad, recambio y una composición más bien compleja, que además variaba con la coyuntura, resultaba muy difícil mantener una estructura organizada y permanente, al menos tan sólida como la que requiere un partido, donde el ritmo parlamentario y la profesionalización son casi un prerrequisito. Die Grünen tuvo este problema muy presente desde el principio y por esa razón su estructura otorgaba un enorme protagonismo a las agrupaciones locales y regionales, que fieles a sus raíces funcionaron como entes totalmente autónomos. A este sistema de democracia de base y de poder local se le añadía un complejo sistema de coordinación rotativa y no remunerada —al menos en los primeros años—, compuesto por la Asamblea General anual, la Presidencia Federal (órgano colegiado) y el Consejo federal, instrumento de control que servían para coordinar a los parlamentarios. Todos los órganos podían ser controlados por los afiliados. Los Verdes trataron así de organizarse de manera abierta, permitiendo que cualquier persona no afiliada pudiera ocupar cargos y participar en el partido de distintas maneras. Conviene tener en cuenta que la organización pasó de tener algo más de 10.000 afiliados en 1980 a 40.000 en 1987.
El crecimiento del partido hizo que los lazos de reciprocidad, confianza y corresponsabilidad, propios de grupos pequeños, resultasen insuficientes para garantizar la organización. Esta exigía un mayor grado formalización así como profesionales (burocracias), sobre todo en lo que se refiere a la relación entre la base y los cargos elegidos. El desarrollo de un cierto contractualismo político que requieren las organizaciones formales así como de una burocracia política, hizo cada vez más difícil garantizar un nivel de control político suficiente sobre los cargos representativos. De hecho, este control sólo se mantuvo en algunas cuestiones, a modo de código ético no escrito. Además, el crecimiento se dio en un ambiente de repliegue de los movimientos así como de intensa transformación de los mismos. En cierta medida esas mutaciones resultaban difíciles de asimilar para la organización, que veía como se debilitaban sus bases tradicionales, al tiempo que surgían nuevos movimientos sociales que ya no se reconocían en el partido.
Esto fue lo que sucedió en Berlín. Allí la emergencia del movimiento autónomo, agrupado en círculos informales pero con una buena red organizativa y comunicativa, no se reconoció en la vía parlamentaria de Los Verdes. Con sus reivindicaciones y sus acciones de protesta, organizadas en torno a los centros sociales okupados, estos movimientos pusieron en serios aprietos a las candidaturas locales ecologistas que ya habían adquirido cierto poder institucional. En este caso, la recomposición de los movimientos rompía viejos consensos y animaba nuevas contradicciones dentro de un partido cuya fuerza emanaba de la complicidad con los movimientos sociales.
El segundo problema se podría resumir en la «tentación realista» que siempre produce la política institucional. Los Verdes produjeron una importante ruptura en el ámbito institucional alemán. Sus propuestas y sus parlamentarios eran irreverentes. Basta recordar el episodio de las dos jóvenes diputadas Petra Kelly y Golzy Gotterstal vestidas con camiseta y zapatillas, en la investidura del canciller Helmut Khol, con una pancarta contra la intervención de Estados Unidos en Nicaragua. O también algunos casos de manifiesta insumisión institucional, como cuando los diputados verdes declararon que su mandato sería imperativo, algo explícitamente prohibido en la Constitución alemana.
No obstante, los Verdes tuvieron que enfrentarse al problema de ocupar cientos de cargos políticos a partir de un movimiento altamente descentralizado y en el que convivían sensibilidades y aspiraciones muy distintas. Caso aparte de la presencia de grupos claramente conservadores, muy minoritarios en cualquier caso, el partido estaba dividido en dos grandes tendencias. De un lado los Fundis, más apegados al ámbito alternativo, en el que se agrupaban desde ecosocialistas hasta ecofeministas; de otro, los Realos, que defendían un mayor pragmatismo político y un grado mayor de negociación con el sistema de partidos. Esta división se ha interpretado normalmente en clave ideológica. Con ello se representaba la división del partido en dos corrientes políticas, una definida en torno a principios más autónomos y alternativos, la otra impregnada de mayores dosis de reformismo político. Sin que este deje de ser el eje vertebrador de la división, conviene considerar los propios vicios y posiciones no deseadas en las que se sitúa cualquier formación política, por alternativa que sea, cuando alcanza cierta capacidad de representación en el marco del sistema político-institucional.
