¿Será niño o niña?


El sistema sanitario decide en qué género vivirán los bebés que nacen con algún tipo de intersexualidad. Activistas e investigadoras debaten si la cirugía de asignación es necesaria para crecer en una sociedad binaria, o una mutilación genital que atenta contra la autonomía sexual de quienes no encajan en las etiquetas “hombre” y “mujer”, y suponen por tanto una constatación de la diversidad que caracteriza al ser humano.

June Fernández y Paloma Migliaccio en Pikara Magazine



Imagina que das a luz un bebé cuyos genitales no se corresponden con los considerados femeninos o masculinos, ya sea porque son ambiguos o porque presentan características de ambos sexos. ¿Qué ocurre en esa situación? ¿Quién toma las decisiones y en qué se basa? En resumen, el equipo médico recomendará seguir un protocolo que, según el síndrome diagnosticado, establecerá si el bebé ha de ser considerado hombre o mujer en base a las recomendaciones de un protocolo internacional. Su cuerpo será modificado a través de cirugía y hormonación.
La última palabra la tienen las familias, pero en la mayoría de casos se encuentran sin recursos para tomar una decisión libre de prejuicios e informada, y bajo la presión de  tener que adivinar qué será lo mejor para sus hijos o hijas en una sociedad en la que aceptar la diversidad sigue siendo una asignatura pendiente. Frente a quienes entienden que las intervenciones quirúrgicas son necesarias para que los bebés crezcan en un entorno marcado por el sexismo, el activismo intersex reclama que se deje de intentar normalizar sus cuerpos a golpe de bisturí.
La profesora de Biología y Estudios de la Mujer de la Universidad de Brown Anne Fausto-Sterling define a las personas intersexuales como aquellas que se salen del molde de lo que se considera macho o hembra. “En el mundo biológico idealizado y platónico, los seres humanos están divididos en dos clases: una especie perfectamente dimórfica” que presenta claramente diferentes características primarias (genitales, cromosomas) y secundarias (por ejemplo, la cantidad y distribución del vello). Fausto-Sterling advierte en su libro Cuerpos sexuados (Sexing the Body, 2000) de que esa narración pasa por alto la infinita diversidad que caracteriza a las personas: no sólo porque existen mujeres velludas y hombres imberbes, sino  porque “los cromosomas, las hormonas, las estructuras sexuales internas, las gónadas y los genitales externos: todos tienen más variaciones que lo que la gente supone”. Así, se considera intersexual a quien presenta alguna de esas variaciones.
Se estima que el 1% de la población tiene alguno de los 50 síndromes asociados a la intersexualidad

Poca gente conoce esa denominación. La popular, “hermafroditismo”, mitifica y distorsiona esta realidad, evocando a personas que tienen genitales femeninos y masculinos a la vez. Como dice el filósofo y activista intersex Mauro Cabral, todo el mundo sabe de alguien del que se cuenta que es “hermafrodita”. La sospecha de intersexualidad vertida sobre dos personajes de proyección internacional, la estrella del pop Lady Gaga y la atleta Caster Semenya, ha protagonizado titulares en los últimos meses, pero siempre envuelta de una mezcla de morbo, prejuicios y estigma. Esa distancia y extrañeza con la que se habla de la intersexualidad hace que mucha gente piense que es una leyenda urbana.

Pero, pese a la falta de cifras fiables, se estima que sumando a las personas afectadas por  alguno de los alrededor de 50 síndromes asociados a la intersexualidad, podrían englobar al 1% de la población mundial. Eso sí, el porcentaje estimado de bebés que presentan una variación genital susceptible de ser intervenida se queda en el 0,018%.


