Comprar, llençar, comprar

Basant-se en una acurada recerca de més de tres anys, i utilitzant imatges d’arxiu molt poc conegudes, COMPRAR, LLENÇAR, COMPRAR relata la fascinant història de l’Obsolescència Programada des dels seus orígens cap a 1920 (quan es va formar un càrtel per limitar la vida útil de les bombetes elèctriques) fins a casos actuals que afecten a productes electrònics de darrera generació (iPods, impressores...) passant per la misteriosa desaparició de les mitges de niló a prova de carreres.



L'any 1928 una influent revista de publicitat en plantejava la necessitat sense embuts: "Un article que no es fa malbé és una tragèdia per als negocis." I també és una tragèdia per a la moderna societat del creixement, que es basa en un cicle cada cop més accelerat de producció, consum i malbaratament.

L’Obsolescència Programada és l’escurçament deliberat de la vida d’un producte per incrementar-ne el consum. L’any 1928 una influent revista de publicitat en plantejava la necessitat sense embuts: “Un article que no es fa malbé és una tragèdia per als negocis.” I també és una tragèdia per a la moderna societat del creixement, que es basa en un cicle cada cop més accelerat de producció, consum i malbaratament.

Basant-se en una acurada recerca de més de tres anys, i utilitzant imatges d’arxiu molt poc conegudes, COMPRAR, LLENÇAR, COMPRAR relata la fascinant història de l’Obsolescència Programada des dels seus orígens cap a 1920 (quan es va formar un càrtel per limitar la vida útil de les bombetes elèctriques) fins a casos actuals que afecten a productes electrònics de darrera generació (iPods, impressores...) passant per la misteriosa desaparició de les mitges de niló a prova de carreres.

Cosima Dannoritzer, directora del documental, ha visitat el plató del "Sense ficció" per a parlar-nos d'aquest documental i comentar les dificultats que ha hagut de vèncer pel camí per a dur-lo a terme.


Una producció de Televisió de Catalunya, Media 3.14, Article Z, Arte, TVE. Amb el suport del programa MEDI. En col·laboració amb NRK, Tore Tomter, Carina Bordevich, RTBF, Claire Colart, SBS-TV Australia, Mark Atkins, Andrew Golding, TG4, Micheal O’ Meallaigh, Télévision Suisse Romande (TSR), Unité des Films Documentaires, Irène Challand / Gaspard Lamunière, YLE, Jenny Westergård. Amb el suport de Programme MEDIA Plus de la Communauté Européenne

Comentaris

J ha dit…
By Alberto Garzón Espinosa ⋅ January 10, 2011

TVE emitió el otro día el documental “comprar, tirar, comprar”, en el cual se critica el alto grado de rotación de los productos de consumo, es decir, su cada vez menor vida útil. Es algo de sobra conocido y estudiado y que además casi todo el mundo percibe en el día a día: los productos adquiridos cada vez duran menos y como consumidores nos vemos obligados a sustituirlos por unos nuevos cada poco tiempo.

El problema es que esto que nos parece absurdo, sobre todo si somos conscientes de que técnicamente es posible producir elementos que duren más tiempo -con el consecuente ahorro energético y ecológico-, es profundamente lógico en el sistema económico capitalista y tiene una explicación económica sencilla.

Toda empresa capitalista se basa en la ganancia, esto es, en obtener una cantidad suficiente de beneficios por encima del capital invertido. Para ello es requisito indispensable vender los productos que previamente ha producido en lo que se llama el “ciclo de producción”. Pero para poder vender esos productos necesita que existan, a su vez, unos compradores. Y es aquí donde empiezan los problemas.
J ha dit…
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Si no existe mercado, es decir, si no hay compradores dispuestos a gastarse su dinero en adquirir los productos entonces la empresa no puede deshacerse de lo que ha producido y por lo tanto no puede obtener los beneficios necesarios para que su actividad sea rentable. Tendrá que quedarse con los productos en su almacen y entrará en una crisis de rentabilidad.

En esta fase el problema puede ser económico o psicológico. Será económico cuando las compras no se produzcan porque no haya dinero suficiente. En este caso es un problema distributivo y que puede solucionarse -en principio- incrementando los salarios de los trabajadores para facilitar la absorción de toda esa producción que está en stock. El boom de los años de posguerra tiene mucho que ver con esto.

