“La mitad de los emigrantes españoles se fueron sin contrato de trabajo”

Las luces se encienden y los aplaudos van surgiendo poco a poco, con pausas entre una y otra palmada, hasta que el estruendo se hace con la sala. Muchas de las asistentes superan los cincuenta y los sesenta años de edad y la mayoría tienen los ojos demasiado brillantes para poder conversar entre ellas. Acaban de viajar a su pasado, a sus paisajes y a sus preocupaciones, pero también han reconocido en la vivencias de ellas y sus padres, la vida de miles de inmigrantes que hoy viven en España. Acaban de asistir a la proyección del documental “El tren de la memoria” de Marta Arribas y Ana Pérez en un acto organizado por la asociación Tertulia Feminista Les Comadres.


Este documental de hora y media, obra de dos periodistas forjadas en el programa de reportajes en profundidad Treinta Minutos de Telemadrid, hasta que la cadena cayó en la propaganda partidista, ha conseguido reconstruir un pasaje olvidado y desconocido hasta ahora, el de los emigrantes españoles que se fueron a Europa a principios de los años sesenta. Las tasas de paro crecían por día por lo que Franco prohibió el pluriempleo y muchas personas que trabajaban en varios sitios para subsistir pasaron a ser pobres. Pero Europa necesitaba mano de obra para sus factorías y el franquismo eliminar potenciales focos de conflictividad social, es decir, mucha gente que pasaba hambre en este país.

Dos millones de personas partieron, según los registros del Régimen, la mitad de ellos sin contrato de trabajo, y el 80 % analfabetos. Muchos no sabían dónde estaba en el mapa ese lugar llamado Alemania o Suecia; se desnudaron en público por primera vez en Hendaya para un examen médico en el que se sintieron “ganado, nos miraban incluso los dientes”; los que tenían menos miedo incluso llegaron a protestar, aunque nadie les entendiese, cuando llegaron a su destino y les pusieron un cartón con un número para repartirlos por las factorías. Y los que lograron formarse y entrar en contacto con los sindicatos, aprovechar la libertad para organizarse y mejorar sus condiciones a principios de los setenta. “El tren de la memoria” recupera a través de imágenes de archivos, muchas no habían sido vistas desde aquellos años o nunca, y del testimonio de aquellos inmigrantes las condiciones, los sentimientos y la vida de una generación que lo dejó todo para que los suyos estuvieran mejor, que en muchos casos nunca contaron a su entorno la soledad, los sacrificios, las humillaciones, el frío y el tremendo esfuerzo físico que conllevaba aquellas condiciones de trabajo marcadas por la monotonía del trabajo en cadena y las horas extras acumuladas. Dos millones de personas que con sus divisas contribuyeron decisivamente a la recuperación económica de España.

Tras la proyección, se inicia un coloquio con una de sus directoras, Marta Arribas. Los asistentes, la mayoría mujeres, están aún demasido emocionadas y les cuesta hablar, pero poco a poco van alzando los brazos. No preguntan, conversan. Comparten imágenes, sentimientos, contradicciones. Mencionan a los vecinos que volvieron tras décadas como emigrantes y se compraron un piso y cómo nunca se habían planteado los sacrificios que les había costado, pero rápidamente vuelven al presente y hablan de nuestros nuevos vecinos. Porque “El tren de la memoria” trata sobre la vida de los emigrantes que se fueron a Europa, en los trenes que salían dos veces por semana hacia Francia, Suiza, los Países Bajos y, en el caso de este documental Alemania, en concreto Nuremberg. E incluso, para estas personas de edad avanzada les resulta incomprensible cómo la historia se repite de una manera tan fiel e injusta.



A la mañana siguiente conversamos con la codirectora Marta Arribas en la cafetería de su hotel. Pronto olvida la tostada que deja a medias y se adentra en el pasado y en el presente “de lo que llevamos haciendo desde que salimos de África” sin sentimentalismos, cargada de datos fruto de una minuciosa documentación.

