El derecho a la cultura como bien común (y2)

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Una cultura que promueva la construcción de otras subjetividades y procesos de liberación y contribuya al desarrollo pleno de las libertades democráticas y promueva una sociedad más justa de mujeres y hombres libres, como una manera integral de entender la democracia.


En diferentes foros locales promovidos por varios agentes y colectivos independientes, conscientes de la situación crítica del sector, estos días se ha vuelto a hablar del papel de la cultura, de su función social o de la precaria situación de sus trabajadores. En el Gaztetxe Kortxoenea, se debatió, a veces con visiones antagónicas, sobre las paradojas y contradicciones de una ciudad como Donostia/San Sebastián que impulsa, por un lado, la construcción de ciertas grandes infraestructuras, como el tren de alta velocidad y, por otro, una Capital Europea de la Cultura que proclama apoyar una cultura ecológica, social y pedagógica; en Durango, se convocó el foro Guk Geure Kulturaz y en Madrid este fin de semana, promovida por varias asociaciones profesionales, también ha tenido lugar una gran manifestación bajo el lema “Cultura somos todos”. Dentro de unas semanas, el colectivo navarro Kultura Prekaria coordina otras jornadas en el nuevo local de Katrakak, la célebre librería con cafetería y espacio social autogestionado pamplonica, heredero de la pionera Hormiga Atómica.
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En medio de estas iniciativas ciudadanas, también se ha organizado, esta vez en Bilbao, el Forum d’Avignon, uno de esos grandes encuentros de expertos internacionales donde se han analizado las tendencias hegemónicas de las políticas culturales actuales. Según dice la información de la organización, “se mostrará cómo la cultura ayuda a impulsar el desarrollo económico de las ciudades y el bienestar general de la ciudadanía, incrementa el grado de innovación y creatividad y resulta decisiva a la hora de afrontar un atractivo y una competencia globales”.
Como dice mi  buen amigo Ricardo Anton de Colaborabora en su texto ”Entre círculos y pirámides GEUK (Guk Geure Kulturaz) fue un encuentro en círculo -ya desde su propia gestación, promovido desde el propio tejido-. en el que todas podíamos proponer y aportar, asumiendo unas normas mínimas comunes, corresponsabilizándonos, sin tarimas, sin espacios de autoridad, debatiendo, confrontando ideas, tomando acta, haciendo de abeja y de mariposa, montando y desmontando, dando lo mejor de nosotras mismas esperando encontrar lo que íbamos buscando. Un encuentro en el que lo importante ha sido sumar y disfrutar de la diversidad, para multiplicar, reconociéndonos desde las diferencias. Un evento en el que también hemos vivido momentos de crisis, conflictos y algunos problemas, pero problemas que unen, que nos hacen más grupo, porque son problemas de todas… ¡Y seguimos trabajando-compartiendo! El Forum de Avignon, empezaba y terminaba siendo un acontecimiento político institucional; un juego de roles y representación simbólica. Pirámide o como poco mastaba (en ese edificio de estética bastante egipcia que el la Alhóndiga). Un auditorio donde 400 personas escuchan a 30 que ocupan aceleradamente su tiempo sobre la tarima. Una posmoderna concatenación acrítica de discursos hegemónicos (con el correcto-elegante nivel de contrahegemonía, que debe incluir cualquier evento cultural que se precie). Una montaña rusa con pendientes extremas que te llevaban de Saskia Sassen al Director de Estrategia de la Autoridad de Museos de Qatar. Un egosistema de posturas diversas, contradictorias, que más que fomentar un cruce de sentidos, producen un ¿sinsentido? Da igual lo que hagas y digas, nada se salva… PURO RUIDO. Un antiforo, en el que cualquier voluntad de hackear el sistema nunca estuvo verdaderamente en el horizonte, imposibilitada de antemano (por un dispositivo de puro soft power) o simplemente por propia incapacidad (demasiado ingenuas, buenistas, posibilistas, pretenciosas o despreocupadas)… Pretender ser Caballo de Troya y terminar siendo un Pequeño Pony (siempre contento). Ver la trampa y aun así caer en ella, seducidas por la engañosa idea de ‘oportunidad’ ¿oportunidad, para qué? Y una vez más, sin táctica ni mucho menos estrategia. Sin salir del círculo vicioso de la PRECARIEDAD: la precarización a la que se nos somete, la autoprecarización y el precarizar a otras… (de plazos, recursos, transparencia, formatos, espacios de representación…)”
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Más allá de estos y otros foros, después de casi cuarenta años de entusiasmo y pasión profesional, a la  vista de cómo se encuentra el sector cultural, comparto la idea de la artista Alejandra Riera y el filósofo y terapeuta Peter Pál Pelbart cuando dicen que para abordar el futuro hay que comenzar por aceptar cierto desencanto inicial. Sobre todo, cuando muchos gestores culturales venimos de un tiempo de entusiasmo en el que conseguir abrir una guardería pública, inaugurar una casa de la cultura o un teatro, regenerar un museo o poner en marcha un centro de arte era un logro social; y hemos pasado, lamentablemente, a otro en el que la burbuja inmobiliaria y su hija menor la cultural han engendrado monstruos innecesarios en numerosas ciudades; como nos recuerda el filósofo José Luis Pardo en Nunca fue tan hermosa la basura, escombros entre cuyos espectros vagamos: urbanizaciones sin compradores, aeropuertos sin aviones, trenes sin viajeros, ciudades de la luz, de la imagen, artes o cultura sin luz, imágenes, artes ni cultura.
