Defensa del enfoque queer como herramienta de análisis e instrumento de lucha social: oda a sus ventajas y utilidades

El Queer reivindica la complejidad de la realidad, la visibilización de lo invisible, la necesidad de defender la diversidad frente a los procesos de homogeneización y globalización cultural. El Queer entona un “nosotros/nosotras” frente al individualismo del “sálvese quien pueda” y del miedo atroz al otro, a los otros, a las diferentes, a los extraños, a las extranjeras, a los negros, a los rojos, a las mujeres transexuales, a los maricas, a las indefinidas, a las raras. Los y las queers reniegan de los estereotipos y roles de género, subvierten el concepto de “normalidad”, hacen gala de sus rarezas, exaltan el valor de la diversidad, y claman contra toda forma de pensamiento autoritaria y rígida.

Coral Herrera en El Centro de Investigación en Estudios de la Mujer (Universidad de Costa Rica)



Soy una gran defensora del Queer por muchas razones. Siempre me ha costado mucho arraigarme o adherirme con fidelidad a un determinado grupo/corriente/perspectiva, tanto en el ámbito social como en el intelectual. El Queer en cambio me gusta porque se puede entrar o salir con libertad, y yo asocio el término queer a diversidad, porque en ella cabe todo: lo “normal” y lo “raro”. Su afán inclusivo me hace sentir queer porque existe ahora, porque los que no hablan inglés lo pronuncian «cuer», porque yo puedo escribirlo «kuir» o puedo cambiarle el nombre, y no pasa nada. No importa mucho la etiqueta, lo interesante es el trabajo común y transnacional en la ruptura contra las catalogaciones que nos dividen, nos separan, nos clasifican y nos discriminan.

El Queer no es una metodología ni posee pretensiones de universalidad, no se nos impone como una “nueva forma de pensar”, ni tampoco como una guía para seguir paso a paso. Tampoco tiene un modelo ideal de realidad ni una propuesta política determinada, cerrada en sí misma, lista para ser obedecida. La Teoría Queer es un proceso siempre inacabado, no nos regala metas ni certezas, sino que más bien es generosa en ofrecer preguntas y crear más dudas. Para mí es esencial como herramienta de análisis y de activismo sociopolítico precisamente porque no ofrece paraísos ni salvaciones individualistas, sino que desde lo colectivo multiplica las propuestas de transformación y da cabida a todas ellas.

Además, me gusta lo queer porque no se instala cómodamente en el activismo o en el academicismo, sino que transita libre entre las calles y las aulas, los museos y las discotecas, los congresos y los centros sociales okupados, las verbenas populares y las revistas académicas. El mundo Queer heredó todo el cuestionamiento foucaultiano acerca de la normalidad, la naturalidad, lo correcto y lo incorrecto. Las queers, al no creer en el concepto de “verdad”, no ofrecen soluciones totalizantes ni mapas para reconducir el sistema hacia un punto determinado.

El Queer está descentralizado, y se parece a Internet. Cualquiera de nosotras podemos hacer queer y aportar al debate con vídeos, textos, ilustraciones, foros, imágenes, reflexiones, deconstrucciones, preguntas o performances. El cuestionamiento crítico de nuestra sociedad viene de todas partes, se multiplica solo: todo el mundo puede quejarse, dudar de las verdades dadas por supuesto, adquirir otra perspectiva sobre determinado tema, aportar desde donde está, elaborar críticas constructivas, proponer nuevas ideas y ponerlas en marcha. Aunque no se autodenominen queer, las críticas y las propuestas sirven para hacer queer. Vengan de donde vengan.

El mismo hecho de que la gente o los grupos o las mareas no quieran ser etiquetadas constituye en sí un acto de resistencia política que es queer, porque se niegan a ser encajonadas. En lugar de dedicarse a definirse, pasan el tiempo transitando, transmutando, re-convirtiéndose, inventándose. Pasan de ser innombrables a ser invisibles o incurables, y vienen más formas de protesta original para luchar por los derechos humanos, porque estamos en tiempos en que es preciso agudizar el ingenio y el humor para abrir el debate social y legislativo en el ámbito de los derechos humanos.