El movimiento queer (corriente que cuestiona el binarismo de género) ve en esta invisibilización una intencionalidad política, dado que encuentra en las personas intersexuales la prueba de que el sexo es múltiple y diverso, y que es la sociedad sexista la que se empecina en clasificar a las personas en dos categorías únicas. De hecho, fue un psicólogo conductista, John Money, quien utilizó en los años 50 la categoría género para defender que a un bebé intersexual se le puede aplicar cirugía y terapias correctivas para que desarrolle la identidad de género asignada, sin importar lo que digan sus cromosomas.
Para el movimiento queer, la propuesta de Money provoca una paradoja: al contrario de cómo explica el feminismo el sistema sexo-género (sexo como condición biológica y género como construcción social, condensada en la cita de Simone de Beauvoir, “la mujer no nace, se hace”), resulta que el sexo es múltiple y se usa la categoría “género” para reducirlo a dos únicas posibilidades.

La Organización Internacional de Intersexuales considera las operaciones como una mutilación genital que una sociedad sexista y fundamentalista impone a los bebés que se salen de la norma


La Organización Internacional de Intersexuales (OII) no duda en considerar que las operaciones de asignación sexual son formas de “mutilación genital” que una sociedad “sexista y fundamentalista” impone a los bebés que se salen de la norma binaria. Por ello, consideran que normalizar la intersexualidad como parte “una serie continua natural de variaciones anatómicas y genéticas”, no beneficiaría sólo a las propias personas intersexuales sino “a todas las personas oprimidas por el sexismo que prevalece en nuestra sociedad”.
Intersex
Kali Sánchez
Polémico consenso
Sin embargo, la medicina sigue interpretando y diagnosticando los casos de intersexualidad como patologías. Años atrás se asignaba al bebé un sexo siguiendo criterios de apariencia (de los genitales externos) y funcionalidad reproductiva. A la familia se le recomendaba una receta simple: cirugía  (a la que seguirían muchas más visitas al quirófano) y silencio. El procedimiento era arbitrario: dependía del profesional que estuviera al frente del caso y de los protocolos internos con los que contase el centro de salud. Resultaba más fácil reconstruir los genitales femeninos que los masculinos, de tal manera que si la elección “correcta” no era clara, al bebé a menudo se le asignaba el sexo femenino.


Esto provocaba, por un lado, que en algunos casos la asignación sexual coincidiera con los cromosomas, con el desarrollo hormonal, con su futura identidad sexual, y en otros casos no. Muchas personas han descubierto su intersexualidad en la adolescencia, cuando su desarrollo hormonal se ha manifestado contrario al sexo asignado. Y por otro lado, ha supuesto en muchos casos la imposibilidad o dificultades de esa persona de obtener placer en sus órganos sexuales.
La situación cambió drásticamente en 2006, con la publicación del informe  Consensus Statement on Management of Intersex Disorders. Desde entonces, un equipo médico formado por pediatras endocrinólogos, cirujanos pediátricos, genetistas o pediatras urólogos realizan estudios para conocer los cromosomas, las gónadas y hormonas del bebé. Con ese análisis, el propio Consensus indica qué síndrome presenta el bebé y qué sexo se recomienda asignar. Esa decisión se basa en estudios de satisfacción: es decir, se asigna al bebé el sexo que más grado de satisfacción ha cosechado en las personas con su mismo síndrome.

Desde 2006, un informe internacional indica qué síndrome presenta el bebé y qué sexo se le recomienda asignar