Lamentablemente, ahora que los recursos públicos son escasos, se tiende cada vez más a reducir el valor de la cultura a una cuestión de coste-beneficio y su defensa se limita a proteger, únicamente, su valor como motor económico. Es decir se la reduce a su condición utilitaria, despojándola de todo su potencial político y, sobre todo, emancipador.
Desde que el capitalismo puso su ojo, o mejor dicho su garra, en todos los aspectos de la vida, desde que la sociedad entera se vuelve una articulación de producción y la vida se convierte en el verdadero mercado -se trata, cada vez más, de que el individuo sea emprendedor, es decir empresario de sí mismo-, las viejas armas poético/estéticas del arte y la creación se muestran, ahora, camufladas bajo la apariencia dócil y práctica de la innovación aplicada, la creatividad empresarial o las industrias culturales, que casi siempre se piensan más desde el valor de cambio y mucho menos desde el valor de uso.
Se impone así un modelo cultural autocomplaciente que tan solo persigue formas reconocibles, de fácil digestión. Parafraseando a Zygmunt Bauman, se trata de una cultura líquida destinada a satisfacer a “todos los públicos” con la esperanza de atraerlos, captarlos y retenerlos durante ese instante fugaz que, tras el acto de comprar y pagar, se consume “feliz”, idealizando la inconsistencia y poniendo en valor sus aspectos más triviales.
A la sombra de esta realidad, construida de forma interesada, determinados sectores de la denominada sociedad económica han concluido que, definitivamente, ha llegado el tiempo de un cambio de paradigma; y proclaman que, a la vista del mal funcionamiento de las instituciones públicas, ahora las fuerzas económicas del tejido empresarial van a asumir un papel impulsor del sector cultural, de acuerdo con las obligaciones derivadas de su responsabilidad social corporativa. No hay más que seguir de cerca la publicidad de los grandes bancos, empresas de seguros, etc. que, después de contribuir a liquidar las inversiones en cultura del Estado, ahora se proclaman generosos salvadores del sector.
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Ante esta situación de “liquidación” en la que se encuentra el sector público, como ya he dicho, empiezo  por aceptar cierta decepción, incluso fracaso, pero asumiendo que esta posición inestable puede ser también la condición previa para abordar nuevas ilusiones.
Porque, a pesar de todo, no podemos olvidar que, en la mejor tradición ilustrada, también la cultura ha sido muchas veces, junto a la educación, – también son un yugo-  un excelente mecanismo para actuar contra la realidad complaciente; una máquina de resistencia frente a las imposiciones; un magnífico instrumento para combatir la barbarie, hacer retroceder la ignorancia y formar personas libres e iguales. Así pues, no tengo ninguna duda de que el arte y la cultura, como otros sectores sociales protegidos, necesita apoyo público, pero antes tendremos que empezar por determinar el sentido de esa inversión.
Los profesionales del sector tenemos mucho trabajo por hacer para que nuestro sistema cultural sea capaz de discernir lo necesario de lo superfluo, aquello que pone en el centro el bien común y su vocación pública de lo que está determinado por intereses privados, para el beneficio y la riqueza particular. La cultura, como la vida, se ha convertido en un campo de batalla donde se dirimen modelos sociales muy distintos, incluso antagónicos, en algunos casos absolutamente incompatibles. Y aunque nos empeñemos en mostrar fotos de familia, como en la manifestación de Madrid, defendiendo la cultura, no creo que  todos siempre se refieran a lo mismo, porque en numerosas ocasiones yo no me siento identificado con esas imágenes corporativas, ni comparto sus fines, ni sus objetivos.