El queer es muy útil para llevar a cabo un análisis multidisciplinar en torno a nuestras construcciones culturales y sociales, porque no habla desde una sola disciplina, porque no se detiene en una sola categoría de análisis: las autoras queer han incorporado múltiples categorías de análisis como la identidad, el género, la orientación sexual, el origen de procedencia, la religión, la etnia o la nacionalidad, el idioma, la edad, el cuerpo y la sexualidad, el deseo y los afectos, las emociones y los sentimientos.

El queer, entonces, nos puede servir para seguir aportando a la deconstrucción del pensamiento binario, para entender por qué pensamos en sistemas de pares de opuestos, y para visibilizar el modo en el que empobrece nuestra percepción y pensamiento. Sirve también para la sacar a la luz nuevas formas de pensar, de percibir, de relacionarnos con la realidad. Nos muestra otras ideologías alternativas que sostienen otros discursos, que crean otras performances, que nos cuentan otros cuentos.

El Queer reivindica la complejidad de la realidad, la visibilización de lo invisible, la necesidad de defender la diversidad frente a los procesos de homogeneización y globalización cultural. El Queer entona un “nosotros/nosotras” frente al individualismo del “sálvese quien pueda” y del miedo atroz al otro, a los otros, a las diferentes, a los extraños, a las extranjeras, a los negros, a los rojos, a las mujeres transexuales, a los maricas, a las indefinidas, a las raras. Los y las queers reniegan de los estereotipos y roles de género, subvierten el concepto de “normalidad”, hacen gala de sus rarezas, exaltan el valor de la diversidad, y claman contra toda forma de pensamiento autoritaria y rígida.

De este modo, el queer no solo rompe con el pensamiento binario, sino también con toda la producción asociada a este pensamiento binario y jerárquico: el patriarcado, la globalización, las democracias actuales, el fascismo y el capitalismo. Pero también con toda forma de hegemonía que al imponerse discrimina: la heterosexualización de la realidad, el racismo, el sexismo, la homofobia, la lesbofobia y la transfobia, la misoginia y el machismo. Su lema no es “todos somos iguales”, sino “todas somos diferentes, y en la diversidad reside nuestra riqueza”.

El Queer no es una ciencia nueva ni una corriente, ni es solo un movimiento marica, o una moda pasajera. Es una herramienta para deconstruir, para proponer, para reflexionar sobre como construimos la realidad y cómo podríamos cambiar esa construcción, para ir más allá de las etiquetas que nos diferencian y nos oprimen. El queer trabaja en red, de un modo simultáneo y horizontal, como en la nube: hay mucha gente trabajando en su comunidad o su barrio, desde las asambleas. Son gente que entiende que el bienestar o la felicidad no son posibles si no son colectivas. Eso para mí es ser gente queer… gente generosa, comprometida, con ganas de mejorar el mundo en el que vive. Las y los queer trabajan en la lucha por los derechos humanos de la población LGBT, de las mujeres, de las poblaciones indígenas, los refugiados, las inmigrantes, los desplazados, las marginadas.

El queer también se atreve a soñar con un mundo diferente, a llenar de propuestas los muros vacíos: son nuevas utopías que surgen en todas las mentes soñadoras. Desde mi perspectiva, uno de los mayores potenciales de transformación del Queer es esta capacidad de incluir a todo tipo de gente en la transformación de nuestras sociedades. Otro potencial revolucionario de este concepto es también la posibilidad de que dejemos de llamarlo “queer” y se nos ocurra otro término. Lo importante, creo, es seguir analizando, cuestionando, hablando, compartiendo, debatiendo, aportando y derribando, construyendo otras estructuras más flexibles, probando nuevos formatos, creando espacios de trabajo desde la diversidad.

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