Pero puede ocurrir que aunque no haya compras sí haya compradores potenciales, es decir, gente que podría comprar esos productos pero que de momento no ha decidido hacerlo. Es aquí donde entra en todo su esplendor la magia de la publicidad y su función de “crear necesidades, crear mercados”.

Ahora pensemos en la relación entre ciclos de producción y ciclos de consumo. La tecnología ha llevado a un acortamiento de los ciclos de producción (por ejemplo, ahora es posible producir un coche en mucho menos tiempo que antes) y eso ha significado un mayor crecimiento de la oferta potencial: se pueden producir muchos más coche al año. Lo que significa que se pueden vender más coches al año. Pero como hemos dicho antes para que todo esto funcione en el marco del sistema capitalista es necesario también que el ciclo de consumo se reduzca igualmente a la misma velocidad, es decir, que no basta con que se produzcan más coches al año sino que también se tienen que vender de forma efectiva (o deviene la crisis).

Hay dos formas generales de hacerlo. La primera es de índole psicológica también: mentalizar al consumidor de que el producto es antiguo y hay que sustituirlo por uno nuevo (caso evidente de la ropa y de los móviles). La segunda es la analizada en el documental: limitar técnicamente la vida del producto (caso de las impresoras, por ejemplo) y hacer de esa forma que el producto pierda valor de uso y haya que sustituirlo igualmente. El objetivo siempre es el mismo: volver a vender nuevos productos para evitar la quiebra de la empresa (que necesita reinvertir beneficios ad nauseam).

Por eso no podemos analizar este problema de otra forma que no sea asociándolo directamente con el funcionamiento interno del capitalismo. No es una maldad de unas cuantas empresas avariciosas. De hecho, no habría un problema mayor para el capitalismo que una producción generalizada de bienes con larga vida útil y, por lo tanto, sin la inherente necesidad de ser reemplazados. Las empresas estarían de ese modo sentenciándose a sí mismas.

No podemos olvidarnos de que el capitalismo es un sistema absurdo desde el punto de vista social y ecológico, pero a la vez es, sin embargo, profundamente lógico y consistente desde el punto de vista económico.
J ha dit…
La obsolescencia programada por parte de los fabricantes planifica, ya durante la fase de diseño un producto o servicio, el fin de la vida útil del mismo, de modo que este se torne obsoleto, no funcional, inútil o inservible tras un período de tiempo calculado de antemano, por el fabricante. La obsolescencia planificada tiene un potencial considerable y cuantificable para beneficiar al fabricante dado que el producto va a fallar en algún momento, obligando al consumidor a que adquiera otro producto nuevamente, ya sea del mismo productor (mediante la adquisición de una parte para reemplazar y arreglar el viejo producto o mediante la compra de un modelo del mismo más nuevo), o de un competidor, factor decisivo que también se prevé en el proceso de obsolescencia planificada.
J ha dit…
¿Por qué no se hacen leyes contra este abuso de la obsolescencia programada? La respuesta es el mantenimiento del consumo. Alimentando el círculo tan vicioso como estúpido de fabricar, comprar, tirar, volver a fabricar, se mantiene el motor de una economía absurda de la que obtienen beneficio los fabricantes. Ah, y el empleo, no se olvide: así se mantienen millones de empleos basura ocupados en la fabricación de basura.

Esta maraña de contradicciones del sistema se han enredado hasta formar un nudo gordiano que las élites politicas son incapaces de deshacer. Faltos de la decisión de un Alejandro para cortar el nudo con un tajo certero, los dirigentes sólo saben pedalear para que la bicicleta no se detenga. Aunque no sepamos con qué objeto ni hacia qué destino, la consigna es seguir dando pedales. En palabras de Agustín García Calvo:

“Como te han convencido de que hay que trabajar, no sólo hay que trabajar, sino que hay que trabajar ocho, nueve o diez horas; porque, como aquello de disminuir las horas de trabajo no iba por buen camino, [...] hay que inventar la fabricación de inutilidades. Pero, amigo, son inutilidades que no sólo tenéis vosotros el trabajo de comprarlas, sino que antes hay el trabajo de fabricarlas [...] manteniendo el trabajo inútil y, por lo tanto, dando a los gobernantes la justificación de la creación de puestos de trabajo”. (Contra el automóvil, Barcelona, 1996)