¿Por qué decidís hacer este documental?
La idea surge de los debates sobre la inmigración, con los que nos levantábamos cada mañana, de esa contraposición entre los inmigrantes españoles buenos que se fueron con contrato y los malos que vienen ahora a quitarnos nuestros puestos de trabajo. Decidimos investigar si era así, si había tantas diferencias entre ambos.
Empezamos a investigar y encontramos a Josefina Cembrero, la protagonista e hilo conductor. Josefina se había ido en 1961, con 18 años, a Nuremberg en uno de los trenes, y había retornado a finales de los 70. Era presidenta de una asociación de emigrantes retornados y queríamos acompañarla en tren a Nuremberg a ver a sus antiguos compañeros y amigos que se habían quedado, aunque la mayoría iba para un año o dos. Encontrar a Josefina fue fundamental para saber que había un tema potente porque ella desnudó su verdad, sin enmascarar o suavizar nada. Después de contarnos su vida nos dijo “Yo os he contado lo que viví porque soy muy honesta conmigo misma y no quiero mentir. Ahora bien, casi todos los emigrantes con los que habléis os van a decir que les fue muy bien. Vosotras seguid hablando con ellos y veréis como al final os cuentan lo duro que fue”. Sin este consejo no habría salido este documental (Josefina falleció el año pasado).


¿Y qué os encontrasteis?
Pues efectivamente empezamos a escuchar cosas que no sabíamos nosotras, pero que creo que tampoco la mayoría de la gente. Y sobretodo, los paralelismos  con lo que está pasando con la llegada de inmigrantes a España. Con salvedades, porque obviamente no es lo mismo coger un tren por hacinado que vayas, que salvar el estrecho en una barcaza con riesgo para tu vida. Pero sí lo fundamental: cómo llegas, cómo te integras, la dificultad con el lenguaje, el deseo de conseguir dinero a costa de pasarlo fatal, no decir a tu familia lo que estás pasando porque ellos han puesto todos sus anehlos en ti, sus ilusiones de progreso.

Algunos de los protagonistas no habían contado todo esto hasta el documental, ¿por qué?
Yo creo que una vez que dices una mentira después es muy difícil decir la verdad. Supongo que ellos lo habían reprimido, lo habían dejado en un lugar remoto de la memoria y al empezar a contarlo pues vimos cómo les llegaban a decir a sus parejas “Te mentí, yo no vine a Alemania a aprender alemán o de aventurero, sino en esos trenes, con una mano delante y otra detrás”. Para muchos de ellos ha sido una catarsis, una descarga total. Nos llegaron a contar cómo los propios emigrantes se habían convertido en discriminadores de los nuevos inmigrantes. En cuanto habían subido un escaloncito, veían como peores a los que llegaban nuevos. Siempre hay uno peor, una amenaza para tu trabajo. Todo eso hay que racionalizarlo y lo peor es que utilicen políticamente todos esos sentimientos con fines electorales.

La situación y la relación con los hijos es otro de los temas que tratáis, pero que merecería un documental entero. ¿Qué ocurrió con estos niños?
En el tema de los hijos hubo varias situaciones de partida. Muchos los dejaron aquí al cuidado de los abuelos o familiares y se perdieron una parte fundamental de la infancia de sus hijos, y éstos se quedaron sin padres. Con lo cual, cuando volvían o venían de vacaciones a España, ya no eran sus padres y madres. Los lazos se rompieron y todos salieron perdiendo, especialmente las madres porque los niños habían tejido esos vínculos con otros familiares. Más tarde, algunos de esos niños les echaron en cara a sus padres haberles dejado. Una señora nos contó cómo cuando pudo reunirse con sus niños, estos no se querían ir con ella, la arañaban y la mordían para que los dejase. Desde el punto de vista de madre, después de echarles tanto de menos, de haberlo pasado tan mal, eso es demoledor.
Otros los dejaron en internados y hubo otros que se los llevaron con ellos. Y también lo pasaron muy mal, porque de repente los sacaban de su entorno, no sabían el idioma. De hecho, hubo muchos niños fueron catalogados como deficientes en Alemania, pero era por el rechazo que mostraron. Uno de los hijos nos contaba cómo se negó a hablar, iba al colegio y no decía nada. Era su forma de demostrar que no quería estar allí. Pero bueno, la familia española es de estar muy volcada y se fueron reuniendo e integrando. De hecho, en Alemania la segunda y tercera generación están bien, triunfaron en el sentido de la integración.

Hay muchas imágenes desconocidas. Una de las más impactantes es la de los análisis médicos en Hendaya y una fila de gente medio desnuda esperando. Los testimonios inciden en la sensación de ser tratados como seres inferiores, un sentimiento que arrastraron durante muchos años.
Es que España ha cambiado tanto que es muy difícil ponernos en su lugar. Incluso nosotras, cuando veíamos las imágenes de los años 60 no nos lo creíamos y comprobábamos una y otra vez que no eran de los años 30 o 40. El aspecto físico lamentable que tenía la mayoría de esta gente, las maletas atadas con cuerdas… Se te encoge el corazón. Personas que nunca había salido de su pueblo, ¿quién no ha salido de su pueblo hoy? Todo ese choque de “no sé dónde voy, ni a qué fabrica, soy el emigrante 507 de Mercedes…” Ese aspecto de inmigración masiva de dos trenes por semana llenos de emigrantes debe ser una sensación aterradora.