A partir de ahí, se interviene lo antes posible: cirugía para normalizar el aspecto y la funcionalidad de los genitales, y hormonación cuando se considera necesario para controlar la actividad hormonal. Por lo general, todo el proceso se realiza en unos pocos meses, seis a lo sumo, aunque algunos casos se alargan planteando dificultades a la familia: cómo hacer el registro civil, cómo evitar que gente ajena al entorno más cercano del bebé se entere de la situación, etc.
El Consensus no ha zanjado en cambio las discrepancias sobre qué hacer cuando nace un bebé con intersexualidad. Pikara Magazine ha intentado recabar sin éxito la opinión de médicos implicados en estos procedimientos. Uno de ellos reconoció explícitamente que no quería participar en un tema “tan polémico”.
La Organización Internacional de Intersexuales se opone a las prácticas de asignación sexual por entender que contravienen el derecho de las personas a decidir sobre sus cuerpos e identidades “sin interferencias, tratamientos forzados u otra coerción de autoridades legales y/o médicas”.  Mauro Cabral coincide en criticar los protocolos médicos, tanto por las consecuencias que las operaciones genitales tienen sobre el placer sexual, como porque, en su opinión, hacen sentir a la persona afectada que “tuvo que ser intervenida para ser amada y deseada”. En su opinión, la solución pasa por asignar al bebé uno de los sexos aceptados en su país (hombre, mujer, o sexo neutro en el caso reciente de Australia), sin forzar al cuerpo a que acompañe esa elección y aceptando que la persona podrá cambiar de identidad cuando crezca.
Pero no todas las personas nacidas con una intersexualidad comparten ese discurso. Para el psicólogo Gabriel Martín, el Consensus es un texto “sensato” que “explica todo” y establece que “la prioridad siempre debe ser la funcionalidad y nunca la cosmética”. Martín considera que las intervenciones son “necesarias y, a menudo, imprescindibles” por motivos de salud. “Y, salvo casos sonados pero excepcionales, la mayoría de asignaciones que se hacen son correctas”, asegura.
Basándose en un trabajo de la propia Fausto-Sterling, señala que de los casos que ella estudió, la mayoría se mostraba satisfecha con el sexo que se le asignó, una minoría reclamó un cambio de sexo (como fue el caso de Martín), y nadie optó por renunciar a ser hombre o mujer.  “Esto debería hacer pensar a quienes niegan que estemos dicotomizados por naturaleza”, indica Martín.  En su opinión, “es mucho mejor crecer sintiéndote de un sexo diferente al que te han asignado que ir al colegio diciendo que no sabes aún si eres un niño o una niña”.
Apoyo a las familias
La antropóloga feminista Nuria Gregori ha entrevistado a personas con síndromes asociados a la intersexualidad, dentro del su actividad como investigadora del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Gregori tiene claro que las operaciones suponen “una violencia tremenda” y convierten los genitales de la persona en un área “vigilada, mostrada y manipulada”. Esto influye inevitablemente en la sexualidad, un tema “tabú” para la mayoría de personas a las que ha entrevistado. “Hay gente que tiene orgasmos, claro, porque el placer no está unido sólo a los genitales. Pero yo no conozco a nadie a quien le hayan practicado una vaginoplastia que diga que siente algo en la vagina. El éxito de las operaciones a menudo se evalúa por el hecho de no presentar infecciones y dolor”.

Dejar de intervenir exigiría crear un dispositivo de apoyo a la familia y impulsar un cambio de mentalidad entre el personal sanitario



