La vida cotidiana como espacio de intervención


La esencia de la educadora es la relación educativa. Acompañando, jugando, realizando tareas domésticas, incluso vigilando se puede enseñar y educar. Pero sobre todo estos momentos de vida cotidiana constituyen el espacio en el que la profesional construye la relación educativa. 

Realizando una misma acción (por ejemplo jugar al pin-pong), su significación puede ser muy diferente si se encuentra enmarcada en un proyecto socieeducativo.
Imagen@Nolotarín en Educador de menores



El otro día tomando un café con unos amigos maestros, surgió en la conversación una pregunta sobre el salario de un educador en un centro de menores. 

Cuál fue mi sorpresa cuando ante mis quejas, valoraron que cobrar 1200 euros por cuidar y acompañar a unos cuantos niños les parecía más que razonable. Para ellos, llegar al trabajo y recoger a niños del colegio, hacer apoyo escolar, deporte, incluso ver la tv o ir de compras… no se podía comparar con el trabajo de un profesor. Argumentaban que el educador no tenía que programar cada día, ni impartir clases que hay que preparar, ni corregir y evaluar, ni hacerse cargo de 25 niños en un aula, etc. Incluso llegaron a observar ventajas en los horarios especiales, ya que por las noches o durante los fines de semana la exigencia del trabajo no se podía comparar con la de otras profesiones (como por ejemplo las sanitarias). Para el educador los horarios extraordinarios solo suponían vigilancia o realizar actividades de ocio (hacer deporte, ir de excursión, al cine, al parque, etc). Yo reaccioné rápidamente, evidentemente en un ataque de corporativismo feroz salí en defensa de la profesión. Defendí con contundencia que el educador también programa, prepara y evalúa cada acción, que se enfrenta con frecuencia a situaciones muy complejas de conflicto, sufrimiento, violencia o desmotivación… Que su tiempo casi siempre es todo de atención directa (como mínimo 35 horas a la semana). Y que además asume muchas veces horarios difíciles de conciliar con cualquier tipo de vida familiar. Por lo tanto para mí el salario ya mencionado, no reconocía adecuadamente los valores y exigencias de este trabajo.

Pero más tarde para mis adentros, tuve que reconocer que posiblemente mis amigos seguramente sin darse cuenta, habían tocado unos de los aspectos más “delicados” para esta profesión“la gestión de la vida cotidiana”. 

Entiendo que pretender argumentar que un saber técnico se puede desarrollar viendo la tv con los menores, haciendo deporte o jugando en el parque, resulte cuanto menos ambicioso. Únicamente es posible si conseguimos justificar estas acciones como educativas, pedagógicas y por lo tanto técnicas. Demostrando que a través de las mismas el educador conoce, comprende, y crea vínculos con el menor. Implementando un proyecto educativo individual y/o grupal, desde el que interviene en sus contextos de socialización. 

Creo sinceramente que acompañando, jugando, realizando tareas domésticas, incluso vigilando se puede enseñar y educar. Pero sobre todo estos momentos de vida cotidiana constituyen el espacio en el que el profesional construye la relación educativa. Como para el maestro su clase o para el terapeuta la entrevista, para el educador aparece la vida cotidiana como espacio de intervención. Me atrevería a decir que depende como se aproveche su gestión, se cualificará o desvirtuará la profesionalidad del educador/a. Evidentemente no todo el tiempo puede ser instrucción o educación para un menor, pero si cualquier tiempo permite construir una relación educativa desde la que articular una intervención técnica y cualificada.

Es cierto que para los educadores/as de espacios residenciales el reto de gestionar la vida cotidiana es mayor. En los espacios de medio abierto el tiempo de atención directa suele coincidir con actividades (entrevistas, talleres, clases, dinámicas de grupo, entrenamientos…). En cambio en el entorno residencial abundan los momentos mucho más “informales” (ver la tv, ir al médico, de compras, conectarse a internet, cenar…). Los tiempos de programación, seguimiento y evaluación también se ven mermados ante la presión de la atención directa continua.  

Para algunos el debate podría estar servido: la diferenciación de categorías y figuras profesionales. Colocarían auxiliares para la gestión de los espacios de vida cotidiana y técnicos (educadores/as) para el diseño y dinamización de actividades (talleres, dinámicas de grupo, elaboración de informes, etc). Pudiera tratarse de un modelo más claro y definido, con diferencias salariales y técnicas preestablecidas. Pero que en mi opinión dinamitaría la esencia de la figura profesional del educador/a, que no es otra que la relación educativa. 

Y ésta se gesta principalmente en los espacios de vida cotidiana. Estoy casi seguro que si se aplicase la mencionada diferenciación de funciones, en poco tiempo los auxiliares acabarían teniendo más capacidad de intervención con los menores que la mayoría de técnicos cualificados. De hecho, a algunos ya les pasa cuando coinciden en su recurso con una persona encargada de la cocina o de la limpieza que disfrute de cierta “gracia educativa”. Porque en nuestro campo profesional los cambios y el crecimiento se generan desde las experiencias y la relación, y éstas no entienden de funciones y categorías.

Por lo tanto, para cualificar la acción educativa en la gestión de la vida cotidiana, la programación y la evaluación se hacen imprescindibles para el educador/a. Esas competencias sí que podrían entender de categorías y establecer diferencias profesionales. Porque realizando la misma acción (por ejemplo jugar al pin-pong), su significación podrá ser muy diferente si se encuentra enmarcada en un proyecto educativo individual que articule una determinada intervención con el menor, o si tan solo responde a la acción asistencial del momento.

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