El regreso es otro de los temas fundamentales de este documental, la falta de comprensión y reconocimiento del esfuerzo con el que se encontraron.
Muchos habían contado las dificultades como chascarrillos, suavizando mucho la realidad. Pero también había familias conscientes del esfuerzo. El problema es que estas personas se convierten en la vaca lechera que sirve a todos y con el paso del tiempo el vínculo afectivo se va diluyendo, con lo cual interesa que sigan allí y traigan bienes económicos y materiales. Ves que en verano vuelven con una tele grande, un buen coche… Pero ellos lo que más echan de menos es un reconocimiento de la sociedad. La percepción es ‘nuestro dinero ayudó a que las familias salieran adelante, España crece mucho más aprisa gracias a las divisas y luego si te he visto no me acuerdo’. Casi se sintieron un problema porque cuando volvieron España empezaba a sufrir las consecuencias de la crisis del petróleo que Franco había retrasado vaciando las arcas.

El desexilio de Benedetti, el no sentirse de ninguno de los dos sitios, es otro de los temas que tratáis.
Tienen sentimientos contrapuestos con respecto a los países de recepción y a España. Es muy normal que los que volvieron te digan que echan de menos Alemania ¡es que han pasado allí 30 años! Muchos siguen utilizando expresiones de los años 50, incluso siguen pensando que España es la de entonces. Y los que se quedaron, cuando vienen ven qué cosas funcionan mejor en España, pero tienen esa sensación de “en mi pueblo me moría de hambre y aquí conseguí trabajo”.También hay que tener en cuenta que aunque un millón se fuera sin contrato, el otro millón sí lo llevaba. Es decir, había un intento por racionalizar, por organizar esa emigración masiva.
Y por otro lado, cuando llegaron a Alemania tenían veinte años y a esa edad te quieres divertir y ellos también se divirtieron mucho, en los barracones, pasando mucho frío, pero se lo pasaron bien y lo cuentan riéndose.

Uno de los pilares fundamentales de “El tren” son las imágenes de archivo que reflejan la crudeza del entorno laboral y social de la experiencia de estos emigrantes, pero también la paradisiaca imagen que el Régimen mostraba. Pero también se convirtió en uno de los obstáculos más importantes para la realización de este documental, ¿por qué?
Era fundamental tener las imágenes, que son nuestra memoria. No valía sólo el testimonio de los emigrantes, había que verlo. Hay 40 minutos de imágenes de archivo, y eso lo encareció muchísimo. Hay de archivos privados y públicos, pero claro llama más la atención que haya imágenes de los públicos que cuesten 6000 euros el minuto. Nos sorprendió que nuestra memoria en imágenes esté en manos de instituciones públicas que hacen casi imposible su uso. De hecho, si no llega a apoyarnos primero la productora La Iguana, y después el Ministerio de Cultura esté documental no habría existido.

En el coloquio comentaste que una de las mayores satisfacciones de este documental son las proyecciones que hacéis en institutos. ¿Cuál es la reacción de los adolescentes?
Muchos no se lo creen. Y los que menos se lo creen son los que han tenido un abuelo emigrante. “Pero si mi abuelo me cuenta cosas muy buenas”, nos dicen. Y yo no lo dudo, sobre todo los que fueron 3 o 4 años, hicieron unos ahorrillos, volvieron y abrieron un bar. A esos fue a los que mejor les fue. Si a nosotras nos costaba creerlo, y tuvimos que hacer un esfuerzo tan grande en documentación, pues a los chavales de hoy mucho más. Pero encuentran inmediatamente las similitudes con la situación de los inmigrantes de hoy. Para eso es para lo que sirve este documental. A los alemanes les molestaba tener a españoles de vecinos porque el edificio olía a aceite de oliva y a ajo. Es lo mismo.

Si consiguieras el presupuesto para hacer el documental que quisieras, ¿cuál harías?
Ya estábamos preparando uno, pero no hemos conseguido financiación. Se trataba de un retrato intimista de una inmigrante boliviana en España y la difícil relación con su hija. Queríamos ahondar en este tema que en “El tren” no pudimos desarrollar más.

La continuación de este documental ocurre en España en el año 2010, cincuenta años después, porque “es normal que las personas tengan recelos, la pena es que no se aprenda de lo que llevamos haciendo toda la vida”.

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