Pese a ello, Gregori es consciente de que nos encontramos ante un problema muy complejo para el que no sirven recetas simplistas como reclamar únicamente que se dejen de practicar las operaciones. “El peso de lo social es muy duro. Abogar por no intervenir supone desasistir a las familias que no tienen recursos para enfrentarse a esa situación; pedirles que sean héroes del cambio social sin apoyo”. Además, considera que no basta con cambiar los protocolos, sino que habría que impulsar “un cambio de paradigma médico” en el que la variación en las formas de los genitales no se considere una patología. “Porque si el médico no se cree que lo mejor es no intervenir, ¿cómo va a convencer a los padres de ello?”. Dejar de intervenir exigiría crear todo un dispositivo de apoyo a la familia, con un equipo verdaderamente muiltidisciplinar que acompañase a los padres en todo el proceso, “empoderándolos para que sepan reforzar al niño o la niña ante cualquier situación que se le presente”. “Tal y como está la sanidad, eso es impensable”, reconoce.
El Consensus ha atajado en parte la arbitrariedad con la que se trataba a las personas intersexuales, aunque la investigadora indica que en la decisión final siguen influyendo “la actitud del médico y las expectativas personales de los padres”. Por ejemplo, si la familia esperaba una niña y el médico se refiere a sus gónadas con el nombre de “testículos”, estará convencida de la necesidad de extirparlas. “Cada mensaje que envíe el personal sanitario, en la medida que sea  opuesto al género a asignar, es demoledor, porque hace que la familia viva con el fantasma del otro sexo detrás”. Y los miedos tienen una carga sexista y homófoba inevitable: si es niña, la familia no sólo temerá que parezca un chico, sino que afecte a sus comportamientos e incluso a su orientación sexual..
Formación en género
En todo caso, se van dando cambios. Por ejemplo, frente a la pauta de extirpar las gónadas masculinas, lo cuál exige hormonación posterior, cada vez más facultativos se plantean dejarlas y mantener un control para evitar que malignicen provocando tumores. También se tiende a que las vaginoplastias se realicen a demanda de la chica, que habitualmente lo requerirá cuando empiece a considerar tener relaciones sexuales. “Eso sí: nadie concibe dejar sin intervenir unos genitales ambiguos”, matiza la investigadora. Otro cambio que podría ser importante es la intención de introducir en el equipo multidisciplinar la figura del psicólogo. Hasta ahora se derivaba a la familia a un terapeuta, pero no había comunicación entre éste y el equipo médico.


Nada garantiza sin embargo que todos los psicólogos tengan sensibilidad o formación hacia las cuestiones sobre identidad de género. Es por ello que la antropóloga considera fundamental defender la incorporación al equipo de una persona experta en género que se salga de la dualidad que marcan los libros y asesore sobre la situación analizando sus implicaciones sociales y de género. “El sexismo influye en todo el proceso: las expectativas sobre feminidad y masculinidad, el miedo a la homosexualidad… Un o una médico puede saber un montón sobre hormonas o ser brillante operando, pero si no tiene formación en estas cuestiones, transmitirá la información de forma sesgada”. Además, Gregori considera urgente cambiar la terminología que se utiliza para hablar sobre intersexualidad. “El propio Consensus sigue hablando sólo en términos de patología”.
Los protocolos de asignación sexual para bebés son en todo caso sólo una parte, la más visible, de la realidad de las personas con intersexualidad. Existen síndromes que no se manifiestan al nacer, como el de la insensibilidad andrógena parcial. Es el que se diagnostica a las personas que tienen el cromosoma XY, propio de los varones, y no tienen útero ni ovarios sino testículos no desarrollados. Estas personas no metabolizan la testosterona y por ello no completan su virilización, por lo que son criadas como niñas, y en muchos casos no son diagnosticadas hasta que van a consultar por qué no les baja la regla.
Lo cierto es que la mayor parte de personas que presentan algún tipo de variación sexual u hormonal no se reconocen como intersexuales (sino como afectadas por el síndrome en cuestión), no quieren ser visibles como tales, y no tienen claves para interpretar en términos sociales y de género el estigma o la falta de información sobre la condición que padecen. En cambio, en el contacto con ellas, Gregori ha descubierto que “hay gente que subvierte más el orden de género en la vida cotidiana que lo que otras lo hacemos desde el activismo”. Personas que, basándose en la experiencia de parientes que no pasaron por cirugía y no han tenido problemas, deciden no operarse; o aquellas que sustituyen la hormonación artificial por una dieta adecuada  (por ejemplo, rica en calcio para fortalecer los huesos como lo hacen los estrógenos) y ejercicio físico como fórmula para equilibrar su actividad hormonal.
Por cada síndrome, existen un sinfín de personas creando nuevos discursos, tomando decisiones por su cuenta, defendiendo pequeñas resistencias que pueden hacer tambalear toda posición dogmática sobre cómo gestionar la diversidad sexual (entre otras) que caracteriza al ser humano.
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