Frente a la consigna postmodernista o relativista de que tras las imágenes, las formas, los eventos y los acontecimientos  no debe haber ideología, otros pensamos que en términos de ética cultural no vale todo para cualquier fin y, en consecuencia, tenemos la obligación de ser consecuente con las condiciones materiales en las que  se encuentra el mundo en la actualidad y con el alcance que puedan tener las decisiones que se tomen, por muy insignificantes que puedan parecer.
Desde mi punto de vista , debemos optar, sobre todo, por una cultura de valores sociales, ecológica y vinculada a su potencia educativa y transformadora. Una cultura que responda a una pregunta que hace unos meses la filósofa Marina Garcés, autora de Un mundo Común, formuló en la última reunión de expertos sobre el Sentido de la Cultura que tuvo lugar en el CCCB de Barcelona: ¿me importa lo que hago? ¿Nos importa a cada uno de nosotros lo que estamos haciendo? Una guía vital que abra la puerta a hacer y a comprometernos con aquello que realmente nos importa, que nos afecta; una cultura que nos constituye, por un lado, pero que también nos invita a instituir nuevas formas, expresiones y por tanto transformar el mundo donde vivimos.
Así pues, en esta batalla por el derecho a la cultura como bien común, me sitúo al lado de  aquellas políticas públicas que apuestan por:
- un modelo cultural ecopolítico, comprometido con las futuras generaciones, con menos consumo y más implicación ciudadana (mejor agente productor activo que mero consumidor pasivo).
- menos eventos espectaculares y más inversión en proyectos que trabajan a medio y largo plazo.
- menos gastos en infraestructuras monumentales y más en pequeños y medianos equipamientos.
-  menos centralización y mas localización (asociaciones de barrio, colectivos sociales, pequeñas empresas etc..)
-  una cultura de alto rendimiento social con coste equilibrado, sin despilfarros, pero garantizando  el trabajo dignamente retribuido de los profesionales, artistas y mediadores.
-  una cultura que contribuya a ampliar los derechos sociales y no el capricho y el lujo de ciertas élites.
-  una cultura que no se piense sólo desde la bellas artes tradicionales, sino inserta en la construcción de lo social, es decir, construida desde la complementariedad y la cooperación interdisciplinar, pensada desde convergencia entre arte, cultura, educación, urbanismo, bienestar social, medio ambiente etc..
-  una cultura ciudadana, a ser posible, pensada y producida por la propia sociedad civil; frente a la burocratización de los procesos institucionales, mucho mejor la autogestión o la corresponsabilidad subsidiada, no precarizada, vuelvo a insistir.
-  un sistema cultural que afecte mucho más a los ecosistemas y redes micro, más desde y para las redes ciudadanas, creadores, agentes  y pequeñas y medianas empresas intermediarias y menos desde la maquinara funcionarial del Estado o los lobbies de la gran industria del ocio y el entretenimiento.
-  una cultura que incentiva mucho más procesos educativos vinculados al conocimiento, la formación y la experiencia.
-  una cultura que privilegie más iniciativas procesuales, a medio y largo plazo, que tiendan a generar proyectos más estructurales y menos coyunturales y pasajeros.
-  una cultura que tenga en cuenta los nuevos espacios relacionales generados en el marco del avance de las últimas tecnologías de la comunicación (Internet, medios telemáticos de comunicación, etc.), favoreciendo la implicación activa y comprometida de la ciudadanía.
- una cultura que acentúe, sobre todo, la participación de las generaciones venideras como clase emergente, infancia y juventud, sujetos activos y responsables de  un futuro por venir y que integre la creciente diversidad ciudadana, cultural, religiosa, de género, lingüística, entendiéndola como una oportunidad y no como una amenaza.
sociologia de la cultura
En fin, una cultura que promueva la construcción de otras subjetividades y procesos de liberación y contribuya al desarrollo pleno de las libertades democráticas y promueva una sociedad más justa de mujeres y hombres libres, como una manera integral de entender la democracia, tal como Raymond Williams, consciente de las implicaciones de la cultura en los procesos históricos y el cambio social, proponía en su Sociología de la cultura

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