El partido, como se ha señalado, se asentó sobre la base de movimientos locales/regionales, sobre estructuras y candidaturas articuladas de manera descentralizada y con amplia autonomía. Su organización sólo podía reposar sobre acuerdos amplios pero débiles en tanto su objetivo era facilitar la integración de una amplia diversidad. En 1984, sin embargo, estos acuerdos estallaron dando lugar a una amplia crisis interna. En junio de ese año, y contra todo pronóstico, Die Grünen se consolidaron como una fuerza política de primer orden en las elecciones europeas: consiguieron más de dos millones de votos.
El acceso al poder aceleró la importancia de tomar de posiciones dentro del partido. En el mes de diciembre, la Asamblea federal sirvió de escenario para representar la división del partido. En aquel encuentro, abandonaron la formación los primeros grupos Fundis. Al año siguiente, se produjeron importantes derrotas electorales en algunas regiones, acompañadas por un pronunciado reflujo de los movimientos sociales. En esta tesitura, el sector de los Realos, encabezado por Joschka Fischer, firmó un acuerdo de gobierno en el land de Hessen. El acuerdo abrió las puertas a una nueva fase de realpolitik dentro de Los Verdes alemanes que se fue imponiendo paulatinamente con el paso de los años.
Pero ¿en qué consistía el realismo político? Dentro del partido siempre hubo una importante discusión sobre las relaciones con el SPD. No en vano a nadie se le escapaba que la oportunidad política de Die Grünen pasaba por desmembrar y atraer hacia los postulados verdes a gran parte del electorado socialdemócrata, al igual que había sucedido unos años antes con los jóvenes Juros. La estrategia de Los Verdes frente a la socialdemocracia se convirtió en el catalizador de las diferencias dentro del partido. De una parte, en algunas regiones como Hessen, Los Verdes se adaptaron al juego de fuerzas institucionales; apoyaron al SPD cediendo en algunas materias esenciales. El objetivo era ganar protagonismo a través de pequeñas victorias en los gobiernos de los länder. Esta era la posición de los Realos de Joschka Fischer, Otto Schily o Daniel Cohn-Bendit. La posición Fundi se articuló, en cambio, en torno al concepto de «tolerancia» acuñado por la lista verde de Hamburgo. Este se refería a la posición de no pactar nada con el SPD a no ser que este aceptase al completo las propuestas verdes. Finalmente, fue el experimento de Hessen, y no el de Hamburdo, el que acabó por definir la línea del partido.
La evolución de Los Verdes se saldó con la victoria de las posiciones de los Realos, pero los intensos años que van de 1976 a 1986 ofrecen algunas lecciones que pueden ser de utilidad para todas las experiencias que quieren conjugarse en la relación partido-movimiento. La primera es que la fuerza parlamentaria debería medirse no en relación a la composición interna del Parlamento sino en proporción con la capacidad de intervención del movimiento que la sustenta, en este sentido, no siempre la fuerza del movimiento (capacidad de intervención política) es equiparable a la fuerza electoral (volumen de votos).
La segunda cuestión es que el programa de actuaciones debe encaminarse a destituir el plano institucional en el que se participa y no tanto a reforzar sus estructuras. Esta cuestión es la que fue planteada por la candidatura de Hamburgo. La posición de los Realos llevó a la desmembración de las bases del ecologismo social, donde todos los temas estaban relacionados y donde la cuestión medioambiental no podía desligarse de la cuestión social.
En tercer lugar, Los Verdes alemanes muestran que es necesario buscar formas de participación y organización que superen la dicotomía centralización-descentralización. Sólo por medio de un modelo federal que compatibilice un sentido común fuerte con la autonomía de las partes se puede construir una propuesta organizativa que no caiga ni en el despotismo de lo singular ni en la centralización sobre la base de la oportunidad política y la efectividad.
En definitiva, Los Verdes han sido una de los experimentos más acabados de la idea de un «partido antipartido», levantado sobre la base de cientos de grupos y colectivos de base local. Sin embargo, todos los blindajes programáticos y los fuertes controles de transparencia y democracia interna no fueron capaces de evitar su deriva oportunista o «realista», y esto debido a varias razones. En primer lugar, su composición interna, diversa y heterogénea, no resultó ser sólo una ventaja: el partido se convirtió en la última parada para muchos y muchas militantes y organizaciones que vieron en este la última oportunidad de «hacer política». Se desencadenó así lo que Joachim Jachnow llama «dialéctica de los éxitos parciales», que terminó por conducir a Los Verdes a la vida política normalizada, articulada en torno a los pactos de gobernabilidad. Por otra parte, el movimiento partido demostró una notable incapacidad para articular un discurso público y bien elaborado capaz de dar cuenta de la contradicción entre sostenibilidad ambiental y expansión económica. Estos y otros puntos débiles, hicieron que el Partido verde se desvirtuase y debilitase poco a poco como fuerza social, dejando el camino libre a las opciones más conservadoras de la formación política

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